
Los cronistas de una ciudad deben ser personas dedicadas a observar, registrar, interpretar y narrar la vida de la comunidad observada.
Su función no debe ser solamente contar hechos históricos, sino conservar la memoria cotidiana de las calles, los personajes, de las costumbres, los cambios urbanos, de las tragedias, las fiestas, de la política, la cultura y hasta el habla popular.
Los cronistas, en Ciudad de México, tienen antecedentes formales desde el siglo XVI; poco después de la conquista española.
El cargo de cronista fue instituido por el rey Carlos I de España para que una persona registrara y preservara la memoria histórica de las ciudades importantes de la Nueva España.
Uno de los primeros cronistas reconocidos de la Ciudad de México fue Francisco Cervantes de Salazar, nombrado oficialmente hacia 1558.
Desde entonces, la figura evolucionó mucho: primero fue un cargo ligado al poder virreinal; después adquirió un carácter cultural e histórico; y en el siglo XX se volvió también una distinción intelectual, y en ese horizonte se asoman personajes como Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe, Salvador Novo, Miguel León-Portilla y Guillermo Tovar de Teresa.
En muchos municipios de México, el cargo moderno de “cronista municipal” comenzó a institucionalizarse formalmente durante el siglo XX, especialmente entre las décadas de 1970 y 1990.
En Ciudad de México ha existido la figura oficial de “Cronista de la Ciudad”, nombramiento otorgado por instituciones culturales o gubernamentales.
Salvador Novo ocupó ese cargo y recibía sueldo, apoyo institucional y financiamiento para publicaciones y actividades culturales.
Pero también existieron cronistas no oficiales que eran periodistas, escritores y ensayistas quienes hacían crónica urbana desde periódicos, revistas o libros. Ellos vivían de colaboraciones periodísticas, conferencias, publicaciones o trabajos culturales. Carlos Monsiváis, es el más alto ejemplo de estos, y no era únicamente “cronista” en sentido burocrático; era escritor, periodista, intelectual y figura pública.
La crónica en México tuvo mucha fuerza dentro de los periódicos. Durante décadas, los diarios importantes pagaban a escritores para narrar la vida urbana, política y cultural. Por eso varios cronistas provenían directamente del periodismo.
También existieron cronistas municipales en distintas ciudades del país, incluyendo pueblos y capitales estatales. Algunos cargos eran honoríficos y otros remunerados.
Gracias a ellos sabemos cómo era una ciudad antes de las transformaciones modernas, quiénes fueron sus personajes importantes, qué sucesos marcaron a la sociedad y cómo vivía la gente común.
En ciudades con fuerte identidad cultural, como Mérida, los cronistas siguieron la pauta del periodismo, buscado la preservación de la identidad regional frente al paso del tiempo.
Guillermo Prieto describió la vida popular, política y urbana del México decimonónico con un tono cercano y costumbrista.
Guillermo Tovar de Teresa fue uno de los grandes cronistas culturales de Ciudad de México y estuvo muy vinculado a Coyoacán, aunque su figura trascendió ampliamente ese ámbito.
Era conocido por su extraordinaria memoria histórica y por su conocimiento de la arquitectura, las familias tradicionales, los conventos, las calles antiguas y la vida cultural de la capital mexicana. Más que un cronista exclusivamente de Coyoacán, fue un gran cronista de la Ciudad de México entera, pero Coyoacán ocupó un lugar importante en su imaginario y en sus investigaciones.
Su trabajo tenía algo muy particular: mezclaba erudición histórica con sensibilidad narrativa. No sólo acumulaba datos; reconstruía atmósferas. Por eso muchas personas lo consideraban una especie de guardián de la memoria urbana.
Además, pertenecía a una tradición de cronistas que entienden la ciudad como un organismo vivo, es decir, la suma de casas, personajes, rumores, jardines, iglesias y episodios culturales que el progreso suele borrar de una manera u otra.
Salvador Novo como cronista oficial de la Ciudad de México retrató la transformación urbana de la capital nacional de mediados del siglo XX y escribió con elegancia sobre calles, tradiciones y personajes capitalinos.
Carlos Monsiváis es probablemente el cronista capitalino más influyente del siglo XX. Escribió sobre política, cultura popular, marchas, cine, religión, movimientos sociales y la vida cotidiana de la ciudad con ironía y enorme agudeza.
Armando Ramírez retrató los barrios populares, el lenguaje callejero y la vida cotidiana del oriente de la ciudad.
Ricardo Garibay — escribió crónicas memorables sobre boxeo y personajes populares.
Renato Leduc mezcló periodismo, humor y observación urbana en una prosa muy ligada al ambiente capitalino.
José Emilio Pacheco, aunque más reconocido como poeta, sus textos sobre memoria y ciudad tienen un fuerte valor de crónica urbana.
Todos ellos ayudaron a construir una memoria sentimental y cultural de la Ciudad de México. Gracias a sus textos, la ciudad puede entenderse no sólo como espacio físico, sino como experiencia humana.
¿Y, aquí, en Mérida? Bueno, pues nuestros cronistas siguen hablando del tamal, del vecino, de lo cines, de las ferias, del Hanal Pixán y todo lo que hablaron otros meridanos. En conclusión, los cronistas de Mérida siguen hablando de lo mismo. No importa si son los oficiales o los que hacen crónicas en las redes sociales. ¿Por qué así? Porque no investigan, no tienen imaginación y lo más fácil es leer y hablar de lo que otros hicieron. Dos ejemplos clarísimos: Luis Pérez Sabido que hasta se autonombró cronista no sé qué, y Rafael Gómez Chi y sus crónicas delirantes, aunque hay que decir de este último que, cuando ha ido a ciertos barrios para hablar de negocios de comida, le salen las crónicas más novedosas e interesantes.



