Gisèle Pelicot
“Siempre dejo puesta la mesa del desayuno la noche anterior. Coloco las tazas, los platos, los cubiertos y las servilletas, y después la miel y los botes de mermelada. Es como saltarme la noche, que siempre temo, y decretar la armonía del día siguiente. Solo habrá que sacar la mantequilla, encender el hervidor de agua y dejar que suban los aromas del café y del pan tostándose. Todo irá bien”.
La mañana del 2 de noviembre de 2020, Gisèle Pelicot tomó el desayuno con su esposo Domnique, como lo había hecho desde hacía cincuenta años. A puerta abierta, eran hasta ese día un matrimonio como cualquier otro. Con altas y bajas pero juntos a pesar de todo. Sin embargo, ese 2 de noviembre en plena pandemia de Covid-19, todo iba a cambiar para siempre la vida de Gisèle, sería un abrir de ojos violento.
Ese día Dominique tenía una citación en la comisaría de Carpentras. Antes ya había confesado a Gisèle, entre lágrimas, que lo habían atrapado tomando videos y fotografías debajo de la falda a mujeres en un centro comercial. Un guardia de seguridad lo sorprendió y animó a una de las mujeres a denunciarlo. Fue esa denuncia la que le salvó la vida a Gisèle. Sin embargo, para ese momento, ella vivía ignorante de la magnitud del problema que la conducta en público de su esposo había desencadenado. Al llegar a la comisaría, primero entró él y luego un detective la hizo pasar a ella. Gisèle ya había perdonado a su esposo por su conducta de acosador. Así que se mostró digna con el detective. Hasta que él suboficial por fin le dijo:
“-Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle”
“Sentí en su voz, más que incomodidad, una extraña mezcla de peligro y protección. Me informó que acababan de detener a Dominique por violaciones agravadas y por administrar sustancias nocivas. Creo que lloré. Me acerqué a su mesa. Volví a ponerme la mascarilla. Sacó una foto y me la tendió…”
No me atrevo a traspasar al lector la primera de tantas escenas que Gisèle tuvo que observar por primera vez aunque su cuerpo lo experimentó durante cientos de veces por más de diez años. Por años, Dominique Pelicot se contactó con hombres desconocidos y los atrajo a su hogar. Ellos violaban una y otra vez el cuerpo inerte de Gisèle mientras su esposo grababa y participaba. Algunos regresaron en más de una ocasión. Los había jóvenes, viejos, delgados, gordos, de diferentes etnias. Hombres que se servían del cuerpo de una mujer inconsciente que al día siguiente sufría de lagunas mentales mientras su marido la convencía de que sufría demencia.
Gisèle Pelicot fue víctima de lo que ahora se le denomina como sumisión química. La anulación de la voluntad por medio de medicamentos para, evidentemente, fines criminales.
Ese 2 de noviembre de 2020, luego del arresto de Dominique, comenzaron para Gisèle muchas batallas. La lucha por mantenerse de pie, con dignidad. La lucha por comenzar de nuevo, sola y a la vez de la mano de su familia. La lucha por la justicia.
La policía logró identificar a 50 violadores, además de Dominique. A una veintena no se les pudo poner rostro ni nombre. Sin embargo, lo que hizo que este caso le diera la vuelta al mundo fue la valiente decisión que tomó Gisèle Pelicot de que el juicio fuera abierto. Exponiendo su identidad pero también la de los depredadores. Y durante un proceso que duró desde el 2 de septiembre de 2024 hasta el 19 de diciembre del 2024, cincuenta hombres tuvieron que entrar con lentes, gorras, capuchas como lo que son: delincuentes. Al final, todos ellos fueron encontrados culpables en mayor o menor grado.
“Un himno a la vida” es un libro muy esperado para quienes estuvimos al pendiente del caso Pelicot, el caso de “las violaciones de Mazán”. Una historia de abuso que nos dejó a todos dolorosamente impresionados. Sin embargo, sacó a la luz una verdad ineludible: los agresores están entre nosotros. Podrían ser cualquiera. En el caso Pelicot, la policía descubrió que no podía general un perfil específico, hombres de entre los 26 a los 74 años (incluso uno de ellos tenía 22 en el momento del delito). Había desde bomberos, enfermeros, un periodista, un soldado, hasta un alcalde de prisión. Muchos servidores públicos que mantenían un perfil para su familia, para sus amigos, para la sociedad. Mientras que durante la noche, acudían a la habitación de una mujer inconsciente para cumplir una fantasía retorcida. Se supo durante el juicio que un hombre, el cual regresó, hasta seis veces, era VIH positivo. Afortunadamente, Gisèle dio negativo más adelante. Aun así, vivirá con secuelas permanentes por otras enfermedades, ya que uno de los requisitos que solicitaba Dominique a los abusadores era cometer los actos sin preservativo.
A pesar de la magnitud de los abusos, de la violencia que atravesó Gisèle, en el libro podemos vislumbrar la otra lucha de esta admirable mujer. Quien, a pesar de ser considerada jurídicamente una víctima, ella se niega a vivir como una en lo que al futuro se refiere. Se ha tenido que reconstruir a sí misma y a su familia, que terminó fragmentada conforme se fue desarrollando el juicio. La relación con su hija, Caroline, quien ha publicado a su vez dos libros con respecto al caso, se vio duramente golpeada. La policía le mostró a Caroline unas fotografías en las que, al igual que su madre, se le ve inconsciente, con lencería que desconoce en un momento que permanece fuera de su memoria. Esto terminó por destrozar a una hija ya enfurecida con son su padre. Quien deja ver en su primer libro, “Y dejé de llamarte papá” (2025), cómo la reacción escéptica y de negación por parte de Gisèle resquebrajó la relación madre e hija casi de manera irremediable. “¿Estás segura de que eres tú?”, preguntó Gisèle. A lo que Caroline deduce: “Entonces entendí que mi madre había elegido la negación”. Caroline está convencida de que su padre también la violó, a pesar de que el mismo Dominique lo ha negado, así como sigue negado sus vínculos con otros crímenes (en uno de los cuáles está su ADN de por medio). Pero Caroline se mantiene firme en su batalla y creó la fundación #MendorsPas (“No me duermas”) para visibilizar y luchar contra la sumisión química. Finalmente, para enero de este año, Caroline, quien se considera una “víctima olvidada del proceso”, declaró que la relación con su madre se había “aliviado”.
Este es un caso complicado, sin embargo, no hay que perder de vista lo importante: quién (o quiénes) son los verdaderos culpables.
El camino de Gisèle Pelicot es largo, pero la estela de esperanza que deja atrás parece permanente. “La vergüenza tiene que cambiar de bando” retumbó hasta el otro lado del mundo, convirtiendo a Gisèle no en una víctima, sino en un símbolo. Ante los muchos temas que se abordan en el libro, la invitación es que lo lean. Que lo compartan y que lo comenten.
Zulemy A. Navarro P.



