
“¡Vengan a mí todos los que están trabajados y cargados, y Yo los haré descansar!” (San Mateo 11: 28).
¡OREMOS AL SEÑOR! ¡SEÑOR, TEN PIEDAD!
Padre santísimo: ¿quién puede dormir, descansar, arrojar sus penas, sus adeudos, sus quebrantos, sus temores, sus dolores, sus incertidumbres y su soledad? ¿Quién puede sufrir años de espera silenciosa sin que vea minada su salud su paz interna, su patrimonio y hasta el abandono de los suyos?
En estas circunstancias tan especiales y tan dolorosas, donde parece que se perdió toda esperanza es cuando exclamamos a una sola voz y con todas las fuerzas de nuestro ser: “¡Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo! y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, ¡aunque mi corazón desfallece dentro de mí!” (Job 19: 25.27).
Nuestra fe está abriendo un mar de posibilidades y acelerando la esperanza, porque solo Tú, Padre Santísimo, nos haces tener sueños y en Tu regazo de Padre, a ejemplo de David, Tu siervo, también Te declaramos: “¡Haz, Señor, ¡que sobre nosotros brille la luz de Tu rostro! Tú has hecho que mi corazón rebose de alegría, alegría mayor que la que tienen los que disfrutan de trigo y vino nuevo en abundancia.
¡En paz me acuesto y me duermo, porque solo Tú, Señor, me haces vivir confiado!” (Salmo 4:6.8).
¡Gracias, Padre Santísimo, porque el Espíritu Santo nos ilumina, nos inspira, nos alienta, ¡nos fortalece y nos mueve a ver muy cerca nuestro nuevo amanecer! La noche de nuestras penas está muy avanzada, pero Tú, Pastor de Israel, ¡no duermes! Ese bendito ejército celestial nos acompaña y nos hace ver que todo cuanto esperamos, está muy cerca.
Nuestra gratitud se adelanta debido a que, por padecer estas cadenas de estos emisarios de Satanás, que tanto nos han abofeteado, nuestra paz, nuestra esperanza y nuestro amor por la vida, nos hace respirar aires de libertad, de abundancia, de salud y de bienestar, porque viviendo en Tu presencia, el futuro ya lo tenemos asegurado y lleno de sorpresas, porque Tú, Padre Santísimo, no permitirás que Tus hijos sean burlados ¡y menos se vean destrozados! Amén.



