Cultura

Motul de antaño: el Hanal Pixán con los abuelos

La noche era ligeramente fría, octubre de 1969, Chiich (abuela en maya) estaba haciendo el chocolate, Tata Turo preparaba la mesa, ponía una taza en cada uno de los ocho lugares, ya que sus nietos vinieron de visita por las fiestas del Hanal Pixán que año con año celebran en la casa de los abuelos.

La emoción era evidente en los nietos, la casona de los abuelos tenía más de 120 años, era muy antigua, tenía un patio grande lleno de árboles frutales, podías jugar “busca busca” o disfrutar los ricos frutos que el abuelo cultiva porque en la “gran ciudad” no se puede sembrar en el patio porque las casas son la décima parte de la del abuelo; y eso que la casa se encuentra a media cuadra del centro, el parque queda a escasos 50 metros.

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Cuando la mesa ya estaba servida, Chiich, con su bella voz, pero de mando, habló y dijo “vengan a cenar, lávense las manos y aligeren porque se enfría el chocolate”. Cada uno se sentó en el lugar que elegía los abuelos siempre se sentaban juntos frente de sus nietos. No existía la costumbre de que cada uno en un extremo, los abuelos eran muy afables y dulces.

Mientras cenaban su pan dulce de “Siqueff” o de “El Negrito” que el abuelo salía a comprar temprano en esta época de finados, uno que otro nieto iba con él. Pero les advertía “nada de pedir cosas, en la casa hay merengues que la Chiic hizo para ustedes”. Cuando no alcanzaban pan porque mucha gente compraba, solo quedaban dos opciones “San Felipe” o “Don Canuto”, todos los panes horneados en leña.

Ese sabor del pan dulce como los “saramuyos”, “cuellos hojaldrados”, “coloniales”, “conchas”, “roscas”, “lenguas”, “pan super, “pan batido” y el “pan cepillo”, es inolvidables ya que lo hacías chuc (remojado) en tu chocolate acompañado con una rebanada de queso “deysi” o una rebanada del queso de bola. Todos comiendo a gusto y lo más tierno era el rostro de los abuelos, felices porque cenaban con sus nietos que solo veían pocas veces al año.

Después de cenar Chiich daba las órdenes “viejo, lleva a los niños al patio donde se encuentra la mata de mango, allá están las bancas” Tata turo se dirigió y sacó su pipa de marinero y llevó a sus nietos al ágora de la casa donde les contaba historia de espantos. Los nietos asombrados por los que les contaba el abuelo. Cuando pasaba el tzoch (lechuza), emitiendo su típico graznido, los nietos se asustaton, el abuelo soltó una carcajada, ya que su sonrisa no se veía bien porque tenía bigote y una gran barba blanca, les decía “no se asusten, es un ave que sale a buscar comida para sus críos”. En eso se dejó sentir un fuerte viento y empezó a llover ligeramente, se pararon y se fueron al corredor de arcos.

Un nieto le preguntó “¿por qué está lloviendo esta noche Tata?” el abuelo, con su pipa en la mano les dijo “esta lluvia es para que las ánimas se bañen y puedan venir a visitar el altar que su Chiich pondrá.

Todos sentados en el suelo y el Tata Turo en su mecedora con su inseparable pipa, les contaba cuentos como la de la pierna ensangrentada o de la cabeza sin cuerpo. De vez en cuando, a lo lejos aullaba un perro y como veía a sus nietos asustados, les decía que el Huay Peek estaba rondando el cabo del pueblo. El abuelo dio una orden “bueno niños, a lavarse las ,anos y los dientes, es hora de dormir, mañana hay mucho que hacer”.

A la mañana siguiente, después de un rico desayuno, el abuelo llamó a sus nietos y para que juntos pusieran un altar para las mascotas que han tenido, pusieron un cuenco con alimento, unos huesos y alpiste así como las fotos de las pocas mascotas que tuvieron los conejos, aves, perros y gatos.

“Mañana ayudarán a Chiich, cada uno de ustedes le ayudará trayendo los frutos del patio de atrás” les dijo el abuelo a sus nietos.

Los nietos estaban emocionados por ayudar a la Chiich en hacer el altar con sus siete niveles y juntando las fotos de los bisabuelos y tíos que se adelantaron al descanso eterno.

Al día siguiente llegaron los papás de los nietos, vinieron a ayudar a Chiich en preparar el pib. El abuelo, a pesar de su avanzada edad, fue a cavar el hueco para hornear el pib. Entre los yernos y los hijos, hicieron el espacio para poner los pibes, uno fue a comprar la leña y otro se dedicó a juntar las piedras para poner sobre la leña.

En tanto que en la cocina, las hijas y nueras, preparaban la masa con manteca, la abuela cocinaba el kool y la carne, otra sacaba el spelón de las vainas. Antes de que se empezara a preparar la comida, Chiich revisó las manos de ellas, sacando a una de las nueras ya que las tenía frías recordándole “no puedes ayudar aún, tus manos fría no permitirán que los pibes se cuezan como debe de ser ya que no ha pasado un año del fallecimiento de tu abuela”.

Se quedó a mirar como hacían los pibes, ella pensó en sus adentros “la suegra sabe mucho, cuántos años lleva haciendo esta deliciosa comida, es una lástima que con el paso del tiempo esta tradición se vaya perdiendo por la influencia extranjera con su dichoso ‘halloween’. Hay que enseñarles a los hijos que lo aprendan y su importancia en la sociedad yucateca”.

Cierto, es importante conservar las tradiciones ancestrales ya que forman parte de la identidad como yucatecos, cultura que es admirada en todo el mundo y aún causa sorpresa.

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