
¡OREMOS AL SEÑOR! ¡SEÑOR, TEN PIEDAD!
Padre Santísimo: ¡Qué gratificante es celebrar este glorioso y vivificante madero! Es el mismo Árbol de LA VIDA que Tú mismo plantaste en el paraíso. Es el mismo que se sembró justo sobre el cráneo de Adán. Ahora está convertido en Cruz y sostiene el cuerpo maravilloso del Divino Jesús. Cristo, con sus brazos abiertos sobre la cruz, atraen a todo hijo de Adán, ofreciéndole salud, paz, bienestar y salvación.
Los brazos de Cristo son una Cruz viviente que abraza a todo el mundo, le concede la redención de todos sus pecados, las delicias del Paraíso, una vida llena de todo lo mejor que hay en esta vida y le anticipa los goces propios de la eternidad.
Nos invita a crucificarnos, porque esa es la única forma de despojarnos del peso del pecado que nos mantiene viendo solo el suelo material y nos impide ver, subir, gozar, arrebatar todo lo que solo nos está reservado a Tus hijos. Estar crucificados es recuperar nuestra libertad, ver tanto lo material, como lo espiritual; ser humanos y divinos; ser hijos y amigos Tuyos y hasta de los ángeles.
Padre Santísimo: ante Tu Hijo Amado, hoy toda la creación clama y proclama con fe ferviente: ¡Concede Tu gracia omnipotente a la Amada Iglesia del Verbo divino!
¡Bendita Cruz! ¡Fortaleza ignorada y despreciada de los poderosos de la tierra, sostén de los creyentes, gloria de los ángeles y tormento de los demonios! Para todos nosotros eres y seguirás siendo el Árbol increíble, maravilloso y esperanza para quienes anhelan vivir esa divina comunión con Cristo y se atreven a crucificarse de manera voluntaria, sin temor a nada y seguros de que desde allí, verán lo que las mayorías jamás podrán gozar desde el suelo que los mantiene esclavizados y absortos en lo material.
Padre Santísimo: ¡Concede a quienes nos atrevemos a crucificar nuestra carne, nuestra vanidad, nuestro egoísmo, nuestra soberbia, nuestra envidia, nuestra lascivia y nuestra idolatría, esa vestimenta celestial que nos santifica, nos dignifica y nos convierte en seres que supieron tomar la cruz para glorificar Tu divina voluntad! ¡Ahora valoramos el divino atrevimiento de Tu Hijo Amado y recibimos la unción divina que nos hizo recuperar esa naturaleza, ese poder y ese don deteriorados allá en el Paraíso! Amén.



