
Hace mucho tiempo, hacer viajes a la Ciudad de México en autobús era una verdadera aventura de la vida real. Para comenzar, dicha travesía duraba más de cuatro horas, la estación del ADO se hallaba ubicada en donde hasta el día de hoy se encuentra situada. Sin embargo, su construcción era muy pequeña a diferencia de la actual. Los camiones en aquel entonces carecían de baño, por lo que los viajeros tenían que educar a su sistema digestivo. Y en una ocasión, varios miembros de mi familia y yo tuvimos que tomar dicho transporte para asistir a una boda que se realizaría en el Distrito Federal.
Desde el inicio del viaje comenzaba la odisea. El camión tenía que atravesar un puente de madera que se encontraba sobre un río, y de ahí para Ciudad del Carmen los viajeros nos teníamos que bajar del autobús, ya que este se subía a una de las enormes balsas llamadas pangas, que atravesaban el mar abierto. Esta navegaba hasta un diminutivo puerto llamado Zacatal, en donde éramos abatanados por una ola de moscos. Una experiencia espeluznante. De ahí llegábamos a Ciudad del Carmen, en donde se abordaba otra panga para llegar al estado de Tabasco. En realidad no recuerdo cuantos ríos teníamos que atravesar en dichas pangas, pero por lo menos siete.
Era muy de noche y a mi tío Alberto le dieron unas terribles ganas de defecar, por lo que suplicó al camionero que se detuviera a media carretera, puesto que ya no soportaba más. A lo que el operador del autobús se negó, aludiendo que tenía un horario qué cumplir para llegar a Villahermosa, y cuando mi tío ya no pudo detener lo inevitable, fue en la obscuridad del camión que puso un papel periódico y ahí realizó sus necesidades fisiológicas, lo envolvió y, abriendo la ventanilla, lanzó el envoltorio, pero mi tío no tuvo en cuenta que las ventanillas de todo el autobús se encontraban abiertas. Llegamos a Villahermosa y el conductor nos dio quince minutos para comer y todos los pasajeros conforme iban bajando del autobús miraban las ventanillas llenas de ‘tah’, y muertos de risa se fijaron de la ventana desde donde el envoltorio había sido lanzado. Todos cenaron, pero al regresar al autobús, todos curiosos se esperaron a fijarse quién se iba a sentar en la ventanilla escatológica, mirando entre burlonamente al pobre del tío Alberto, quien jamás se enteró de su hazaña. Pero todo el resto del pasaje sí, mismos que cada vez que lo miraban, decían: “ahí está el cagón”, señalándolo con el dedo. Fin.



