Cultura

El humilde oficio de vender paletas

Mi abuelo Manuel Tejada Salazar dedicó gran parte de su vida a la elaboración y venta de bolis y paletas que, por el clima caluroso de nuestra entidad, fue un producto de amplio consumo local. La fábrica de paletas tenía el nombre del último emperador azteca “Cuauhtémoc”, y se encontraba ubicada en un primer momento sobre la calle 54 núm. 546, exactamente frente al Mercado Lucas de Gálvez.

Años después, se trasladaría unas cuadras más adelante, sobre la misma calle 54, estableciéndose entre el edificio que ocupó la Gran Logia Simbólica Independiente Mexicana del Sureste y la Estación de Bomberos número 1.

rel="nofollow"

En la relación de comestibles, bebidas y similares registrados en la Secretaría de Salubridad y Asistencia, publicado el lunes 9 de noviembre de 1964 en el Diario Oficial, aparece el nombre del producto “Cuauhtémoc Boli, producto congelado sabores: fresa, uva, naranja, piña y manzana” registrado por el “Señor Manuel Tejada Salazar”, en Mérida, Yucatán.

Nunca conocí a mi abuelo más que por los relatos familiares y sus fotos. Era flaco, de piel morena, de cabeza pequeña calva y con los ojos rasgados. Es probable que por esa característica lo hayan llamado “El Chino Tejada”, como ahora a uno de mis tíos, por cierto, también de nombre Manuel. Además, usaba un sombrero, quizá de palma, y eso sí, fumaba mucho.

Cuando fui niño mi padre, de nombre Francisco Javier, administraba “la fábrica de paletas”, que así le llamaban. Algunas tardes quizá de fin de semana, después de su almuerzo y consecuente siesta, lo acompañaba al cierre de la fábrica. Ahí él recibía a los vendedores de paleta, o paleteros, como popularmente se les conoce, para liquidar la venta del día.

Yo aprovechaba jugar con los carritos de paletas o subirme a uno de los triciclos donde también transportaban carritos para la venta. Eran realmente tan pesados, que cuando quería dar vuelta, el peso me ganaba volcándome con todo y triciclo. Los paleteros eran muy atentos y rápido se apuraban a sacarme del embrollo y ver si no me había lastimado. Pese a los raspones, dolía más el posterior regaño de mi papá.

Me gustaba ir a la fábrica. La nevera para hacer paletas parecía una gran tina de agua muy fría donde flotaban los moldes metálicos para las paletas. Chucho, un paletero de Tecoh, se encargaba de esa labor, siempre al pendiente para saber en qué momento introducir el palillo de madera. En la parte de atrás, estaba Beto, quien, pese a una leve discapacidad mental, era muy dedicado y atento para hacer los bolis, o rayar el coco para las paletas cubiertas de chocolate, o esquimos, como se les conocía.

Los paleteros retornaban luego de un extenuante día bajo el sol y kilómetros de caminata por la ciudad. En días festivos regresaban con los carritos vacíos, y con las bolsas del pantalón tintineando de tantas monedas. Recuerdo sus pieles curtidas por el sol, grasientas por el sudor, pero con una sonrisa por la fructífera jornada. También los vi desanimados en época de frío, e incluso discutiendo con papá porque a veces llegaban con algunas cervezas de más encima.

No sólo recuerdo que los paleteros eran amables, sino también generosos. Un paletero, conocido como Santana, cada Janal Pixán invitaba a mis padres a su domicilio donde se cocinaban mucbipollos para su numerosa familia. Recuerdo la humareda en el extenso patio, los pibes estibados en largas tablas, y un barullo de pláticas infinitas. No sólo nos invitaban a almorzar con ellos, sino que al retirarnos nos daban pibes para llevar.

Las crisis económicas, la llegada de trasnacionales dedicadas a la venta del mismo producto, la aparición de cadenas de supermercados, fue haciendo crítica la vida de la fábrica de paletas, que en algún momento derivó en su cierre definitivo.

En la actualidad son muy pocas las paleterías que sobreviven en la elaboración tradicional de las paletas y los bolis. Algunos paleteros todavía caminan infatigables nuestras calles en medio del tráfico y el calor. Hay uno, un adulto mayor, que varias veces recorre bajo el sol el tramo desde la comisaría de Dzityá hacia el periférico de Francisco de Montejo.

Resulta preocupante que un exalcalde meridano haya utilizado la venta de paletas como referencia despectiva. Tal vez no fue su intención, pero expresiones así terminan por normalizar jerarquías innecesarias. Como si algunos oficios fueran más o menos importantes que otros.

Lo mismo sucede con expresiones desafortunadamente coloquiales como “comer como albañiles”, o “llevar el pelo como camionero”. En los procesos de comunicación todo depende del contexto, porque el lenguaje y sus expresiones son vastos. Pero dicha expresión, cuando proviene de un político, de alguien que ya fue varias veces alcalde de la ciudad y por tanto servidor público, también revela la forma en que se mira a la gente. ¿Qué debemos, entonces, interpretar?

Estar del lado de la gente, es también estar del lado de quienes desempeñan un oficio digno como vender paletas, conducir un autobús, construir una vivienda, bolear los zapatos, barrer las calles, recolectar la basura, etcétera.

¿O de qué gente estarán hablando los políticos de Acción Nacional?

Manuel Tejada Loría

Escritor, Gestor cultural, Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Premio Internacional de Poesía Mérida (2016) con el poemario "Inmóvil en el viento", y Premio Estatal de Poesía "José Díaz Bolio (2015). Autor del libro "Inmóvil en el viento" (Ayuntamiento de Mérida, 2018). Coautor del libro "El éter de las esferas (Ayuntamiento de Mérida, 2006).

Deja un comentario

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo