
¡OREMOS AL SEÑOR! ¡SEÑOR, TEN PIEDAD!
Padre Santísimo: ¡en este tibio amanecer Te saludamos postrados y agradecidos ante Ti!
Muy agradecidos y en este acto de adoración, Te bendecimos y suplicamos que Tu gran bondad nos abra las puertas de un profundo y sincero arrepentimiento, para que nuestra alma desde hoy y hasta el final de nuestra estancia en la tierra amanezca en el Templo de Tu Santidad.
Te presentamos nuestro cuerpo totalmente deshecho por tantos desórdenes pecaminosos, pero que sigue siendo ¡el Templo viviente de Ti, oh Dios por quien se vive! Más Tú, que jamás dejas de ser Misericordioso, ¡límpianos de toda impureza! Tenemos la plena seguridad de que Tú, Padre Compasivo, ¡siempre eres invariablemente, el mismo Padre amoroso, que tiene fija Su mirada en nuestra afortunada humanidad.
Hoy estamos ante Ti, oh Padre Santísimo como ese humilde y arrepentido publicano que, no se atrevía a acercarse a Tu Santuario, sino que no dejaba de suplicarte el perdón, Tu benevolencia, Tu favor y Tu misericordia, orando suplicante: “¡Dios, sé propicio a mí, pecador!” (San Lucas 18: 13). Esa humildad es la que nos engrandece porque nos vacía de toda vanidad y nos acerca más y más a Ti. Esa actitud es la que nos asemeja a Tu Hijo Amado, quien se humilló a sí mismo.
Eso nos sugiere el Espíritu Santo: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz,” (Filipenses 2:5-8). ¡Qué actitud tan especial la del Divino Salvador! Sin dejar de ser Dios, como Su Padre Amado, se hace hombre, se humilla hasta dejarse crucificar con saña inaudita y cruel. Se despoja de todo para enseñarnos con su vida y ejemplo la grandeza de la humildad y la belleza del despojarnos de toda altanería y vanidad. “Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.”
Nuestro nombre se engrandece y recupera todo su esplendor, saliendo palabras de poder cuando en ese bendito y glorioso Nombre de Tu Hijo Amado, a Ti clamamos, a Ti nos dirigimos, a los demonios arrojamos, a los espíritus malignos que causan enfermedades ahuyentamos y a las montañas que nos impiden ser Tus favoritos, pronunciando ese Bendito y poderosísimo Nombre, nos abren paso para obtener lo que nos corresponde.
Ese Glorioso Nombre de Tu Hijo Amado, es el que nos motiva a tomar esa actitud de despojarnos de NUESTRO YO, vaciándolo de toda altanería, de toda maldad, de toda injusticia y de toda inmoralidad.
Padre Santísimo: solo contemplando la actitud de Tu Amado Hijo nos sentimos conmovidos a imitarlo, porque así es como lo glorificamos tanto como a Ti y al Espíritu Santo.
Ese magnífico y excelso Nombre nos hace caer de rodillas, adorarte junto con Él y el Espíritu Santo, porque “… ante el Nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2: 10-11).
Padre Santísimo: ¡Gracias por habernos abierto las puertas de Tu misericordia, de Tu amor y de Tu perdón! ¡Gracias porque en el Nombre de Tu Hijo Amado, vamos a iniciar un nuevo momento histórico en nuestra vida! En el Nombre de Tu Hijo Amado y Omnipotente, ¡Te suplicamos misericordia para todo nuestro mundo! Todo cuanto sucede nos habla de la inminente segunda venida de nuestro Salvador para culminar su obra salvadora y poner final a nuestra historia.
Muy a pesar de todo, nosotros, desechando todo lo mundano, nos proponemos continuar con el mismo espíritu de lucha hasta el final, porque sabemos que contamos con Tu presencia que lo llena todo, nos prospera en todo y muy a pesar de todo ese ruido de guerras, de atrocidades, de desórdenes, de injusticias, de maldad y de rapiña.
¡Bendito seas, oh Padre misericordioso y único amante de nuestra humanidad! Amén.



