
La historia de Raúl Bassó Dondé es algo que retrata la pasión tan grande que provoca el arte. Heredó la afición desde el día que su padre lo llevó a una corrida en el circo teatro, era un adolescente, más o menos trece años y, sin embargo, no fue simplemente un aficionado más, sino que aquello que miró aquella tarde, lo sedujo de tal manera, el colorido, la democrática variedad del público y, por sobre todo, aquel hermoso ballet que se efectuaba en la arena entre un hombre y un animal.
Antes de esto había querido ser actor, sin embargo, en este juego, la bestia tenía oportunidad de defenderse, es decir, era un juego de la vida y la muerte, como la existencia misma. Ahí sí que se moría en verdad, no como en el teatro, que se moría de mentirillas. Se le metió en la cabeza el incurable llamado “mal de montera”. Esta afición que se le mete en la sangre y bulle sin dar descanso a quien la padece. A partir de ese mismo momento decidió ser torero.
Al decírselo a su padre, este se opuso, pensando que era un capricho juvenil, mas al ver la firmeza del joven Raúl, comenzó a llevarlo a tientas, ganaderías yucatecas de toros de lidia de Palomeque y Sinkewel, en donde demostró tener el valor suficiente y lo más asombroso es que ejecutaba el toreo “fino”. Su madre puso el grito en el cielo, ya que pertenecían a la alta sociedad yucateca.
Comenzó entonces a torear por toda la república como novillero, pero a medida comenzó a tener un poco de fama, al grado de torear en la Plaza México, en donde los novillos tenían el doble de edad y peso comparado con los de los pueblito de donde inició. Así que de repente el valor pareció escapársele, apoderándose de él un miedo casi incontrolable. Raúl Bassó es responsable y protagonista de una anécdota que los periódicos encabezaron: “Raúl Bassó, el torero que más le ha llegado al público”. Lo que sucedió fue que en una de sus ya malas tardes, uno de ellos lo persiguió y al intentar llegar al callejón, le dio tal bronquitón que lo mandó a las gradas.
El mismo Bassó se dio cuenta de que aquello era más difícil de lo que pensaba y pasó a formar parte de las filas de los banderilleros. Ahí sí resultó una eficaz ayuda en las cuadrillas de las máximas figuras del toreo. Y en este renglón, querido lector, le cuento que pasaron los años, se casó y tuvo una hija. Personalmente lo vi en la Plaza Mérida y en la México, y supe que ya algo mayor decidió retirarse. Aunque en ocasiones especiales volvía al ruedo, como cuando un novillero lo llamó para formar parte de su cuadrilla y aceptó por su amistad con la familia Leduc.
El festejo fue en el entonces pueblo de Santa Clara, en el Edo. de México. Raúl, al correr uno de los toros, este le pegó una cornada en el muslo derecho. Fue llevado con el doctor del pueblo, quien le realizó las primeras curaciones, simplemente suturando la herida. Inclusive ese mismo día comió unos tacos, ya que parecía que la herida no era nada grave. Pero en la noche le comenzaron unas altas fiebres e inmenso dolor, dándose cuenta sus compañeros de que aquella era una cornada muy grave, llamaron de inmediato a México al doctor Tirso Cascajares, doctor de la Plaza México y especialista en cornadas de toro, mismo que inmediatamente comenzó una operación quirúrgica en la pierna del torero herido y esta eminencia comprobó que la herida era gravísima. La esposa de Raúl suplicaba al doctor bañada en lágrimas, diciéndole: “doctor, por favor, sálvele la pierna”, ante la eminencia de una amputación, a lo que médico le respondió: “señora, lo que estoy tratando es salvarle la vida”, cosa que no logró, falleciendo durante la madrugada nuestro muy querido Raúl Bassó Dondé. Como colofón debe la gente saber, y yo decirles, que Raúl era, además, un gran pintor.



