Cultura

Recuerdos de las cosas simples

No sé cuánto tiempo pasé en aquella cocina -la cabeza todavía me daba vueltas y tenía la sensación de estar drogado, como cuando te das un golpe fuertísimo en la cabeza-, en algún momento, quizá cuando mi madre dijo: “come”, me rendí físicamente a la idea de esta allí.

Hice lo que mi madre me decía. Pinché los huevos con el tenedor y me llevé un bocado a la boca. Se podría decir que la lengua se me puso en posición de firmes. Llevaba dos días sin comer y empecé a tragar la comida como si fuese un prisionero. El hecho de masticar me distrajo de lo imposible de mi situación. Además, era tan delicioso como familiar. No sé qué tiene la comida que te hacen las mamás, sobre todo cuando es algo que puede hacer cualquier persona -ensalada de atún, chuletas fritas-, pero tiene un cierto sabor a recuerdo. Mi mamá solía poner cebollitas en los huevos revueltos- yo los llamaba, las cositas blancas- y ahí estaban otra vez.

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De modo que me estaba comiendo un desayuno del pasado, en una mesa del pasado, con una madre del pasado, “come más despacio porque te va a caer mal”, dijo ella. Eso también pertenecía al pasado. Cuando terminé, llevo los platos al fregadero y dejo correr el agua sobre ellos, gracias, musité.

Ella levantó la mirada. ¿Acabas de decir gracias, Jorge? Yo le dije que sí, con un leve movimiento de la cabeza. ¿Por qué? ¿Por el desayuno? Ella sonrió y terminó de lavar los platos. Viéndola ahí en el fregadero, me invadió una repentina sensación de familiaridad, yo sentado en aquella mesa y ella con los platos. Habíamos mantenido muchas conversaciones desde aquella misma posición, sobre la escuela, sobre los amigos, sobre los chismes de los vecinos que no debía yo creer, y el ruido de agua en fregadero siempre nos hacía alzar la voz.

“No puedes estar aquí”, empecé a decir. Entonces, me callé. Después de esa frase, ya no pude seguir. Ella secó sus manos con su mandil, se inclinó. “Mira qué hora es”, dijo. “Tenemos que irnos”. Se inclinó y me tomó la mano entre las suyas. Tenía los dedos calientes y húmedos por el agua del fregadero.

De nada, -dijo-, por el desayuno. Agarró una bolsa de la silla y dijo, ahora sé un buen muchacho y ponte la chamarra, que hay frío.

Fin.

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