Cultura

Crónicas Gastronómicas 16

Ropa vieja: lo que queda del puchero también tiene historia

Por: José Carlos Trejo García

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Del puchero al recalentado

Hablar de la ropa vieja en Yucatán es, en realidad, hablar del puchero. O mejor dicho: de lo que ocurre después del puchero. Quienes crecimos en casas donde este guiso, generalmente formaba parte de la comida dominical, sabemos que la historia no terminaba ahí. El lunes tenía su propia lógica: la carne que sobraba no se tiraba, se transformaba. Recuerdo que en casa se desmenuzaba con las manos y volvía a la sartén con tomate, cebolla y chile. No nos interesaba si tenía nombre histórico; sabíamos que sabía distinto.

Hoy me atrevo a hablar de este platillo, nuevamente con el respeto que merece la cocina yucateca. No busco fijar una “receta original”, sino entender qué es la ropa vieja dentro de nuestra tradición alimentaria y el desarrollo de ésta a lo largo del tiempo. La respuesta es sencilla, pero profunda: más que un platillo independiente, la ropa vieja es un guiso de aprovechamiento.

La historia de este guiso no comienza en Yucatán. Con las debidas reservas, puede situarse dentro de una larga tradición culinaria que tiene un antecedente importante en la cocina sefardí medieval de la península ibérica. Estudios sobre alimentación judía han señalado que la adafina, cocido preparado desde la víspera del sábado para cumplir con las restricciones del Shabat, fue un modelo temprano de cocción lenta y reaprovechamiento. Documentada al menos desde el siglo XV, reunía carnes, legumbres y especias en una sola olla, lo que permitía también reutilizar sus restos en días posteriores (Pérez, 2015; Jawhara, 2021).

En este contexto, la historiografía alimentaria ha señalado que preparaciones derivadas del cocido, como las carnes desmenuzadas rehechas, prolongan el alimento y expresan una continuidad técnica más que una receta fija (Montanari, 2006). Con la expansión de las tradiciones culinarias ibéricas, estas prácticas se integraron al cocido y al puchero, y desde ahí circularon hacia Canarias y el Caribe. Así, la ropa vieja en Yucatán debe entenderse como una reelaboración regional de ese principio histórico de reaprovechamiento, adaptado a ingredientes, usos domésticos y sazones locales.

Registro temprano del guiso

Los recetarios antiguos lo confirman con claridad. En el Prontuario de cocina para un diario regular, de 1832, aparece una de las descripciones más precisas y todavía aplicables para comprender este guiso; por ello, la reproducimos de forma textual:

“Se salcocha cualquier clase de carne, o se reserva una posta que haya hervido en puchero, se hace en pedazos con las manos, póngase a freír en manteca o aceite o uno u otro según se quiera con ajos asados, cebollas, tomates, y sal; se pone a freír y luego se echa la carne con un poco de agua para que hierva, hasta consumirse y quede como zarsa.” (Aguirre, 1832/1980)

La cita resulta significativa por su sencillez. No propone una acumulación de ingredientes ni una elaboración compleja, sino la descripción precisa de un procedimiento. En este sentido, la ropa vieja no constituye una preparación autónoma desde su origen, sino la transformación culinaria de un guiso previo.

Décadas después, doña Manuela Navarrete lo resume con claridad al señalar que “se toma el resto de puchero o carnes del día anterior y se despedaza” (Navarrete, 1910/2010). Una vez más, la preparación depende de lo que queda de un guiso previo.

Aportaciones regionales del guiso

Para principios del siglo XX, el guiso ya presenta otra complejidad. En Manuel Espinosa (1906), la receta se estructura de manera mucho más elaborada, lo que permite entender cómo la ropa vieja se inserta plenamente en la cocina regional: La citamos completa:

“Se sancocha con sal, carne de res; pero si hay de puchero del día anterior, mejor, se hace hebras y se fríe con cebolla rebanada; ya que esté dorada se le pone chile de Veracruz, achiote, tomates sancochados, cebollas y ajonjolí, pan francés y sal; (todo esto molido y desleído en naranja agria), manteca, rebanadas de papas sancochadas y de plátano crudo. Se deja a fuego manso.” (Espinosa, 1906)

Aquí el cambio es evidente. La ropa vieja ya no es únicamente una forma de reutilizar la carne, sino un guiso con rasgos propios.

El achiote introduce una dimensión indígena clara. Su uso en la región, documentado desde época prehispánica, muestra la continuidad de un modelo mesoamericano dentro de la cocina colonial. La naranja agria refuerza el perfil regional, mientras el pan y las especias remiten a influencias europeas.

El plátano y la huella del Caribe

Pero es el plátano el elemento que abre otra lectura.

Su inclusión dentro del guiso no como acompañamiento, sino como parte de la cocción remite a un registro más amplio, vinculado al Caribe. El plátano, difundido a través de circuitos coloniales y asociado a cocinas afrodescendientes, introduce el contraste dulce/salado característico de esos espacios.

No se trata de una copia directa, sino de una convergencia de prácticas. Yucatán, vinculado históricamente a rutas comerciales con el Caribe, incorporó ingredientes y formas de sabor que responden a ese contacto. En ese sentido, el plátano funciona como marcador de influencia afrocaribeña integrada en la cocina regional.

En Cuba, esta transformación alcanzó una formulación particularmente visible: la ropa vieja dejó de ser solo una derivación del puchero para convertirse en un guiso de carne deshebrada con sofrito de tomate, cebolla, ajo y pimientos, servido con arroz, frijoles y plátano. Diversas fuentes divulgativas coinciden en que, aunque el plato remite a antecedentes hispánicos y canarios, fue en el Caribe donde adquirió una identidad más definida y una proyección simbólica mayor dentro de la cocina cotidiana.

La misma formulación reaparece en el recetario de Hortencia Rendón de García (1917), lo que confirma la persistencia de esta práctica culinaria en la península.

Navarrete (1910/2010) añade otra observación al señalar que la preparación “queda muy buena poniéndole adobo de cochinita”. Esta observación da cuenta de hasta qué punto la ropa vieja se integró a la mesa yucateca.

Economía en el hogar

Más allá de los ingredientes y de las variaciones del guiso, aquí importa otra dimensión: la economía del hogar.

Las recetas insisten en que, si la carne proviene del día anterior, “mejor” (Espinosa, 1906; Rendón, 1917). Esa preferencia no remite únicamente al sabor, sino a una lógica doméstica de aprovechamiento: reutilizar lo ya cocido permitía economizar tiempo, combustible y dinero, al mismo tiempo que aligeraba parte del trabajo culinario cotidiano.

Vista así, la ropa vieja no solo expresa una continuidad entre un plato y otro, sino también una forma de administración del trabajo doméstico: aprovechar los restos de un guiso previo hacía posible disponer de más tiempo para otras tareas de la casa y distribuir mejor los esfuerzos dentro de la jornada.

Con el tiempo, las recetas se simplifican, pero el principio permanece. Piña-Glori (1945) ofrece una versión más directa que, sin embargo, sigue dependiendo de carne ya cocida y de su transformación, lo que confirma la continuidad de esta economía culinaria del hogar. La receta dice:

Ropa vieja: Se toma carne que haya sobrado de la comida del día anterior, se deshilacha y se fríe con rebanadas de cebolla, bastante tomate, y chile dulce, pimienta molida y sal. Se sazona con vinagre y se deja un rato a fuego lento. (Piña, 1945)

Memoria, aprovechamiento e historia

Hoy, la ropa vieja aparece con menos frecuencia en las mesas, pero no ha desaparecido. Persiste en la memoria doméstica y en ciertas prácticas culinarias donde la comida aún se entiende como continuidad.

En ello radica su importancia: más que un guiso aislado, la ropa vieja expresa una lógica doméstica de aprovechamiento, transformación y permanencia de los alimentos.

Vista en perspectiva, su historia permite advertir algo más que la evolución de una receta. Permite observar, también, una forma de organización del hogar en la que cocinar implicaba administrar tiempo, recursos y trabajo, así como prolongar la vida útil de los alimentos sin renunciar al sabor. En ese sentido, la ropa vieja no solo conserva la memoria de un guiso anterior: conserva también una manera de entender la cocina yucateca como continuidad, adaptación e historia.

Bibliografía

Aguirre, M. I. (1980). Prontuario de cocina para un diario regular (3.ª ed.). FONAPAS Yucatán. (Obra original publicada en 1832).

Espinosa, M. E. (1906). Manual de cocina yucateca (4.ª ed.). Librería de Espinosa.

Jawhara Piñer, H. (2021). Sefardí: Cocinar la historia. Recetas de los judíos de España y la diáspora desde el siglo XIII hasta nuestros días. Col&Col Ediciones.

Martínez Llopis, M. (1995). Historia de la gastronomía española. Alianza Editorial.

Montanari, M. (2006). La comida como historia. Taurus.

Navarrete, A. M. (2010). La verdadera cocina regional. Imprenta Greymir. (Obra original publicada en 1910).

Pérez Alonso, M. I. (2015). La olla judía del šabbat: estudio lexicológico y lexicográfico de adafina, ḥamín y otras denominaciones. Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval, (28), 13–37.

Piña-Glori, A. (1945). Nuevo manual de cocina yucateca (6.ª ed.). Imprenta Fénix.

Rendón-García, H. (1917). Manual de cocina yucateca: fórmulas para condimentar los platos más usuales en la Península. Imprenta Mercantil.

Roden, C. (1994). The book of Jewish food: An odyssey from Samarkand to New York. Alfred A. Knopf.

Sternberg, R. (1998). The Sephardic kitchen: The healthy food and rich culture of the Mediterranean Jews. Harper Collins.

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