
Tenia doce años. Gracias a mi papá me convertí en un aficionado a los libros.
Estoy en la biblioteca de la universidad. La mujer de detrás del mostrador me mira por encima de sus lentes.
He elegido Mobydick de Herman Melville. Me gustaron los dibujos de la pasta. Y me gusta la idea de unas personas (balleneros) navegando en las heladas y grandes olas del océano. No he mirado si las palabras son complicadas, y si la letra es pequeña, la bibliotecaria me observa. Llevo la camisa por fuera y los zapatos desatados.
“Esto es demasiado difícil para ti”- me dice-.
Veo que coloca en libro en un librero que tiene en sus espaldas, era como si lo hubiese enterrado en una caja fuerte. Regresa a la sección infantil y opto por un libro con dibujos de animales. Me dirijo de nuevo al mostrador. La mujer me da ese libro sin hacer ningún comentario.
Cuando mi padre pasa por mi, caminamos hacia la salida, mi padre ve el libro que he elegido.
¿No has leído ya ese libro? -me pregunta-. Y yo le respondo: La señora no me dejó tomar el libro que yo quería papá. ¿Qué señora hijo?- me pregunta- y le digo que es la de la biblioteca. Entonces me cuestiona el por qué no me dejo leerlo. Y argumento que porque me dijo que era demasiado difícil. ¿Qué era demasiado difícil? Y le digo :el libro. Entonces mi padre me lleva del brazo y me hace entrar por la puerta de la biblioteca y me conduce hacia el mostrador.
Soy el señor Roche. Este es mi hijo. ¿usted le dijo que un libro era demasiado difícil para que lo leyera?. La bibliotecaria se pone tensa. Es mayor que mi papá. Cuyo tono me ha sorprendido con la manera con que normalmente le habla a la gente mayor.
ÑQuería leer Mobydick de Herman Melville-dice tocándose los lentes-. Es demasiado pequeño. Mírelo. Y yo entonces agacho la cabeza. ¿Dónde esta ese libro? -Dice mi padre-. ¿cómo dice?, y responde: ¿Qué donde esta ese libro?. La mujer se voltea entonces para agarrarlo. Lo deja caer sobre el mostrador como si quisiera decir algo mostrándonos cuanto pesa.
Mi papa agarra el libro y me lo pone entre los brazos.
Nunca le diga a un niño que algo es demasiado difícil, le dice bruscamente mi padre a la encargada, y nunca, ¡NUNCA A ESTE NIÑO!.
Cuando me doy cuenta, ya estoy saliendo por la puerta, mientras me jala del brazo. Fue esta la primera vez que me sentí compañero y cómplice de mi padre.
FIN



