
En una conversación un director escénico de origen extranjero me contaba que su maestra de canto en su país natal le decía con mucha frecuencia en consideración a sus méritos: “Que no te mareen los aplausos, ¡que no te mareen los aplausos!”. Y me comentó que ese consejo había sido una regla a lo largo de su vida. Ha recibido y sigue recibiendo muchos aplausos, pero prefiere no creérselos, ser más autocrítico y darles mayor peso a las opiniones que no le son favorables.
En esa conversación surgió la mención de cierto personaje conocido por ambos, que parecía estar destinado a ser una figura destacada de nuestra cultura. Quienes lo conocían por su arte no dejaban de elogiarlo. Las casi inexpugnables puertas institucionales de su disciplina se le habían abierto con presteza y los apoyos eran los necesarios para que pudiera desarrollar completamente su talento. Pero en breve tiempo hizo a un lado todo, manifestando que ni la institución ni los apoyos estaban a su altura. Y se perdió en la vida, dedicado desde hace años sólo a sobrevivir. “Lo marearon los aplausos”, apuntó el director escénico.
Esos aplausos y elogios son de los que se dan de buena fe. Los que se expresan buscando animar a quien practica alguna actividad de cualquier índole. No se trata del cultivo yucateco, ese malintencionado ensalzamiento dirigido como burla disimulada a quien no lo merece y que termina por sobajarlo. No, para nada. Estamos hablando de esas alabanzas en cascada que empapan a una persona por sus obras y le hacen elevarse a alturas imaginarias. Un vuelo de mentiritas que tarde o temprano termina por convertirse en un real aporreón desastroso.
Y aun cuando son manifestados con todo el corazón del mundo, esas alabanzas terminan siendo fuertemente dañinas. Inducen a seguir caminos sin salida o a estancarse en los pantanos del facilismo. He escuchado muchas veces las variaciones de la misma frase: “Le pedí a X que me hiciera una revisión de mi obra, pero sólo me llenó de halagos. Y eso no me sirve”. De ahí la petición de que el repaso sea severo, sin contemplaciones y aportando soluciones a lo que se considera erróneo.
Pensar en un edén cultural donde todo lo que se haga sea calificado de maravilloso, un país de Jauja de las artes donde todo relumbre así sea del oropel más chafa y donde todos nos cubramos mutuamente de flores elogiosas sería uno de los destinos más infructuosos, uno de los peores.
Claro que los aplausos alimentan nuestro ego y se reciben con ánimo bonito, pero nos hace falta la crítica de verdad, la orientadora, la que sopesa, la que guía y corrige. No hay que tenerle miedo a las opiniones cuestionadores, las que siembran dudas con método, las adversas que nos evitan caer en un precipicio. Quien trabaja en cualquier actividad cultura, quien quiere medrar en algún campo de la cultura debe tener piel y mente dura para resistir cualquier embate crítico. Y darle la vuelta positivamente.



