
La Casona Peón, ejemplo de persistencia de un espacio del pasado, céntrico recinto revitalizado y compartido, fue el escenario idóneo para un libro relativo a La Mérida que se nos fue…, como es su título, donde su autor, Sergio Grosjean Abimerhi, hace un recorrido por distintas facetas, controversias y curiosidades históricas, sociales y urbanas de la capital yucateca.
Público numeroso para una aislada e independiente presentación de libro, en una noche en la que las opiniones sobre el clima, deporte conversacional de los favoritos entre los meridanos, era de si el calor era sofocante o estaba atenuado. El reiterado revoloteo de los abanicos de mano fue más que elocuente. Evento de dos horas de duración, para ser congruente con los tiempos idos, donde se nos hace creer que sobraba siempre el tiempo. Cuatro presentadores, que se refirieron a otros tantos temas tratados por extenso o en específico en el libro, apoyados por la proyección de imágenes, que se dieron a rogar para hacerse visibles.
Jorge Victoria Ojeda, colega cronista de Mérida, habló acerca de los migrantes: africanos, chinos, coreanos, libaneses, “húngaros” (mexicanismo para llamar a los gitanos o romaníes), chiapanecos, huaches (los únicos maltratados)… Siguió Fernando Bautista Buenfil, cronista de Tekax, quien luego de leer un fragmento de un poema a Mérida, habló apasionadamente de muchos de los cines que hubo en Mérida, tanto los que conocemos por las referencias históricas como los disfrutados sobre todo en los tiempos estudiantiles, cuando eran la opción infaltable para divertirse.
Continuó Alberto Hagar González, investigador que —entre apagadas y prendidas del micrófono— causó asombro con el dato desconocido para —asumo— casi todos los asistentes respecto a que en Mérida funcionó una fábrica de armas de fuego, en un lugar céntrico (frente al exconvento e iglesia de Monjas) y en una época aún a tiro de piedra (la década de 1960). Sabíamos que de mucho tiempo atrás tuvimos armerías, comercios de venta, pero no fabricantes, y menos que el negocio tuvo que cambiar de giro a causa de un decomiso del Ejército que ya olía la pólvora de las luchas ideológicas que habrían de brotar del 68 en adelante en México. Esa fábrica se recompuso aprovechando el material y la parte de la maquinaria que había quedado para —nueva sorpresa— dedicarse a la fabricación de juguetes de ruedas: velocípedos, patines del diablo, cigüeñas para discapacitados motrices…

El cuarto presentador fue Jorge Rivas Cantillo, fotógrafo, quien hizo un alegre y anecdótico recorrido variopinto de la Mérida de sus tiempos juveniles de conformidad con el amplio conjunto de imágenes —157 en un total de 203 páginas— que enriquece el libro, del que debo señalar su concentración casi total en el centro y norte de la ciudad. (Y a pesar de los pesares recientes, como me señaló alguien que los ha padecido: cuatro varones presentando… Ahí no se ha ido La Mérida que se nos fue…).
Abrió y cerró la presentación el hiperinquieto y todo de blanco Sergio Grosjean, primero agradeciendo al público y explicando la tónica del evento y dedicando el final a dar rabiosas estocadas a lo que quisiéramos fuera el retablo de Maese Pedro, pero que es la angustiante y destructiva rutina de años de los agresivos especuladores inmobiliarios, voraces manejadores de los hilos del poder en Yucatán. Del muestrario de barbaridades urbanísticas descritas con ánimo de cruzada por Grosjean se puede inferir que hay un suprapoder económico al que se doblegan quienes ejercen los cargos públicos, sean del partido que sean, pisoteando las normas legales, el sentido común y, sobre todo, el bienestar colectivo.
La nutrida asistencia del público ese jueves 7 de mayo y —según mis fuentes fiables— la resonancia del evento de presentación y del libro mismo en las redes sociales hablan de un desencanto social generalizado y constituyen una confirmación ciudadana de los planteamientos del autor. No por nada fue objetivo de un coche-bomba a las puertas de su casa como relata en dos de los textos de su libro.
Al final, como espontáneo, el hijo de Sergio demostró su asimilación del fervor de su padre por esa Mérida de a poco, de nunca y de siempre, y luego, para dulcificar los ánimos, se brindó en la planta alta un breve recital de piano y un ambigú con refrescos. Para ser congruentes con La Mérida que se nos fue…, esta Mérida cada vez más extendida de manera horizontal y ahora también con una quimérica pretensión vertical, una contradicción: la duración del evento no fue muy congruente con los horarios de los estacionamientos (¡salve, bendita Lonja!) y del transporte público de rutina (si no llegaste a las diez y diez, a esperar las rutas nocturnas del cabo de semana, tan tardadas, pero también benditas).
Hay que buscarle explicaciones al creciente culto idolátrico por el pasado meridano, por la ilusoria perennidad de una Mérida homogénea y monolítica.



