Cultura

El poema de mi padre

Este once de enero se cumplieron 120 años del natalicio de Miguel Ángel Menéndez Reyes (1904) izamaleño, que salió de su tierra como tantos otros, a conquistar el mundo cuando tenía solo 19 años. Tuvo éxito en su recorrido vital. Entre las cimas que supo alcanzar estuvieron la de la representación de su estado natal ante el Congreso de la Unión. Fue diputado federal en la segunda legislatura del gobierno del general Lázaro Cárdenas. También logró representar a su país como embajador plenipotenciario en la América Latina, embajador de México en La República Popular de China y más tarde en Colombia. Obsequió a la nación con la idea de los Libros de Texto Gratuitos durante el sexenio de Adolfo López Mateos cuando el secretario de Educación Pública era Jaime Torres Bodet, siendo el primer secretario general de la Comisión encargada de poner en marcha el programa que aún es pieza medular de la educación nacional. Pero tal vez la cima más alta a la que logró ascender fue la del Premio Nacional de Literatura en 1940, por su novela Nayar, que relata la historia de la etnia cora en el hoy territorio nayarita. Otros éxitos, tal el laureado libro sobre Malintzin, figuraron en su carrera literaria. Pero tuvo también producción poética que le valió reconocimiento y aprecio en el ámbito cultural. Para recordarlo en su aniversario, presento los versos de su “Poema a mi Padre” . Yo, su hijo, Rodolfo Menéndez y Menéndez.

I. La Tierra
Tierra caliza, dura, en la que el agua,
para volver al mar, rompe su brecha
en lo profundo de la roca viva.
Cantera, pedregal del mundo,
cima de Atlántida: tus pájaros volando
mueren como de rayo por la sed.
Roca plana, sin cumbre, sin abismos,
que ni siquiera cicatriz de río.
Cada flor significa un heroísmo.
Tierra en la que no hay árboles gigantes
ni oasis perfumados, en que para
vivir se necesita ser muy hombre.
En que se come el corazón del hambre;
donde el que tiene sed araña rocas
y ya loco de sed bebe su sangre.
Roca mi cuna; roca su mortaja;
sabana seca, inhóspita, bravía,
en la que el pozo es el rey de la baraja.
Cuna de roca y ataúd de laja.
Mi páramo nativo sólo ansía
la fresca bendición de una tinaja.
Mi pueblo se alborota con la lluvia:
estremece sus pávidas espinas
con el galope del caballo de oros.
Sobre la pampa calcinada, yerta,
entre púas, parece -¡vida en puerta!-
que se salva el maizal.
Tierra de abnegación, pequeña y grande,
donde se quema el alma a fuego lento;
tierra del padre mío: Yucatán.

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II. El Cielo.
Ese azul del azul de sus ojos
que dispuso la fiesta del iris
en mi clara niñez de bandido!…
Cielo de azul encendido,
– todo el cielo era de sol -.
Sol que llenó de luceros
la troje del corazón.
Corazón de bandolero
en aventuras de amor.
Amor mío: los luceros
me queman el corazón.
¡Ese azul del azul de sus ojos,
que dispuso la fiesta del iris
en mi clara niñez de bandido!…

III. El Flamboyán.
Un personaje y un milagro: llama
que se tupe de nidos y que canta:
eso es un flamboyán.
Árbol de hoguera; sin embargo sombra;
raíz que baja al corazón del mundo
para buscar la sangre del Mayab.
Ramazón de machetes y de auroras
teñidos con la sangre de los indios
que quieren libertad.

IV. Él
Padre, cazador de milanos:
¡cómo perseguían tus ojos azules
el rumbo de los pájaros al viento!
Tenías el instinto
de estudiar la mecánica del vuelo
y de hallar los orígenes del canto.
Padre y maestro, domador de potros,
ignorante de Hugo y de Verlaine
hiciste tu poema de nosotros.
Poema el de los ojos de mi madre,
de aquella linda madre que yo tuve,
terca en la gloria y el dolor del hijo.
Me llevabas, maestro pajarero,
a espiar en los árboles tus trampas.
En tu pecho latía el bosque entero.
Todo el pueblo era una pajarera
por ti. El campo estaba en casa.
Lo traías entre tus manos anchas.
Eras, para mi orgullo de muchacho
con el alma en los puños y en los labios,
dios generoso, sensitivo y macho.

V. Nosotros
Padre: ¿cómo es el pavo real?
– Es una cola hinchada de luceros:
– Mira que arrugado esta el mar.
– Padre: ¿y quién es Napoleón?
– Un hombrecito, así, pequeño
y grande cómo la humanidad.
Canicas, ojos bonitos,
primeros ojos que quise…
– ¿Por qué es rojo el cardenal?
– Un jilguero copetón
anidó en el flamboyán
y se quemó el corazón.
Tragaba alpiste de tu mano. Era,
sobre tu piel, un corazón de plumas
aprendiendo a cantar.
– Soñé con un papalote.
– Cuida tu sueño, hijo mío,
no vaya a romperse el hilo.
– ¡Todo lo que vuela es bueno?
– Hay dos ratones con alas:
el murciélago y el cura.

VI. Yo
Querías que fuera como tú: alma,
cuerpo de campo, árbol de ancha sombra…
¡Si la vida no quiso darnos agua!…
¡Ah!… ¡Si la tonta vida hubiera dado
para mi padre un poco más de tiempo,
yo no hubiera corrido descalzo
mi pequeño pregón por el pueblo,
ni me hubiera mordido en el alma
este perro dolor de los versos!…
Y no es que me arrepienta
del dolor prematuro.
Es que duele jugar con recuerdos.
¿Qué puede dar un huérfano
del que quiso las alas y los cantos
de los pájaros?
Si de repente siento
brotar del corazón alas y canto:
el dolor y la música del verso.
Padre:
Esta vida -la yegua que monto- se alebresta y me tira y la monto.
Pajarea, se me alza de manos, hunde, arisca, la testa potente y echa el signo brutal del corcovo.
Al notarla tremar de coraje, porque siente que hay charro en su lomo, la desangran mi espuela y mi cuarta.
Tras la doma triunfal que consigo, le compongo la crin del copete y le doy palmaditas al anca.
Y me voy en la vida -la yegua que tu me dejaste sin freno- la yegua que monto.
Padre:
De los chinchimbacales de tus trampas sale esta voz ungida de fervores: yo soy un sueño tuyo que te canta.

2 comentarios

  1. Bellísimo poema de Miguel Ángel Menéndez, retrato fiel del amor a su padre, a su madre y a su tierra , el Izamal de su niñez y el Yucatán de su vida.
    ¡Bravo !

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