Opiniones

La geisha en el flamboyán

El gran flamboyán, el palacio de la geisha.

La campana sonó anunciando la hora de salir al recreo, como si el metálico sonido hubiera sido un detonador mágico, todos los niños se levantaron de sus pupitres y con gran algarabía corrieron al patio de la escuela para gozar del tiempo libre. Algunos se dirigieron a comprar con Martina y Pedrito algunos antojitos, de esos de masa frita, salsas y, en el mejor de los casos, un poco de picadillo de carne. Algunos otros, optaron por jugar algo con un balón y otros más, se sentaron en una enorme piedra, debajo de un gran roble para platicar mil y un historias contadas y recontadas de una generación a otra.

Al fondo del patio, un gran flamboyán extendía sus largas y gruesas ramas proyectando una espléndida sombra; como era primavera, además de la sombra, el flamboyán pintaba de rojo el piso del patio con los pétalos que caían de su copa. Hasta la base de su tronco, llegaron corriendo Aquiles y Manfredo, eran amigos inseparables y eran dos niños que asombraban a todos por su gran imaginación y fantasía. Cuando la maestra pedía en la clase: – ¿Quién quiere contar un cuento?, con seguridad absoluta, se levantaban las manos de Aquiles y Manfredo; y todos los compañeros aplaudían con entusiasmo, pues conocían la capacidad de ambos para atrapar la imaginación del grupo y mantenerlos soñando por largo tiempo. Todos se quedaban boquiabiertos el recibir de la fantasía de los dos chicos la creación de criaturas fantásticas y seres con mágicos poderes que nadie, más que ellos, era capaz de concebir, y menos aún, de transmitir. Los pequeños llegaron y se sentaron al pie del tronco; Aquiles llevaba en la mano una pequeña bolsa con bombones de chocolate cubiertos de metálico papel de colores; de pronto, se le encendió la mirada y le dijo a Manfredo: – ¡Con las envolturas de los bombones y los pétalos del flamboyán, vamos a crear un personaje al cual, le daremos vida! Y pusieron manos a la obra. Juntaron pétalos, los unieron con tiras de metálico papel de los más diversos colores, y al final, miraron complacidos su trabajo. – ¡Es una hermosa Geisha!, exclamaron ambos. – Vamos a darle una pagoda, donde vivirá – sugirió Manfredo. Sus miradas recorrieron a su alrededor y, de pronto, descubrieron que, en el tronco del flamboyán había un gran agujero. ¡Ahí estaba la solución! Al acercarse vieron que de la cavidad entraba y salía una fila de hormigones, a lo que Aquiles dijo: – Ellos serán sus guardianes; son unos pequeños genios, pero para no ser descubiertos toman la forma de insectos; para engañar a quien los ve. Y pusieron manos a la obra en la nueva idea; subieron por el tronco hasta alcanzar el agujero y pusieron la pequeña figura en el fondo de la cavidad; después, fijaron sus miradas en la figura, con una intensidad tal que, de pronto, de la figura empezó a desprenderse una luminosidad que llenó de claridad el agujero. – ¡Ya tiene vida!, exclamaron los chicos y se dejaron caer de la rama del árbol.

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A la mañana siguiente, los niños, tan pronto salieron al recreo, corrieron al flamboyán, subieron por el tronco y miraron con fuerza al interior del agujero; desde adentro, la geisha les respondió con una emisión de intenso resplandor.

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