Cultura

Las loterías de cartones a finales del Porfiriato / 1

A principios de noviembre de 1841, el viajero norteamericano John Stephens arribó por segunda ocasión a Mérida, Yucatán, pues ya había estado aquí en 1839.

La primera vez tuvo oportunidad de presenciar la festividad del Jueves de Corpus, en tanto que en la segunda participó en el novenario de la iglesia de San Cristóbal.

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Fue en el marco de las actividades paganas que acompañaban aquellos festejos religiosos cuando este visitante descubrió la lotería. Luego de salir del templo, en medio de una muchedumbre que repartía empujones, codazos y pisotones a discreción, Stephens y sus acompañantes llegaron a una casa cercana a la plaza de ese suburbio y como pudieron entraron en ella.

El calor era sofocante y el pandemonio continuaba allí. […] Era ésta [la sala] una gran pieza, que se extendía a lo largo del frontispicio de la casa, cálida hasta el grado de sofocación, henchida de hombres y mujeres, señoras y caballeros o como quiera llamárseles, y estrepitosa como una casa de locos, en que los pacientes anduviesen sueltos.

Por algún tiempo nos fué imposible comprender lo que ocurría. Gradualmente fuimos recorriendo la sala a empellones, recibiendo codazos y pisadas y sufriendo alguna vez que el ala de un sombrero de paja nos raspase la nariz, o que una bocanada de humo de tabaco se nos metiese por los ojos.

Muy pronto se bañaron de lágrimas nuestras pobres caras, sin que allí hubiese una mano amiga que las enjugase, pues que las nuestras iban materialmente aprensadas contra las costillas.

A cada lado de la sala, y ocupando toda su extensión, había una tosca mesa hecha de tablas sin pulir y en la cual se veían algunas velas colocadas en candelerillos de hoja de lata, separado el uno del otro como a dos pies de distancia. De idéntico material al de las mesas, había a lo largo de ellas muchas bancas, en donde estaban sentados indistintamente hombres y mujeres, blancos, mestizos e indios y aún más de lo que podría permitir la solidez y ordinaria resistencia de la carne humana.

Cada una de las personas sentadas a la mesa tenía delante de sí un retazo de papel, de un pie en cuadro, cubierto de figuras arregladas en línea, un montoncito de granos de maíz, y a su lado una cachiporra de dieciocho pulgadas de largo y una de diámetro.

Entretanto en medio de aquel ruido, algazara y confusión, inclinábanse constantemente los ojos a los papeles que tenían delante; y en aquel sitio abrasador parecía la concurrencia un ejército de nigrománticos y brujas, entre ellas algunas jóvenes y extremadamente bellas, que se daban al ejercicio de la magia negra. De la sala pudimos pasar al corredor, y llegamos empujados hasta una especie de túmulo.

Un diablillo de muchacho, director al parecer de aquella orgía nocturna, colocado sobre una plataforma, hacía sonar un saco de bolas lanzando gritos chillones, que se percibían con toda claridad y distinción en medio del estrépito que reinaba al rededor. En aquel momento, el ruido y el tumulto subían hasta el grado más elevado.

Toda la casa parecía en abierta insurrección contra el muchacho, mientras que él, con sólo su cabeza, o mejor dicho, con sólo su lengua, luchaba contra la turba lanzando el torrente de su potencia bucal, que se abría paso triunfalmente a través de las ensoberbecidas oleadas, hasta que agobiado por una inmensa mayoría y cediendo a ella con un tono que hacía rugir a la muchedumbre, y mostraba la democracia de sus principios, exclamó: Vox pópuli, vox Dei.

Lo mismo que en la sala, había a lo largo del corredor y en toda el área del patio, bancas, mesas, retazos de papel, granos de maíz, cachiporras y hombres y mujeres mezclados en confusión.

Los puntos de tránsito estaban materialmente henchidos de espectadores que, sobre las cabezas de los que estaban sentados en cada mesa, tenían fija la vista sobre los misteriosos papeles.

Había allí viejos, muchachos, muchachas, criaturas, padres y madres; maridos y mujeres; amos y criados; empleados superiores, arrieros y toreadores; señoras y señoritas con joyas en la garganta y rosas en el cabello; indias con su ligera toca blanca; belleza y deformidad; lo más elevado y lo más abatido de Mérida, formando un todo, acaso de más de dos mil personas.

¡Y esta gran muchedumbre, entre las cuales estaban personas que habíamos visto poco antes orando en el templo, y principalmente aquel grupo de niñas que habíamos admirado, se hallaba reunida ahora en una casa pública de juego! ¡Bello espectáculo, por cierto, para un extranjero en la primera noche de su llegada a la capital! […] […] La clase de juego a que se entregaban aquellas buenas gentes se llama Lotería; y es una diversión favorita en todas las provincias mexicanas. En Yucatán se extiende a todos los pueblos de la península.

Lo mismo que sucedió antiguamente entre nosotros de un modo tan pernicioso, la lotería está autorizada por el gobierno […] y es un medio de colectar fondos para el erario público y para otros objetos que se cree merecerlo.

El principio de este juego o treta consiste en la diferente combinación de los números desde uno hasta noventa, escritos sobre un pliego de papel en nueve líneas de cada lado, y cinco numeraciones de cada línea.

Como las noventa figuras pueden combinarse hasta un término casi indefinido, puede también emitirse un número considerable de papeles o cartillas con diversas combinaciones, y que marcadas con el sello del gobierno se venden a real cada una.

Los jugadores las compran y las fijan delante de sí sobre las mesas, asegurándolas con obleas. En seguida se forma una bolsa o fondo común, en que cada jugador pone una módica suma, que un muchacho va colectando en su sombrero.

El otro muchacho encargado del saquillo que contiene las bolas numeradas, anuncia entonces el monto de la bolsa, y va extrayendo las bolas una por una y cantando el número salido, que cada jugador marca en su cartilla con un grano de maíz; y el primero que logra combinar cinco números en una línea, gana la bolsa; lo cual se anuncia dando golpes sobre la mesa con la cachiporra que el jugador tiene a su lado.

El muchacho de las bolas recorre de nuevo los cinco números marcados en la línea, y si de la comparación resulta que todo está arreglado, entrega el contenido de la bolsa, se termina el juego y comienza otro.

Suelen ocurrir algunas equivocaciones y era precisamente una de ellas la que había sobrevenido cuando, en medio de la confusión y un clamor extraordinario, llegamos al corredor cerca del muchacho que cantaba las bolas. (Continuará)

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