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Ghost Murmur, ¿otro bluff de EU o tecnología real?

El presidente estadunidense Donald Trump ha hecho del bluff y la amenaza un sello de su gobierno en política exterior y ahora también funcionarios de su administración han alardeado de poseer armas desconocidas.

A principios de abril, una operación militar encubierta de Estados Unidos en territorio iraní logró rescatar a un piloto derribado empleando un sistema presuntamente desarrollado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) capaz de detectar latidos humanos a larga distancia.

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El incidente se produjo tras el derribo de un caza F-15E en una zona montañosa de Irán. Durante casi 48 horas, el aviador logró evadir a las fuerzas iraníes ocultándose en terreno hostil, hasta que fue localizado y rescatado por fuerzas especiales estadunidenses en una operación de alto riesgo.  

Según el New York Post, la clave del éxito habría sido Ghost Murmur, una tecnología basada en magnetometría cuántica e inteligencia artificial capaz de identificar la débil señal electromagnética generada por el corazón humano.  

El propio Trump confirmó indirectamente su uso. En declaraciones al NYP, afirmó: “Fue muy importante. La CIA fue fantástica”, y añadió: “Tenemos equipos que nadie ha escuchado antes”.

Por su parte, el director de la CIA, John Ratcliffe, aunque evitó detallar el funcionamiento del sistema, lo describió como un avance comparable a “encontrar un grano de arena en el desierto”, en alusión a la precisión del operativo.

De acuerdo con las versiones filtradas, Ghost Murmur habría sido desarrollado por la división Skunk Works de Lockheed Martin y utilizaría sensores extremadamente sensibles para captar señales biomagnéticas y filtrarlas mediante algoritmos de inteligencia artificial.

Sin embargo, un reporte de Scientific American puso en duda dicha tecnología. El profesor John Wikswo, especialista en ingeniería biomédica y física en la Universidad de Vanderbilt, explicó que detectar un latido cardíaco a kilómetros de distancia implicaría superar barreras tecnológicas aún no resueltas.

“En la superficie del tórax, a unos 10 centímetros de la fuente, el campo magnético es apenas detectable”, afirma Wikswo.

Excélsior

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