
A finales de 1980 con una pequeña maleta al hombro salió de casa, con algo de dinero, y llegó a Tijuana. Cruzó con otro grupo de ilegales hasta Los Ángeles, en donde buscó a un tío hermano de su padre, en donde vivió los siguientes 7 años. El tío, hombre algo irritable en ese tiempo, era taquillero en un teatro en donde Pedro comenzó a trabajar, barriendo y vendiendo boletos. Poco después se incorporó a la escuela.
La vida en Estados Unidos era muy difícil para un niño que había dejado atrás a su familia. A fuerza del empeño al que obliga la necesidad, él aprendió a hablar inglés y consiguió un trabajo mejor en el Centro de Protección Legal de Los Ángeles, en donde debía buscar los datos de los abogados de la ciudad y luego entregarlos en las oficinas. Para entonces, su hermano Luis llegó a la ciudad californiana, también de forma ilegal, en donde se dedicó a vender chucherías y a todos los oficios que pudo realizar a sus casi veinte años.
Pedro siguió trabajando en lo que pudo. A los 24 años vivía en San Diego con una mujer que había conocido tiempo atrás, que resultó de gran compañía y apoyo. De sus ahorros le prestó unos dólares para poner un taller eléctrico y de transmisiones de vehículos. Trabajó ahí cerca de seis años. Un oficio que compaginó con tareas de ‘pollero’, un amigo que desde hacía años pasaba ilegales por Tijuana. Producto del trabajo logró juntar muchos millones de pesos.
Aquel amigo era un joven de cara alargada, ojos medianos, nariz grande y cabello castaño obscuro. De fácil y franca sonrisa. Inteligente y ambicioso quien se sentía responsable de su familia y siempre andaba buscando la forma de hacer más dinero para mejorar. Por eso había hecho de todo, tanto en México como en California.
Ya casi en los 90’s le cayó a la pareja un negocio que les pareció fácil y rentable. Un gringo les pidió que le compraran en México Efedrina, porque las autoridades de E.U., siempre tan quisquillosas, prohibían su venta libre. Mientras en México se comercializaba sin restricciones. Aceptaron y el gringo les entregó 20 mil dólares a cambio de dicha mercancía. Pedro contactó a su amigo Juan Guzmán, quien investigó dónde podían adquirirla y realizó la operación en el Distrito Federal. La envío a Los Ángeles a través de una empresa de transportes y sin contratiempos entregaron el pedido. Las ganancias fueron del 10 por ciento. Pedro se convirtió en jefe de una pandilla de mexicanos, la “Sotel (Souwtel) 13”.
Comenzaron así su empresa: la venta de Efedrina… fin.



