
La vida es fugaz para los grandes. Lo sé y lo confirmo. Lo que sucede acá es así. Un instante. Y, mientras nosotros decimos hasta luego. El que parte se vuelve infinito en un lugar donde ya no hay polvo, dolor ni duda.
Al volver a Yucatán me he encontrado con muchos avatares, retos y satisfacciones. En este último pondría el recuperar la capacidad de poder escribir en español después de vivir muchos años en Asia. Pero recuperar la voz es también consecuencia del eco de aquellos que la alientan. Y en ese apartado pondría en primer término a Miguel Menéndez Cámara, Director del periódico digital para el que he colaborado desde que llegué—Estamos Aquí—. Desde que conocí a Miguel, siempre fueron puertas abiertas. Una mirada frontal y un “Raúl, esta es tu casa”.
Miguel, como he confirmado con otros escritores y periodistas, fue y seguirá siendo una persona verdaderamente ocupada y preocupada por la difusión de la cultura en Yucatán. Durante la dirección del periódico digital me dio la libertad total de escribir sobre lo que yo considerara importante. De forma titánica respondía mis mensajes, correcciones y me confirmaba cada vez que se subía una nota nueva. Yo me preguntaba “¿Cómo le hace Miguel?”. Esa pregunta él se la reservará para el infinito.
Siempre ameno, positivo y frontal, la última vez que lo vi fue hace unos días. Tomando un café y hablando sobre los quehaceres culturales. Nos reímos un rato y al cerrar nos dimos un apretón de manos.
Para los que seguimos acá. Para mí, la memoria de Miguel perdurará hoy y siempre.
Las letras que ha impulsado, las mías, estarán siempre agradecidas. Cuando miren al cielo, a la tierra, al inmensísimo océano—que tengo entendido adoraba—sabremos que Miguel sigue acá con nosotros.
Mucho infinito en la memoria de ayer, hoy y siempre de Miguel Menéndez Cámara.



