
A la caída del Imperio Romano, en el S. V de la era cristiana, da inicio un largo período conocido como Edad Media. Políticamente, la Edad Media se enmarca en el poder de los señores feudales, quienes ejercen una autoridad ilimitada en sus respectivos feudos; con la complicidad de la iglesia, ejercen una explotación desmedida sobre la clase baja de la sociedad o siervos. La producción agrícola está sometida a un régimen de explotación de lo más injusto: Dado que, las tierras de cultivo pertenecen al señor feudal que, “amablemente”, permite a los siervos cultivarlas; la mitad de los que las tierras producen corresponde al señor feudal; la iglesia también obtiene su tajada de la situación; así que de la mitad restante, un cincuenta por ciento se ha de entregar a la iglesia; dando como resultado que la producción de quienes cultivan la tierra los beneficia en sólo la cuarta parte de la producción total. Como elementos que hacían empeorar la situación de los siervos, hemos de añadir una insalubridad casi total, una inseguridad absoluta, una ignorancia completa y una superstición generalizada; factores todos estos que hacían la vida de lo peor.
La cultura, se refugia en los monasterios, en donde, en los refectorios, los pacientes amanuenses dedicaban su vida entera a la copia de obras clásicas y a transcribir los poemas que otros religiosos componían; pero fuera de este ámbito, una poesía del más alto valor se abría paso enfrentando las circunstancias más adversas que se puedan concebir. Los heroicos juglares nos legaron lo más valioso de la poesía medieval española. Hombres pobres, analfabetas, errantes; crearon para patrimonio de la humanidad, obras que constituyen el patrimonio más valioso de la Edad Media en España.
El estudio de la literatura medieval española consigna dos grandes corrientes de la poesía en este período; los llamados Mester de Clerecía y Mester de Juglaría. Ambas corrientes tuvieron características bien definidas; y en muchos puntos, totalmente opuestas.
El Mester de Clerecía se dedica a tratar temas religiosos, usa versos de catorce sílabas, está escrita en latín, fue recogida por escrito por los amanuenses y conocemos los nombres de sus autores. El primer autor de que se tiene noticias fue Gonzalo de Berceo, quien vivió, escribió y murió en el monasterio de San Millán de la Cogolla; de él se conocen obras como: “Vida de San Millán”, pero sobre todas su importante poema “Los Milagros de Nuestra Señora”. Son también importantes autores de esta corriente el rey Alfonso X “El Sabio”, su sobrino el Infante Don Juan Manuel, el canciller Don Pero López de Ayala y Don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.
A contraparte, el Mester de Juglaría recoge temas populares, usa versos de ocho sílabas, está escrito en los lenguajes de las diferentes provincias, se conservó durante muchos años por tradición oral y sus autores permanecen ignorados en el anonimato. Sin embargo, estos pobres poetas olvidados en la noche de los tiempos, nos legaron las obras más grandes y trascendentes de la literatura medieval española y su producción constituye verdaderas joyas de la literatura universal.
Es muy importante destacar que los juglares incorporan en sus obras tradiciones visigodas, pero también dan importante espacio a las tradiciones mozárabes que son indispensables para entender la cultura española. Cada una de las leyendas narradas en la épica de los juglares, son un elemento indispensable para entender la integración de la nacionalidad española y con ella la integración y desarrollo de la lengua que es el elemento que une a Nuestra América en un concierto de países con una gran riqueza policromática en las culturas madres y un lazo común que es la lengua española.
La primera leyenda de la tradición juglaresca es El Rey Rodrigo o la Pérdida de España, hermosa colección de romances que narran la invasión árabe a España y la importante aportación cultural que este hecho significa. Sus personajes son esquemas perfectamente construidos y nos presentan una simbología que los juglares supieron aportar a la cultura y su percepción de los grandes cambios que se avecinan y que constituirán el Renacimiento. El Conde Don Julián, simboliza la tradición conservadora y es la encarnación del medioevo, por su parte, Rodrigo simboliza al Renacimiento y por ello es irrespetuoso de las tradiciones, las cuales viola y burla; y por último, Florinda, llamada popularmente “La Cava”, simboliza al pueblo español que no sabe definir de qué lado está, si respeta las tradiciones o se pone del lado de los cambios. La obra nos denota que los juglares tenían una buena metodología para construir sus obras y concebían a sus personajes con una disciplina literaria bien definida.
La siguiente leyenda, Fernán González o la Independencia de Castilla, tiene el mérito indiscutible de presentar la integración de Castilla como un reino trascendente que será el aglutinador de la lengua que a la postre dominará España en casi su totalidad y será la que llegará a nuestras tierras para constituir el vínculo unificador. La leyenda de Los Infantes de Lara, es una continuación de la anterior y nos muestra el origen de una familia de nuestro estado, la familia Molina; el nieto de Mudarra González fue Don Antonio González de Molina, antecesor del primer Molina yucateco, Don Antonio de Molina y Bastante.
Definitivamente, la cumbre de la poesía juglaresca es sin duda ninguna, El Cantar de Mío Cid; obra que nos marca el segundo punto de la integración de la lengua española y es un verdadero monumento literario. Catorce siglos antes, la Crónica de la Conquista de las Galias, de Julio César, nos marca el punto de inicio de la formación de nuestra lengua y El Cantar de Mío Cid, nos muestra una lengua española ya formada, aún no desarrollada.
Cuatro siglos más habían de transcurrir para que, en el Siglo de Oro, Cervantes nos regale con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha una lengua española ya desarrollada.
El estudio y análisis de la poesía feudal española es indispensable para entender el fenómeno lingüístico que es nuestra lengua, pues en ella se encuentran las raíces más profundas que habrán de nutrir el desarrollo pleno de nuestra lengua.



