
Al mirar con suspiros una botella de ginebra en la estantería de un supermercado me vino el buen recuerdo de El Principal. ¡Qué bar era ese!, de lo mejor que ha habido. Botana tradicional sabrosa, fresca y abundante, siempre higiénico, meseros amables y eficientes, bebidas derechas y aire acondicionado en su planta alta, con apenas una leve variación de precio respecto a la planta baja de recios ventiladores. Nunca supe de algún escándalo, sino que era un lugar apropiado para la conversación por su ausencia de ruido.
Como era bar botanero nunca fui solo, sino siempre acompañado de escritores, pintores y gente de la prensa escrita y de la televisión. Aunque de tipo familiar, sólo recuerdo por excepción haber estado con alguna amiga. Es uno de los dos bares que asocio con Carlos Peniche Ponce (el otro es La Taberna), a quien le gustaba caminar por las calles aledañas, aplicando ojo, oído y olfato a los interiores domésticos que le traían añoranzas de la Mérida del pasado.
Por haber sido un bar tan tranquilo son pocos los momentos excepcionales que me vienen a la mente. Uno de ellos es el de un colado que se nos sentó a la mesa a Carlos y a mí y empezó a mencionar nombres y hechos que sólo él conocía. Me caía mal el tipo porque además de estar sorimbo, era pareja de una señora asidua a las actividades literarias y —aunque no me constaba— se decía que la agredía. Ninguno de nosotros dos mostró intención de convidarlo a tomar algo. Y como en los bares el tiempo se mide por bebidas, Carlos tuvo la paciencia exacta de una cerveza para proceder a alejarlo. Admiré su tacto y su caballerosa argumentación para pedirle que se retirara; yo, en cambio, hubiera sido más directo, sin reparos. Tan diplomático fue que le disparó una cheva, sugiriéndole que se la tomara en cualquier lugar menos en la mesa. El sujeto tuvo que pedir permiso en la barra, que era más bien de servicio, para tomarse la única del día en El Principal, y así pude seguir disfrutando de la amena conversación de Carlos, siempre llena de relatos y retratos de todo tipo.
Otro recuerdo es el de un amigo que llegó acompañado de su compadre desde Campeche. Al asomarse un dueto, apasionado de la música como era, gritó:
-¡Vengan aquí esas guitarras! ¡Esas guitarras aquí!
Mi amigo le pidió varias canciones a ese dueto conformado de un hombre mayor y de uno maduro, los elogió por sus interpretaciones, haciendo notar que la voz del de menor edad se parecía a la de Julio Jaramillo, y luego hizo una inusual propuesta: que les prestaran sus guitarras y que todas las canciones que tocaran con ellas serían pagadas como si el dueto las hubiera tocado. Aun más, podían pedir lo que quisieran beber a cuenta de nosotros. Y de ahí tuve la suerte de escuchar la alternancia de los dos yucatecos y los dos campechanos en un sinfín de canciones todas deleitosas de escuchar.
En una de las veces en que tocaban los visitantes, se acercó un trío recién llegado y con gestos y ademanes llenos de extrañeza uno de ellos les preguntó el porqué de la escena: el dueto consumiendo relajadamente bebidas y botana mientras escuchaba la interpretación de los clientes. La respuesta, en voz muy baja, fue:
-Y nos van a pagar todo lo que toquen…
Manteniendo su actitud de asombro, el trío se quedó unos minutos ahí, a ver si se les ofrecía la misma solicitud, pero no. No era necesario y se fueron de la planta alta envidiando a sus colegas.
Cuando luego de las numerosas canciones llegó el momento de terminar el improvisado recital, los dos trovadores, como buenos yucatecos, tuvieron la consideración de hacer una gruesa rebaja a la cuentota, pero como buenos campechanos, los dos compadres se negaron por completo a aceptar el descuento y pagaron todo lo prometido. Fue de las pocas veces que ese amigo pudo disfrutar de tocar y oír tocar buena música en las cantinas de Mérida.
Y tan diverso y sustancioso era el acervo de licores de El Principal que me deleitaba yo con la ginebra Tanqueray, a pesar de que procuro casarme en cada ocasión cantinera con un solo tipo de bebida, preferentemente de fermentados, evitando lo más posible el cambio de tercio de los amigos de Roldán o el salto mortal de Conrado.
Pero esa ginebra es tan deliciosa que siempre pedía una o dos copas, y alguna vez que hice notar que la botella parecía siempre contener la cantidad de líquido justamente donde yo la había dejado en mi visita anterior, el mesero me respondió:
-Amigo, el único que consume esta bebida eres tú.
Y en efecto, le fui dando baje solito vez a vez, pero no pude acabarla. Una institución religiosa de las más estrictas compró el predio por ser reacia a toda bebida excitante y no aceptar tener un bar como vecino (incluso si hubiera sido un café lo hubieran también cerrado). Aun con la tolerancia que debemos a esa institución, no dejamos de lamentar que se nos haya privado de uno de los mejores bares que hayamos tenido en Mérida. Cuando menos, sigue viva La Ruina, su siempre recomendable bar hermano.



