
Querido diario:
El otro día, husmeando entre cajas de archivo muerto, me encontré unas cartas que mi tío Lucas le dirigió a mi madre durante los años 50 y 60 del siglo pasado, mientras radicó en los EE.UU., y durante los 70 y 80, cuando vivió en la capital del país. Tanto mi madre, la hija mayor, como el tío Lucas, el menor de cinco hermanos, eran enfática y orgullosamente morenos, pero sus ojos daban la apariencia de que cambiaban de color en el transcurso del día.
Lucas era un niño travieso, muy inquieto, de esos que a cada rato había que amenazarlo con darle de nalgadas o de fajazos para mantenerlo más o menos tranquilo, según me contaba mi madre. También era delgado, más alto que el yucateco promedio, bien parecido, aficionado a los deportes, las bachatas y las novias. Cuando llegó al otro lado de la frontera fue recibido por los parientes que vivían en Glendale, California, quienes le buscaron chambas como jardinero, afanador, lavaplatos, ayudante de cocina y finalmente mesero. Aprendió a hablar inglés sin problemas y también se dio tiempo para ir al gimnasio.
En el restaurante donde laboraba, además de su sueldo en dólares, recibía buenas propinas de manera que pocos años después dejó la casa en la que vivía hacinado con otros paisanos para mudarse a un departamento, que si bien no era lujoso sí evidenciaba que tenía aspiraciones acordes con el américan drim.
En sus cartas el tío Lucas llamaba Negra a mi mamá, pero no porque hubiera aprendido a ser racista, sino porque así le decía de cariño. Le contaba de cómo era la ciudad de Glendale, sus centros comerciales, sus parques, sus cines y sobre los chismes que circulaban entre la comunidad de yucatecos emigrados. También le pedía a su hermana, mi madre, que le saludara a las enamoradas y amigos que había dejado en el pueblo.
De entre su correspondencia copio un fragmento de una misiva enviada el 29 de abril de 1953:
[…] El otro día, el señor Elsner, de quien te había hablado en una de mis cartas anteriores, me invitó a ir a tomar las copas a un club muy elegante en el que había hasta un lago artificial y en el que tocaba una orquesta en vivo. Luego de charlar un rato me comentó que me veía potencial para un trabajo que me permitiría complementar mi sueldo de mesero y quizá hasta dejarlo definitivamente para encontrar otras opciones más redituables e interesantes. ¿Y se puede saber cuál es ese trabajo, míster?, le pregunté. Y me respondió: Tú podrías ser un éscort. ¿Y qué tengo que hacer para ser un éscort, señor Elsner? Muchas cosas, muchacho. ¿Como cuáles? Aprender generalidades sobre arte, principalmente pintura y música, dominar ciertos modales de etiqueta, erradicar tu acento mexicano, conocer algo de vinos importados, platos exclusivos y, desde luego usar ropa más fina y perfumes más caros. Uf, pues así como me lo pinta está difícil, míster. Pero no te preocupes, Lucas. Nuestra compañía te entrenará y te proporcionará todo lo que necesitas, aunque tendrás que devolvernos, poco a poco, el importe de todo lo que invirtamos en ti. Eso sí, las mujeres a las que acompañarás serán ligeramente mayores de edad que tú. ¿Qué tan mayores? Digamos que unos pocos años más, pero no te asustes porque son damas de sociedad muy educadas, muy finas en su trato y muy generosas con las propinas, siempre y cuando satisfagas sus expectativas. Yu nou.
¿Tú qué opinas, Negra, acepto? […]
Luego de involucrarse en una trifulca en un bar porque una partida de gringos había gritado grísers a un grupo de mexicanos, el tío Lucas decidió cortar por lo sano y mudarse a la ciudad de México a principios de los 70, donde también teníamos parientes emigrados. Pronto encontró trabajo primero como empleado de un almacén de ropa deportiva, auxiliar de entrenador en un gimnasio, guía de turistas y de nuevo como mesero en la zona rosa, a la que acudían representantes de las distintas tribus urbanas: fresas, estudiantes universitarios, bohemios, intelectuales, políticos, artistas y vagos de distintas categorías.
En una carta de fecha 13 de mayo de 1970 dice lo siguiente:
[…] Aquí todo es de lo más relajado y divertido. La otra noche, por ejemplo, conocí a un par de bailarines de la compañía de Milton Ghío que me invitaron a un destrampe (así llaman aquí a las fiestas), donde bebimos, bailamos, brincamos y gritamos como locos; muchos consumieron un polvo blanco que parecía inyectarles una energía y entusiasmo increíbles; otros tomaban pastillas de diversos colores y se ponían románticos, cariñosos, pues querían abrazar y besar a todos. Aquella fue una experiencia fantástica.
Bill y Elliot, que así se llamaban los bailarines o al menos así decían llamarse, me invitaron a verlos actuar en un bar del DF donde llegaban muchos jóvenes y señores, algunos vestidos formalmente, aunque otros lucían trajes extravagantes con plumas, lentejuelas y chaquiras, como los que se ponían los sacmises durante el carnaval de nuestro pueblo, ropa típica y demás.
Los bailarines me preguntaron un día que cuánto ganaba; cuando les dije la cantidad, me indicaron: darling, no pierdas más tu tiempo. Vente a trabajar con nosotros y te pagamos un 50 por ciento más; pero si yo no sé bailar, qué va a pensar don Milton; no te queremos para eso; entonces, para qué; para que seas nuestro asistente personal; en qué consistiría ese trabajo; en cargar nuestros neceseres, vestuarios, maquillarnos no, porque ya vimos que eres medio tosco, pero sí servirnos como de acompañante y guardaespaldas porque eres valiente y fuerte. Además, ya no tendrías que pagar renta ni comida porque vivirías con nosotros en nuestro departamento.
Qué vueltas da la vida, pensé. Bill y Elliot me ofrecen en México, lo mismo que me ofrecía el señor Elsner en los uináitid.
¿Tú qué opinas, Negra, acepto? […]
El tío Lucas, que jamás se casó, regresó al pueblo luego de muchos años, donde lo sorprendió el Covid 19. Lo recuerdo siempre con mucho cariño y reconozco su osadía de haber dejado su lugar de origen, conocer otros ambientes, otros mundos, desempeñar trabajos tan disímbolos, mantener un carácter siempre jovial y conservar intactas sus raíces familiares. Descanse en paz.



