Cultura

Quinceañera

Formábamos un compacto grupo de compañeros tan cercanos, que cada uno a su debido tiempo por épocas llegó a ser mi mejor amigo o como hoy se dice, mejores amigos. Éramos tan cercanos que casi nos sentíamos como hermanos.

A continuación me explicaré: Desde primer año de primaria hasta el sexto, y de ahí los tres años de secundaria nos vimos durante esos nueve años todos los días. Fueron, si Pitágoras no miente, casi 3500 días donde nos vimos las caras.

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En un principio nos dedicábamos a actividades inherentes a nuestras respectivas edades, como lo eran los juegos de futbol, cuando jugaba nuestra escuela en primera división amateur, ya que no existía el profesionalismo en este deporte de las patadas y se practicaba en el estadio Salvador Alvarado, ante tribunas llenas de partidarios de sus equipos favoritos, en especial cuando se llevaba el clásico de la Modelo-CUM.

Las porras y los canticos de uno que otro bando alegraban aquellos fines de semana con una inocencia increíble. Amenizando los juegos la orquesta de “Colitos”, que apoyaba a nuestra querida escuela.

En aquellos épicos encuentros asistían también las más hermosas muchachitas de la Ciudad, ya que la mujer meridana cuando es bella, lo es en grado sumo. Cursábamos el tercer año de secundaria y la hermanita de mi mejor amigo iba a festejar sus quince años. Sinceramente no era muy agraciada que digamos, es más, podría decir que nada agraciada.

Por aquel entonces estas fiestas de las jovencitas se celebraban en el interior de sus casas, aunque ciertamente alguna que otra rentaba una sala de fiesta para dicho evento, como el “Jardín Coca-Cola”, Silas, ubicado por la avenida Itzaes y que hoy día es una funeraria.

A estas fiestas los muchachos teníamos que acudir de flus, es decir, de traje completo, y se cumplía con un protocolo, donde lo clásico era comenzar con la marcha con la entrada triunfal de la quinceañera del brazo de su padrino, posteriormente se bailaba un vals, comenzando con el papá de la festejada, seguido del padrino y demás invitados. Siempre se trataba “La marcha triunfal de Aida de Verdi” y momento antes de que comenzara el baile moderno entre la juventud, era inevitable que el padrino se apoderase del micrófono, instrumento traicionero, ya que quien lo toma, no lo quiere soltar, medio ebrio o ebrio y medio dirigía algunas palabras a esta bella flor que entraba a la edad de las ilusiones.

Dicho lo anterior, generalmente con un tocadiscos o equipo de sonido Maldonado comenzaba la música juvenil. Las de familias pudientes contrataban algunos de los grupos o conjuntos que comenzaban a surgir en la Ciudad. A la quinceañera se le veía bailar con todos, era su día soñado, pero se le notaba algo inquieta, yo me encontraba pegado a la pared, pues no acostumbraba bailar, era sumamente penoso, casi enfermizamente penoso, junto con otros con el mismo “mal”, y de pronto mi amigo empaquetado en un traje nuevo se acerca a mí, me lleva un tanto aparte y me susurra al oído: “Conrado, por favor, baila con mi hermanita”.

Resulta que la niña se moría por mí, sin yo saberlo, y así, sin dotes de baile y con la vergüenza que me acompañaba siempre, tomé valor para sacarla a bailar, y para sellar el momento justo cuando lo hice se comenzó a tocar una canción muy romántica. Así me pase el resto de la noche, bailando con la quinceañera, siendo la burla durante el resto del año, a espaldas de mi amigo, por aquello, aquí sí aplico el dicho de que me decían muertos de risa: “Conrado, te tocó bailar con la más fea”.

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