Cultura

Las loterías de cartones a finales del Porfiriato / 2

El valor de lo que se juega puede dar una idea del carácter de semejante juego. Antes de comenzarse, el muchacho anuncia que en ningún caso excedería el lote de dos reales; lo cual sin embargo se consideraba excesivo, y por consentimiento general se había fijado en medio real o seis un cuarto centavos. La mayor suma cantada por el muchacho, apenas subió a veintisiete pesos tres reales, que dividida entre cuatrocientos y treinta y ocho jugadores, no hace en verdad un juego de mucho valor. En efecto, un caballero anciano, cerca del cual estaba yo de pie, me dijo que aquel era un negocio de poca importancia, que no valía la pena; pero que en un sitio vecino había un monte en que se jugaban doblones. El monto total de la suma que circulaba durante la noche es mucho menor de la que se emplea frecuentemente en nuestros pequeños partys, en los cuales no hay individuo a quien se haga ciertamente la imputación de jugador. Acaso es de toda justicia decir, que aquel inmenso gentío no se había reunido allí con el objeto exclusivo de jugar. El pueblo de Mérida vive de diversiones, y a falta de teatros y otros entretenimientos públicos, la Lotería es un gran punto de reunión a donde van personas de todas edades y clases para encontrar a sus conocidos. Ricos, pobres, grandes y pequeños se juntan bajo un mismo techo, sobre un pie de perfecta igualdad, y se cultivan, sin degradación, los buenos sentimientos. Familias enteras van allí: los jóvenes de ambos sexos se procuran asientos cercanos entre sí y juegan a un juego más desesperado que la Lotería, en que se apuestan los corazones, o las manos por lo menos; y tal noche puede sobrevenir en que acaso un atrevido jugador, al perder sus mediecillos, obtenga un premio de más importancia que la bolsa de veinte y siete pesos tres reales. En efecto, la Lotería es considerada como un mero accesorio a los placeres de la vida social; y en vez de juego, puede llamarse esto una gran conversación, aunque no muy selecta en verdad. A lo menos, tal fue nuestro juicio; y de veras que sobraban motivos para que este juicio fuese menos caritativo, porque el sitio era suficientemente abrasador para justificar la aplicación de ese nombre que se da, en la locución común, a las casas de juego de Londres y París.

            Cerca de las once de la noche salimos de la Lotería […] (1)

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La descripción de Stephens trasluce asombro, humor y no poca exageración. Empero, a diferencia de los intelectuales yucatecos, él sí supo valorar la convivencia social que propiciaba aquel juego. Aunque se arriesgaban apenas unos centavos, los reformadores sociales del patio no simpatizaban con este tipo de diversiones porque las consideraban vicios, ya que atentaban contra el hábito del ahorro, que caracterizaba, entre otras cosas, a un ciudadano previsor y que velaba por el bienestar de su familia.

Las loterías de entonces eran diferentes a las tradicionales que muchos conocemos, como la campechana y la de Clemente Jacques, pues se basaban en números o bien en figuras. Los números se extraían de ánforas y las cartillas podían constar de ocho o de dieciséis números. Su precio variaba, lo mismo que el monto y el tipo de premios.

¿Cuándo ocurrió el cambio de números a figuras? El investigador José Enrique Ortiz Lanz admite que es imposible saberlo con precisión, pero con base en testimonios calcula que tuvo lugar en las décadas cercanas a la mitad del siglo XIX. (2) ¿Y cuándo se vincularon números y figuras? Tampoco se cuenta con una fecha exacta, aunque el mismo autor supone que fue a finales del siglo XIX, como lo evidencian la lotería peninsular o campechana, de Lorenzo María Evia, que comenzó a estructurarse entre 1891 y 1895, y la de Clemente Jacques, que lo hizo de 1913 a 1920.

Ortiz Lanz recalca, sin embargo, que el origen de las loterías campechana y la de Jacques como pasatiempo es mucho más antiguo, ya que son producto

            […] de una tradición que se fue desarrollando poco a poco con la influencia de imágenes provenientes no nada más de las representaciones de personajes mexicanos y de la región, sino de tradiciones más lejanas, como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas que fueron adaptadas, eso sí, a imágenes conocidas en nuestro país […] (3)

Nosotros hemos encontrado en la AGEY cartillas de números, pero no de figuras, excepto si no consideramos como tales los oros, espadas, copas y bastos de los naipes españoles, que también poseían números. Es decir, que en este caso números y figuras sí se funden en uno. Además, durante el desarrollo del juego sí se cantaban tanto los números como las figuras. (4)

Los naipes de las cartillas llevan la marca Simeón Durá, una de las casas más reputadas de Valencia, España, que estuvo activa entre 1871 y 1940. Las inscripciones vitela de hilo y corte a marquilla primer florete en algunas de estas cartas eran sinónimos de primera calidad, ya que indicaban que en su confección se había utilizado papel de alto estándar y un corte de precisión.

Estas cartillas con figuras de barajas españolas las hallamos en un expediente con documentos fechados de 1906 a 1908; lo más probable es que no sean las primeras. Una búsqueda más exhaustiva podría corroborar o desechar esta hipótesis.

Los interesados en explotar las loterías de cartones tenían que recabar un permiso público y pagar impuestos municipales, estatales y federales. Cuando concedían el permiso, las autoridades imponían varias condiciones: los impuestos había que pagarlos por anticipado; los sorteos de la lotería debían llevarse a cabo por las noches hasta las 12 máximo y en lugares públicos; no se permitía la presencia de menores de edad y en caso de que se colaran, había que avisar a la gendarmería para que los retirara; la policía y demás autoridades tendrían libre acceso al local.

Las loterías operaban en forma sincronizada con las fiestas patronales, tanto en la capital como en las principales poblaciones del interior del Estado; por lo general se ubicaban en casas cercanas a los templos o plazas donde se instalaban tamazucas y otro tipo de puestos temporales. Con el paso de los años y el surgimiento de casinos o centros de diversión privados hubo loterías más o menos permanentes. (Continuará)

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