
Nacida en Mérida, Yucatán, María Cristina Sansores González fue una mujer cuya vida transitó entre la sensibilidad artística y el rigor científico. Química farmacéutica y bióloga de formación, encontró desde muy temprana edad un lenguaje propio en la imagen: a los ocho años recibió su primera cámara fotográfica, un regalo de su padre que marcaría el inicio de una relación profunda con la luz, los contrastes y la observación del mundo.
La fotografía fue su primer territorio creativo. A través de ella retrató no solo a su familia, sino también los árboles que la fascinaban, las zonas arqueológicas, los vestigios mayas y las raíces de aquello que siempre reconoció como propio: la tierra yucateca. Su mirada capturaba la belleza silenciosa y esencial de su entorno.
Más adelante, la pintura se convirtió en otra de sus formas de exploración. En ella plasmó los deleites y los avatares de los yucatecos, con una energía luminosa, vital, casi apolínea, donde la luz no solo iluminaba, sino que construía sentido. Su conocimiento científico, adquirido tanto en su formación académica como en su experiencia en laboratorio, dialogaba con sus procesos creativos, particularmente en el revelado fotográfico y en la experimentación pictórica.

La escultura llegó a su vida de la mano de su maestra y amiga Gerda Gruber. En el barro encontró una materia viva, un lenguaje táctil y profundo que la llevó a crear piezas cargadas de erotismo y una sensibilidad existencial que siempre la acompañó. Fue en esta tridimensionalidad donde su obra pareció expandirse más allá de los límites visibles, explorando la forma desde lo íntimo y lo esencial.
A lo largo de su trayectoria, María Cristina integró estas disciplinas —fotografía, pintura y escultura— en diversas exposiciones, construyendo un universo artístico coherente, sensible y profundamente arraigado en su identidad.
Para mí, como hijo, fue la primera y más grande maestra. En su estudio no solo se aprendía a reconocer el olor del óleo o de los químicos del revelado, sino también a pensar fuera del marco, a mirar con profundidad y a crear desde la intuición y el conocimiento.

María Cristina Sansores González fue una persona extraordinaria, capaz de trascender los límites de lo bidimensional y de habitar múltiples dimensiones de la experiencia humana. Su presencia permanece: en la memoria, en la obra, en la materia y en aquello intangible que continúa expandiéndose más allá del tiempo.
Vive en quienes la conocieron, y en quienes, a través de su legado, seguirán encontrando en la luz una forma de comprender el mundo.



