
Buenas noches. Agradezco la invitación de Raúl Casares G. Cantón para presentar su nuevo libro titulado El tren de la Pacificación. He tenido el honor de haber presentado sus trabajos anteriores: Rodulfo G Cantón. Sonata de una vida y Qué buena vida nos damos con tan reducido capital. Los Casares, un retrato de familia.
Es un placer compartir esta mesa por dos distinguidos académicos y amigos, Faulo Sánchez Novelo y Emiliano Canto Mayén, así como al público presente en esta Antigua Estación de Ferrocarriles. Espacio idóneo para la presentación de este libro.
Hablar en la actualidad de ferrocarriles, por múltiples razones, genera polémica. Sin embargo, al inicio de 1873, el ambiente fue otro, o por lo menos así lo expresaron algunos periódicos de la ciudad de México, a propósito de la inauguración del ferrocarril de México a Veracruz. Se decía que “todo” el pueblo mexicano podía elevar en “unísonos acentos, al supremo Hacedor de todos los seres, su himno de júbilo, su gran hosanna de alegría y reconocimiento”, pues se había realizado “el sublime e incomparable pensamiento de abrir en nuestro país un fácil camino a todos los pueblos de la tierra”.
Las locomotoras que salieron hacia el puerto jarocho, según la prensa, “saludaban al progreso”; un acontecimiento notable, ya que “todos” deseaban presenciar la partida de los trenes y había una gran cantidad de individuos que “se apresuraban a comprar ropa, petacas, paraguas, guantes, etc., para el viaje a Veracruz”. “La alegría, la satisfacción se veía retratada en todos los semblantes”; las salvas anunciaban, como señaló El Monitor Republicano, que el presidente Sebastián Lerdo de Tejada salía de Palacio Nacional para presenciar la partida del tren. Después, “sonó el silbato de la locomotora y todas las voces se unieron, no para dar la señal de guerra y exterminio como otras veces, sino para rendir homenaje a la paz y al progreso, que es el único que le corresponde y conviene a las naciones cultas”.
La llegada de los caminos de hierro anunció el despegue del crecimiento del país, el cual pudo desarrollarse en las siguientes décadas bajo el régimen del general Porfirio Díaz. En este contexto, las diversas regiones de México buscaron incorporarse al proyecto que marcaba el inicio de la era de “la paz y el progreso”. El sueño de varias generaciones de mexicanos se vio plasmado en la construcción de los ferrocarriles, y Yucatán no fue la excepción.
El tren de la Pacificación, el “que nunca fue”, trata sobre la Compañía de los Ferrocarriles Sud Orientales, proyecto ambicioso que buscaba la pacificación de la llamada Guerra de Castas, y cuya intención era “reconquistar” el territorio dominado por décadas por los mayas rebeldes, pero también encerraba un profundo interés por explotar las riquezas naturales en el oriente de la península, en aras de potenciar y diversificar la economía de la región.
No puedo detenerme en los detalles, pero si quiero apuntar algunas cosas que pueden ser útiles para los numerosos lectores que tengo la certeza tendrá este libro.
Personaje central de esta iniciativa es sin lugar a duda Rodulfo G. Cantón, quien visualizó vincular su proyecto del ferrocarril de Mérida a Peto, con el de los Sud Orientales. La tarea no sería fácil y enfrentaría los intereses de grupos políticos y económicos nacionales y regionales. La justificación del nuevo proyecto, según sus promotores, era de carácter patriótico-social, además de comercial, pues favorecería al establecimiento de nuevos e importantes puertos en la costa oriental y sur de la entidad, suspendería el contrabando de maderas con Belice y se obtendría un mejor aprovechamiento de un significativo contingente de mano de obra para la agricultura, resultado de la pacificación.
En Yucatán los ferrocarriles fueron diseño y producto de un regionalismo indiscutible, vinculado estrechamente con la producción henequenera. Sus líneas fueron construidas, controladas y administradas por la elite político-económica de la entidad, que se distinguió por su aptitud para construir vías férreas con capitales locales, concesiones que fueron otorgadas por el gobierno federal. En el caso de la Compañía de los Ferrocarriles Sud Orientales se estableció una relación más estrecha con el gobierno federal a través del grupo comprendido bajo el epíteto de “científicos”, de gran influencia en el general Porfirio Díaz.
Desde su inicio, don Porfirio avaló la iniciativa. Sin embargo, a diferencia de los proyectos ferrocarrileros previos, la concesión de la Compañía de los Ferrocarriles Sudorientales recayó en dos personajes de la política nacional y no en manos de los grupos regionales. Uno, el juchiteco Rosendo Pineda, considerado por algunos historiadores como de segundo orden, pero también reconocido como “uno de los mejores animales políticos que se han dado en México”. Observador privilegiado de la esfera del poder, hombre público diestro, secretario particular de Manuel Romero Rubio, secretario de gobernación y suegro del general Díaz. El otro, el tabasqueño Joaquín Casasús, quien, junto con Pineda, por iniciativa del ministro de gobernación, agrupó en torno suyo a los alumnos de escuelas superiores y jóvenes profesionistas que llegaban a la capital del país. Así, se inició la identificación de un grupo que más tarde se conoció como “Los Científicos” por su cercanía con las ideas positivistas. No obstante, estos concesionarios acabaron cediendo los derechos de la Compañía a los empresarios yucatecos, no sin obtener a cambio un importante beneficio por las gestiones realizadas.
En este escenario ingresan figuras de relevancia en la península como Olegario Molina, que en ese contexto se perfilaba como el personaje que dirigiría las riendas políticas de Yucatán. Apoyado por José Ives Limantour, secretario de Hacienda y el grupo que encabezaba, como Justo Sierra y Joaquín Casasús, representaba los intereses políticos provenientes del centro.
En este contexto, no es fortuita la presencia de Manuel Sierra Méndez, por cierto no considerado como de primera fila entre los “científicos”, pues su papel real en Yucatán era el de ser agente y operador del régimen porfirista. Poseedor de una red social privilegiada, pues tuvo como hermanos a dos hombres que descollaron en el ámbito político, literario y periodístico de finales del siglo XIX: Justo y Santiago Sierra Méndez. Se trataba de un hombre de trato agradable, carácter franco y jovial, entusiasta en las empresas que emprendía y mecenas de varios artistas, pero sobre todo interesado en las empresas que se realizaban en la costa oriental de Yucatán.
Lo anterior se puede corroborar en una carta de 1896, donde su hermano Justo recomienda a su “ruidoso hermano Manuel” a Limantour, para que fuera tomado en cuenta en el negocio de cortes de madera que se sabía tratarían en breve el presidente Díaz, el secretario de Fomento, Manuel Fernández Leal y el propio Limantour, solicitud que resultó exitosa. Por muchas de sus acciones se trataba de un hombre que formaba parte del sector de “gestores de la política y los negocios”, y que tenía entre sus clientes a miembros de la elite yucateca como Olegario Molina, Avelino Montes y Rafael Peón, así como el general Bernardo Reyes y su hijo Rodolfo, entre muchos otros.
Como señala Raúl Casares en su libro, mucha tinta corrió entre los implicados en el proyecto, nutridas comunicaciones epistolares dan cuenta de los numerosos retos y dificultades que los actores yucatecos involucrados en La Compañía de los Ferrocarriles Sud Orientales tuvieron que sortear, llevando finalmente a truncar la ambiciosa historia de un ferrocarril que “nunca fue”, porque salta a la vista en el libro que presentamos, que en este desenlace obraron múltiples intereses de carácter político y económico, nacional y regional, en una coyuntura compleja; con un Porfirio Díaz envejecido y que en apariencia dejó entrever la posibilidad de abandonar la presidencia, desatando las dos fuerzas políticas que aspiraban a hacerse del poder: Bernardo Reyes y José Ives Limantour.
Lo anterior lo menciono porque el proyecto de los Ferrocarriles Sud Orientales no estuvo ajeno a los efectos desatados por la eventual contienda política por la presidencia, entrelazándose con la propuesta de la creación del territorio de Quintana Roo, que cobró relevancia en el año electoral yucateco en 1901, proceso que favoreció el triunfo a Olegario Molina.
El tren de la pacificación de la autoría de Raúl Casares es sin lugar a duda un acierto, pues saca a la luz un tema fundamental para la historiografía del Yucatán porfiriano, muy citado, pero escasamente estudiado.
Recomiendo ampliamente su lectura, pues en sus páginas los lectores encontrarán valiosa información sobre nuestra entidad y tendrán elementos que seguramente generará nuevas preguntas a viejas respuestas sobre nuestro pasado, como también para el presente y el futuro.
Felicito mucho a Raúl y espero a que a éste sigan otros trabajos, pues no sólo ya le agarró el gusto, sino que además lo hace muy bien y contribuye con ello a dar elementos distintos y hasta ahora “perdidos” en la continua construcción y reconstrucción de nuestro conocimiento y exploración del complejo rompecabezas yucateco.
Dra. Marisa Pérez de Sarmiento



