
Hará unos 20 años o más iba yo caminando en pleno centro comercial, sobre la calle 58, en dirección sur, cuando un hombre hinchado, mal vestido, con la cara y la ropa manchadas de cal o pintura, se detuvo súbitamente ante mí y dio un grito de susto para enseguida cruzar de golpe la calle, muy cerca de ser atropellado. “¡Mare!, ¿tan feo estoy?”, dije entre mí al instante, hasta que me di cuenta de su cojera, esa cojera que tanto se empeñaba en disimular:
—¡Samos! ¡Eh, José Antonio! —le grité y corrí en la misma dirección para tratar de alcanzarlo, pero él se perdió entre la gente que abarrotaba esa calle.
Al día siguiente llamé por teléfono a un pintor de trayectoria, de mayor edad que nosotros, para contarle lo sucedido:
—Tenemos que ayudarlo. Tú conoces a la familia. Fuiste su maestro y su amigo. Él siempre te admiró. ¿Qué podemos hacer por él? ¿Sigue pintando?
De la incoherencia de sus respuestas sólo rescaté lo de “mucho alcohol, mucha mota”. Ningún dato de localización. Nada de solidaridad ni de artista, ni de amigo, ni humana.
José Antonio Samos Briceño provenía de otro estado de la península, creo que de Quintana Roo. Lo conocí allá por 1987 por medio de una novia mía de ese entonces que estudiaba artes plásticas al igual que él en el Centro Estatal de Bellas Artes. Al egresar, por méritos propios pasó muy pronto a ser maestro de dicha institución. Tenía una formación académica que sustentaba su calidad como dibujante y sus temas eran fantásticos o fantasiosos, a veces surrealistoides, empleando el término de Teresa del Conde. Tanto los maestros del CEBA como otras personas, incluyéndome a mí, le augurábamos un futuro sólido como artista visual.
Muchas veces él y yo éramos de los últimos en irnos de las exposiciones, luego de haber disfrutado de aquellas buenas dosis de vino o de cocteles. Muy ocasionalmente coincidimos en bares, pero sí en cambio constantemente en el Nicte-Ha, frente a la Plaza Grande. En ese café acostumbraba reunirse con un grupo de activistas políticos, que daban la impresión casi casi de vivir ahí mismo. O si no, era común encontrarlo en las calles céntricas. Buen cuate y solidario, era ajeno a todo conservadurismo y en su conversación salía a relucir su conciencia social.
Samos tenía una novia, también pintora, con quien se le veía a menudo. Por ello, era víctima del racismo nada soterrado de tanta de nuestra gente. Él muy flaco, moreno, cojo, y ella alta, garbosa, de tez clara: “¿Cómo es que esa muchacha bonita, hija de familia, anda con ese individuo nada agraciado?”. Pero ellos parecían quererse de verdad y ser felices.
En algún momento en el Departamento de Acción Cultural del ISSSTE fijamos una exposición suya en la que expondría batiks, técnica en la que estaba incursionando. Pero una mañana llegó a la oficina y se disculpó con Hortencia Sánchez y conmigo por tener que suspenderla. ¿La razón? Había vendido ya todas las piezas.
Como él iba diariamente al Nicté-Há, en alguna ocasión llevó algunos de los batiks y por su estética factura, muy imaginativa, despertaron la atención de algún turista extranjero. Con ello se dio cuenta de que bastaba con estar sentado en ese concurrido corredor, desplegando sobre alguna silla del café sus piezas, para atraer clientes y tener ganancias altas y rápidas. Ahí se nos perdió Samos.
Por lo que tengo entendido, el batik, de origen indonesio, es una técnica de elaboración complicada al emplear cera caliente sobre tela. Samos se dedicaba varios días a elaborar muchas piezas y en poco tiempo las vendía y empezó a llevar una vida similar a la de los poetas malditos.
En algún momento su relación con la pintora terminó. Ella seguía yendo al centro de Mérida, tratando de vender pequeñas piezas de pintura o dibujo, y contaba que había sido diagnosticada con un padecimiento psiquiátrico. También estaba sufriendo una degradación. A Samos nunca más lo volví a ver, hasta aquel casual encuentro en la calle 58, y ella igualmente desapareció del entorno cultural, hasta que hace unos años la vi sentada en una banca a la entrada de Plaza Fiesta. Me senté unos minutos a conversar con ella, una plática que me dejó con tristeza.
José Antonio Samos falleció unos diez o quince años atrás a causa de un pleito de teporochos, agredido en grupo hasta morir. Al enterarme de la noticia le hablé al pintor de trayectoria:
—Te voy a informar algo y enseguida colgaré el teléfono. Samos murió ayer en la madrugada golpeado por teporochos en el Parque de San Cristóbal. Puedes leer la noticia en la prensa.
Cuando se efectuó la exposición Panorámica Plástica Yucatanense en 2007, en el Museo Macay, alguno de sus maestros y yo estuvimos buscando obra suya y a él mismo, sin obtener algún resultado. En la historia de la pintura y el dibujo que escribí para el libro-catálogo de la exposición, publicado por el Instituto de Cultura de Yucatán en 2010, al final de un apartado con el título “Paisajes y escenas” escribí escuetamente de él: “José Antonio Samos con una tendencia surrealista plasma temas eróticos y ha trabajado la técnica del batik”. Ojalá podamos encontrar obra suya y recuperarlo a través de su pintura.



