
Hay un juego perverso en hacernos creer que la Ciudad de México y zonas circunvecinas han sido el motor de las luchas sociales de la Historia de México. Sin dejar de reconocer el importante papel que en tiempos recientes ha jugado la sociedad capitalina y de su aglutinación de intelectuales y artistas provenientes de todos los estados de la República en el siglo XX —que han permitido que sea la principal fuente generadora de innegables aportaciones en todos los ámbitos de la vida social—, también ha habido numerosas aportaciones provenientes de eso que llaman “provincia”, las cuales han sido ignoradas por tal origen.
Mucha molestia sigue causando, yéndonos a los terrenos del arte y la literatura, que el primer movimiento de vanguardia en el país, el Estridentismo, no haya surgido en la ciudad de México sino en la conservadurísima Puebla y en la entonces pequeña Xalapa en 1921. Peor todavía que las etapas finales de ese movimiento ocurrieran en Zacatecas y, para más colmo, en Ciudad Victoria, Tamaulipas. De no ser por las investigaciones pioneras del argentino-mexicano Luis Mario Schneider, buena parte de esa historia estuviese aún en el olvido.
Si acaso las únicas entidades que han sido consideradas parcialmente, y eso más que nada por el poder político y económico presente en ellas, han sido Jalisco (que con su revista Bandera de Provincias tuvo también su aportación vanguardista a la literatura) y Veracruz, donde sus instituciones educativas y culturales irradian su influencia de manera ejemplar.
La literatura, la música y las artes plásticas del siglo XX tienden a ser estudiadas en función de lo realizado en la Ciudad de México. Es apenas hasta hace muy pocos años que se han ido reconociendo poco a poco las aportaciones que no llegaron en su momento a la metrópoli. Y a ello se debe que haya un error de perspectiva en el establecimiento de los llamados cánones artístico y literario mexicanos.
Cuántas veces no he escuchado el enojo a veces incluso verbalmente agresivo de escritores y académicos afincados en la zona metropolitana del país de que la cultura válida y representativa de México es la que se ha hecho en la capital del país. porque es la que ha tenido repercusión nacional, es la que se ha difundido hacia el extranjero y la que supuestamente recoge la visión de todas las regiones a manera de crisol. O sea, que se hace una relación arbitraria entre centro de poder y creación literaria como hecho que necesariamente implica una jerarquía de valores. Y no, de ningún modo es así, salvo en lo que se refiere a aspectos externos como los de la producción editorial y el control burocrático en el ámbito federal.
Es demasiado perversa esa historia: creer que todos los procesos de cambio en lo político y en lo cultural provienen de la metrópoli y que lo demás es puro regionalismo sin mayores consecuencias nacionales. Y sabemos que no es tal cosa: los actos de violencia que ocurren en todos los estados del país no son hechos que se quedan en el ámbito local. Lo que ahí pasa afecta a todo el país, como lo demuestra cualquier visión somera de la historia nacional.
Muchos se preguntan por qué se investiga la obra de tal o cual escritor o artista que hizo su obra en algún estado de la República fallecido si no tuvo repercusión nacional o internacional. Y el asunto no tiene por qué plantearse de esa manera. Lo que debe considerarse es que no la tuvo, pero merecía y merece tenerla.
Tenemos que mirarnos cómo somos. Cada vez es más indispensable esa reconstrucción histórica que permita ver las transformaciones, repeticiones, caídas y desapariciones de temas, tendencias, géneros y estilos. Tener conciencia de que hay una historia, que no es un depósito de obras inservibles sino una fuente profunda de conocimientos a la vez que un espejo –fiel o infiel- de las sociedades que la han generado. Una historia influenciada por el exterior y en correspondencia con las historias más amplias, de la que también es parte.



