Cultura

Ir por más: Jordi Sierra I Fabra

Apenas niño, Jordi Sierra I Fabra se volvió escritor porque se dio cuenta de que sobre el papel no tartamudeaba. Sus nerviosos y telegráficos silabeos para iniciar o proseguir una frase, acaso una palabra, desaparecían cuando se ensimismaba en la escritura de una historia. Desde entonces no le ha parado la pluma; narra como respira, sin detenerse nunca con la tinta o desde su computadora.

El vertiginoso flujo de sus ideas lo ha llevado a publicar a la fecha casi 600 títulos. Anda, según dice, entre los 586 y los 588. Para qué negarlo: es un devoto de la velocidad, pues a partir de ella se articula la ilusión del carácter espontáneo y sincero de sus relatos. Hace trece años dio a conocer Mis (primeros) 400 Libros, sus detalladísimas memorias literarias, que en comparación con su producción actual se antoja como un número no tan relevante, de acuerdo a los altos estándares que él mismo se ha impuesto durante su trayectoria de cincuenta y tres años. No se diga más: el suyo es un legado admirable. Un árbol exuberante, de fronda copiosa y corpulenta, en un territorio muchas veces árido. Casi un desierto lunar.

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No obstante, las vastas dimensiones de esta obra también han generado siempre mucha suspicacia entre la gente que tiene una noción diferente a la suya: aquellos que creen que cantidad y calidad no van, no pueden ir jamás, juntas de la mano, y por ello tienden a cuestionar y a minimizar a quienes gozan de una fecundidad portentosa.

Sierra I Fabra, pese a esta crítica permanente, ha seguido adelante, empeñado en su felicidad, disfrutando la creación a través de cualquier género que aborde: la literatura infantil, la juvenil, la novela policial, la ciencia ficción, la fantasía pura y dura; las novelas para un público adulto o los libros con temas musicales y biografías de estrellas de rock constituyen tan solo un segmento del titánico mural que ha construido con el único deseo de contar algo atractivo, ameno e interesante tanto para entretener como para reflexionar.

El abundante catálogo del escritor catalán está sustentado en un método (o sistema, como Sierra I Fabra le llama) que funciona de la siguiente manera: de entrada, desarrolla un guión lo suficientemente completo, pormenorizado, de la historia y de los personajes que forjará después. Este guión, dice el novelista, es en realidad la novela misma, pero en condiciones primitivas, silvestres. En este proceso radica el verdadero trabajo de construcción; son los andamios donde se cimienta la obra negra. Se organiza entonces el contenido, la trama y el urdido de un mapa con sus zonas bien esclarecidas.

Una vez concluido este método, la escritura del libro deriva en una tarea menos ardua: el estilo de Sierra I Fabra alterna capítulos cortos, descripciones escuetas y diálogos reveladores, trepidantes. Antes que otra cosa, siempre ha preferido que sus personajes se presenten y se expliquen por sí solos. Evita, en la medida de sus posibilidades, la intervención narrativa del autor.

Yo comencé a leerlo en la adolescencia. Me gustaban mucho sus libros sobre música. En 1979, un año antes del asesinato de John Lennon, pude acceder a la primera biografía del exbeatle que conocí. En la antigua librería “Discolibros Hollywood”, tienda que se hallaba en el Parque Hidalgo, ahora desaparecida, conseguí libros sobre Pink Floyd, Historia del Rock, Who, Tommy y su leyenda. Más adelante, llegaron a mí algunas novelas policiacas y uno de sus títulos más conmovedores: El joven Lennon, el cual se explaya en la infancia y adolescencia de quien luego se convertiría en la figura más influyente de la música pop. Es un libro en el que el paisaje está conformado por las emociones y los sentimientos de pérdida y de amor de alguien confundido, de alguien que en ese tiempo todavía tartamudeaba la vida.

En 2016 tuve el privilegio de presentar a Sierra I Fabra en dos ocasiones. Lo encontré igual que en sus novelas: precipitándose al hablar, sediento de diálogos, febril en sus consideraciones, estimulando a la lectura al público infantil y juvenil que acudió a sus charlas. No olvido cuando me tendió la mano para despedirnos. Me obsequió algunos ejemplares.

Felicidades por los primeros cuatrocientos, le dije. Y voy por más, voy por más, respondió mientras se mezclaba con los visitantes de la feria. Me impresionaron su arrojo, su valentía y el entusiasmado placer por mantenerse en una carrera contra sí mismo. Tartamudeaban mis manos cuando abrí una de sus obras.

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