Opiniones

Ameno y divertido octavo concierto de la OSY

Andrea Herrera con sus títeres.

El octavo programa de la XLV temporada de la OSY, tuvo la valiosa cualidad de una rica variedad, una amenidad profunda y una alegría desbordante; cualidades nada despreciables y muy necesarias para que, el respetable, salga feliz de la sala de conciertos, como así sucedió con este ameno programa. De primera intención, el programa se antojaba algo largo, cuatro obras, pero las cualidades de estas mismas sirvieron para conducir sin esfuerzo la atención del multicéfalo, y la nave llegó a puerto seguro al sonar el último compás de la brillante sinfonía de Mendelssohn, autor que estuvo presente en el programa anterior, y que podría estar presente las veces que se quiera, pues es un autor de una amenidad y brillo fuera de serie.

Este concierto, tuvo tres grandes protagonistas: Laura Reyes, una directora pequeña en lo físico, pero enorme en la energía con la que condujo a nuestra orquesta, su batuta transmite emociones a raudales; José Carlos Rodríguez, brillante tubista e integrante de los atriles de la OSY; y la genial artista Andrea Herrera, quien, con su amena y fluida narrativa, llenó de magia y fantasía la sala de conciertos. Bien dice el proverbio: “Por sus frutos los conoceréis”, y ahí estuvo también el inolvidable y querido Wilberth Herrera, gran modelista, en la presencia de los títeres.

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Cuatro obras compusieron este ameno programa. Abrió telones la “Danza Macabra”, de Camilo Saint Saëns; luego vino “Tubby la Tuba”, de George Kleinsinger; en seguida el conocido tema cinematográfico, “Más Allá del Arcoíris”, de Harold Arien; y cerró programa la “Sinfonía No. 4 en La mayor, Op. 90, La Italiana”, de Félix Mendelssohn.

La Danza Macabra, de Camilo Saint Saëns, la he escuchado muchas veces, todas ellas en grabaciones, nunca había tenido la oportunidad de escucharla en vivo. Esta bella obra musical, está revestida de una leyenda negra. Las veces que se ha tratado de montar dancísticamente, ha ocurrido algún hecho lamentable; el más terrible en un teatro de Philadelfia, en que uno de los danzantes cayó accidentalmente al foso de la orquesta, y se rompió la columna vertebral; por lo que se ha optado por sólo ponerla como obra orquestal. En ella, el protagónico lo llevan el violín concertino y el oboe. Doce notas del arpa dan la señal para que la danza de inicio; la energía de la música va en aumento a medida que el tema se va desarrollando, hasta llegar a un clímax que nos lleva al brillante final. La primera ovación de la noche suena fuerte.

José Carlos Rodríguez con su tuba.

Tubby la Tuba, del norteamericano George Kleinsinger, es un ameno divertimento musical compuesto pensando en los niños, y a ellos va dirigido. Junto con: Pedro y el Lobo, de Sergei Prokofiev y El Aprendiz de Brujo, de Paul Dukas; forma la trilogía de música sinfónica para los más pequeños. Es una obra armónica y melódica, y sobre todo, de una gran amenidad. Consta de tres movimientos: Allegro, Andante y Allegro. La obra tiene su propio texto narrativo, el cual fue presentado por la excelente actriz Andrea Herrera, quien, con ayuda de muñecos de su propia creación, nos presento la historia de Tubby con una riqueza narrativa sin igual. La parte de solista musical estuvo a cargo de José Carlos Rodríguez, a quien siempre hemos admirado por la fuerza de sus notas graves, en los pasajes mas vibrantes de grandes obras orquestales. Su actuación musical fue fuerte y sonora. Le haríamos la observación de que, al presentarse como solista, hay que cuidar la presentación en el vestir; desde un atril pasa desapercibida, no así actuando como solista concertista. La historia de Tubby cautivó al respetable, por lo que al terminar la obra estalla tremenda y larga ovación con gritos de ¡BRAVO!

La orquesta se reduce a la sección de cuerdas para interpretar Más Allá del Arcoíris, de Harold Arlen, el conocidísimo tema de la película “El Mago de Oz”. La parte del solista la llevó José Carlos Rodríguez con su sonora tuba; la voz llena y grave del mayor de los metales, fue dulce y redonda. Un buen arreglo musical para orquesta de cuerdas, con la tuba como solista. Me quedo, sin embargo, con la versión original de Judy Garland.

Cierra programa la Sinfonía No. 4 en La mayor, Op. 90, La Italiana, de Félix Mendelssohn, obra brillante y que es un verdadero torrente de alegría desbordada. Mendelssohn la compuso después de un inolvidable viaje por Italia. Como buen romántico, Félix trata de retratar con su música la belleza de los paisajes de Italia, y en muchos aspectos lo consigue. La obra es magistral y una de las favoritas de los programas de concierto. Consta de cuatro movimientos: Allegro vivace, Andante con moto, Con moto moderato y Saltarello Presto. La batuta de Laura Reyes supo arrancar a nuestra orquesta la sonoridad y brillantez que la obra requiere, por lo que, al llegar al último compás, estalla tremenda ovación con gritos de ¡BRAVO!

Salimos del Palacio de la Música con el alegre inicio de la Sinfonía Italiana vibrando largamente en el alma.

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