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Roldán insólito

No recuerdo exactamente en qué año y en qué circunstancias conocí a Roldán Peniche Barrera, pero sí que celebro haber mantenido con él una amistad de varias décadas, que se afianzó gracias a nuestra adicción a los libros, diarios y revistas. 

De hecho, conservo en mi biblioteca tres preciados objetos, fruto de su proverbial generosidad: Historia del Teatro Peón Contreras, de Gonzalo Cámara Zavala, Historia de Yucatán, de Diego López Cogolludo y una medalla que el gobierno del Estado concedía a los que combatían a los mayas rebeldes durante el porfiriato. Roldán tuvo el detalle de obsequiarme los citados volúmenes impecablemente encuadernados en piel y con mi nombre impreso en letras doradas. –¡Conserva esta evidencia de nuestra barbarie!, expresó mientras dejaba en mis manos la malhadada condecoración.

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Ciertamente no fui el único beneficiario de su prodigalidad, como lo pueden confirmar otros cuates cercanos. Sin embargo, lo que más valoraba de Roldán, y conmigo todos los que lo conocimos, era su sencillez, su trato cordial, su capacidad para entablar relaciones y alentar a su interlocutor, su conversación siempre interesante y, desde luego, su erudición avasalladora.

Incontables noches fuimos a comer chocolomo a Los Parados con Raúl Maldonado Coello y otros aficionados a la cultura gastronómica y a las desveladas con causa o sin ella. En las charlas de sobremesa las agudas y en ocasiones sarcásticas observaciones de Roldán nos hacían estallar en carcajadas que llamaban la atención de los demás comensales, quienes seguramente nos tacharían de dementes o un poco menos.

Roldán tenía, en verdad, un fantástico buen humor y no recuerdo haberlo visto abrigar animadversión, mala fe o desprecio por nadie; al contrario, todo mundo lo apreciaba por su afabilidad, su calidez y su lealtad.

Lo recuerdo con su libretita tomando apuntes de todo lo que le parecía infrecuente o desusado, que luego plasmaba con maestría en sus leídas columnas. Ciertamente se entregó a la literatura, pero como buen periodista jamás dejó de estar atento a la realidad cambiante en la que vivía.  El último lustro de su vida fue difícil, en parte por la pandemia de Covid 19 y en parte por circunstancias ajenas a su voluntad. Luchó siempre contra el formidable enemigo de la depresión y contra la estrechez económica. 

Tuve el privilegio de coincidir con él en numerosos foros y también de dejar constancia pública de mi valoración de sus sustantivas aportaciones a la cultura yucateca y a su trayectoria. Estas breves líneas solo tienen el propósito de evocar a nuestro amigo ahora que se nos ha adelantado.

Por las numerosas obras que escribió y publicó, por el entusiasmo y la perseverancia que todo ese trabajo le exigió, evidentemente el saldo de la vida de nuestro querido Roldán es luminoso e insólito, como no podía ser de otra manera. Lo extrañaremos siempre.

Hacemos llegar nuestro pésame a su familia. Descanse en paz.

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