Bienestar Espiritual

Pueblos explotados y azotados por las guerras y la opulencia

En su homilía de la misa por el Jubileo de los catequistas, el Papa León XIV recordó la necesidad de anunciar que, incluso en medio de las tragedias de quienes mueren «por la codicia» según el Evangelio «la vida de todos puede cambiar».

No basta con conocerlo o compartirlo: hay que amarlo. Solo así el testimonio se convierte en semilla de esperanza, capaz de germinar en los corazones y dar fruto.

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La opulencia, una plaga que anula al individuo «porque se pierde a sí mismo, olvidándose del prójimo». Ese prójimo que muere «ante la codicia», hoy extendida a «pueblos enteros» doblegados por las guerras y la explotación. Pero el anuncio del Evangelio trae un mensaje necesario: vida nueva. Una existencia que debe ser ante todo «amada», luego conocida y anunciada.

Esta es la tarea de los catequistas: no sólo instruir, sino sembrar, «hacer resonar la esperanza en los corazones, para que dé frutos de buena vida».

Las luces y las sombras del mundo son el tema central de la homilía del Papa León XIV esta mañana, 28 de septiembre, durante la misa presidida en la Plaza de San Pedro con motivo del Jubileo de los catequistas, en la que ha nombrado a 39 procedentes de quince países.

Los bienes no hacen buenos
El Pontífice se inspiró en el pasaje evangélico de Lázaro y el rico «sin nombre», que muestra «cómo Dios mira el mundo, en todo tiempo y en todo lugar».

Por un lado, «los que mueren de hambre»; por otro, «los que se atiborran delante de él»; por un lado, «las vestiduras elegantes»; por otro, «las llagas lamidas por los perros».

“Pero no sólo eso: el Señor mira el corazón de los hombres y, a través de sus ojos, reconocemos a un indigente y a un indiferente. Lázaro es olvidado por quienes están frente a él, justo al otro lado de la puerta de su casa, pero Dios está cerca de él y recuerda su nombre.

El hombre que vive en la abundancia, en cambio, no tiene nombre, porque se pierde a sí mismo, olvidándose del prójimo. Está disperso en los pensamientos de su corazón, lleno de cosas y vacío de amor. Sus bienes no lo hacen bueno”

Donarse a sí mismos, por el bien de todos
Sin embargo, el Evangelio ofrece un final feliz: los sufrimientos de Lázaro y «los excesos del rico» terminan ante la justicia de Dios. Del pasaje a la liturgia: la celebración es una ocasión para reflexionar sobre el ministerio de los catequistas.

El Pontífice recordó las palabras del Papa Francisco pronunciadas durante el Jubileo de los educadores en el Año Santo de la Misericordia: «Dios redime al mundo de todo mal, dando su vida por nuestra salvación». Aquí comienza la misión de cada uno, «llamado a donarse a sí mismo por el bien de todos».

El primer catecismo, «alrededor de la mesa»
El primer anuncio tiene lugar en la familia, «alrededor de la mesa», donde un gesto cotidiano se convierte en Evangelio.

La fe es un relevo que nos llega de quienes «creyeron antes que nosotros» y crece en toda la Iglesia a través de la contemplación, el estudio, la experiencia espiritual y la predicación de los pastores.

Enseñar

En este camino, el Catecismo se convierte en «instrumento de viaje»: protege de los individualismos y las discordias, y hace que cada fiel colabore en la misión de la Iglesia. Los catequistas, por su parte, «enseñan», es decir, dejan una huella interior.

Vatican News

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