(Continuación)

Los conjurados se reunieron en el entrenamiento de su equipo, y al terminar el entrenamiento del equipo se dirigieron a los vestidores para ducharse. Poco a poco, los jugadores fueron terminando y saliendo del vestidor; al final, sólo quedaron cuatro, precisamente los conjurados del Camaleón Vigilante, Pepillo Laucirica, Licho Manterola, el Venado Pizzarro y el Iguano Armenta. Los conjurados se habían rezagado con toda intención, para quedar a solas en el vestidor, terminaron, salieron y se dirigieron al centro del campo de futbol, donde se sentaron a platicar sin testigos, ya que a esta hora, todo mundo se había dirigido al comedor, pues la cena daría inicio muy pronto. Manterola inicio la plática: – Algo sucio está planeando el prior, pues cómo ustedes saben, él tiene a sus allegados, y los he observado platicar con él en sitios apartados. Quién sabe que estarán planeando estos mentecatos. – ¿Quiénes están entre esos allegados? – preguntó Laucirica. – Felipe Oropeza, la Tachuela Valencia, el cínico del Oso Marcín y el Polo Machuca – respondió Armenta. – ¡Mira nada más, qué bonita colección de distinguidos gañanes! ¡Pura alhajita! – dijo Pizarro. – ¿Quién tiene amistad con alguno o algunos de ellos? – preguntó Laucirica. – Yo he jugado antes en un equipo con el Oso Marcín – dijo Armenta. – Pues mañana, le vas a buscar plática, a ver que le sacas – dijo Laucirica. Los conjurados se levantaron y se fueron corriendo al comedor para alcanzar la cena.
A media mañana, los chicos salieron al descanso después de la abrumadora clase de Física, del temido ingeniero Hugo González Archundia, maestro feroz por estricto, pero de una elevada calidad académica. Todo mundo se dirigió a la cafetería para tomar algo durante el descanso. Armenta, con todo cálculo, se puso cerca del Oso Marcín, y se dio cuenta de algo inesperado que sucedía. Marcín, había pedido una torta y un refresco, pero al ir a pagar, no encontraba su cartera. – No te preocupes Oso, yo pago – dijo Armenta – para cuándo somos los cuates. – Oye Armenta, muchas gracias – dijo Marcín. Y ya juntos se dirigieron a la terraza y se sentaron juntos a comer. – ¡Qué bochorno! – Dijo Marcín – Nada de eso – dijo Armenta – a cualquiera la pasa esto, ni te preocupes – y llevó la plática por otro rumbo. – ¡Ay, yo tengo terror al examen de Física! El ingeniero González me da pánico, y temo llevarme la materia a suficiencia, y mi papá me va a matar. Marcín escuchó, y en tono de confidencia dijo: – Física no tiene por qué ser motivo de terror. Tú ya me demostrase que eres cuate, y yo puedo aliviar tu pendiente. Déjame checar unas cosas y yo te busco para decirte. Le tendió la mano, le dio un apretón, se levantó y se fue. ¡Aquí hay algo! – se dijo Armenta. El corazón le latía con fuerza, se levantó también, se acercó a la barra de la cafetería, acomodó estratégicamente la cartera de Marcín, y salió para buscar a los conjurados.
En el último rincón de los pasillos del edificio de los salones de clase, los cuatro chicos y el buen padre Bernal platicaban en voz baja; aunque en ese momento, casi el inicio del almuerzo, el edificio estaba vacío, la precaución nunca estaba de más. Manterola contó lo sucedido en el descanso, en la cafetería y la velada insinuación de Marcín. – Estábamos en lo cierto, algo se traen esos cabrones – les dijo a los demás – Perdón, padre, se me fue – se disculpó. – Nada hijo, nada – replicó Bernal. – Creo que todo tiene que ver con los próximos exámenes, pues el cínico de Marcín me dijo que no me preocupara de llevarme Física a suficiencia. – ¡Mmmm, tiene lógica! – Exclamó el padre Bernal – hay gente que daría mucho por tener un examen en sus manos antes de la aplicación de la prueba, así que toda nuestra atención se debe centrar en el centro de impresiones. ¡Ahí está el objetivo! – Tú, Manterola, busca a Marcín a ver que más le sacas – ordenó Laucirica – y todos nos ponemos muy abusados con lo que pase en el centro de impresiones; así que a vigilarlo día y noche. Y salieron volando de ahí.
Manterola buscó a Marcín hasta que dio con él, se sentaron en una banca de los amplios jardines del colegio y le dijo: – Bueno Oso, ¿qué hay de lo que me dijiste para no llevarme Física a suficiencia? ¿Qué tengo que hacer, dime? Marcín miró hacia todas direcciones y dijo: – Mira, tú ya me mostraste que eres cuate, te tengo confianza, así que escucha: yo te puedo dar un examen de Física para que estudies la prueba antes de su aplicación, y listo, apruebas sin problema; claro, tú te apuntas con una feria y listo. ¿Nos entendemos? – dijo Marcín. – ¡Ya vas! – respondió Manterola. Y salió corriendo para buscar a los otros. Llegó jadeando a la prefectura, dónde los demás estaban reunidos con el buen padre Bernal. – ¡Ya boqueó! – gritó al entrar, y relató rápidamente lo hablado con Marcín. – ¡Estábamos en lo cierto! – exclamó Pizarro. Todos estuvieron de acuerdo en que el punto de acción del prior y sus allegados estaba sobre el centro de impresiones, en dónde muy pronto se tirarían en los mimeógrafos electrónicos todas las pruebas de los exámenes finales. Vender copias de las pruebas resultaría un negocio muy productivo entre los estudiantes muy pudientes, pero muy poco dedicados al estudio. – Estos pillos van a actuar cualquier noche de la semana, pues ya se va a iniciar la impresión de pruebas – señaló el padre Bernal. Y se acordó montar vigilancia sobre el edificio de las máquinas copiadoras. – Qué coincidencia – dijo Laucirica – nosotros también entramos ahí indebidamente, pero con fines tan diferentes.
Una noche si y otra también, los conjurados montaron guardia cerca del centro de impresiones, muy bien ocultos entre los matorrales de los jardines del colegio; por su parte, el buen padre Bernal, fingía leer en una banca, bajo un farol, muy cerca de la oficina del padre rector, pues sabía muy bien que el Doctor Soler siempre trabajaba hasta muy tarde en ese lugar. La noche del martes, ya tarde, los conjurados estaban ya, a punto de retirarse, cuando de pronto, en la obscuridad del jardín, vieron una figura que se movía con sigilo, luego otra, otra y otra más. En un susurro, Laucirica exclamo: – Recórcholis, qué tal si nos hubiéramos ido, y esta era la noche – y agregó – Compañeros, hoy se verán coronados nuestros esfuerzos – e hizo señal a todos para que se ocultaran mejor entre los arbustos. Cuando las figuras se acercaron al edificio, la luz permitió ver con claridad quienes eran. – Son ellos – dijo quedamente Manterola. Y ya con toda claridad vieron que eran Felipe Oropeza, la Tachuela Valencia, el Oso Marcín y Polo Machuca; los cuatro se acercaron hasta quedar bajo una ventana. Oropeza, era musculoso y alto, así que, Valencia se dispuso a subir sobre sus hombros para alcanzar la ventana. A Valencia le apodaban la Tachuela por su pequeño tamaño, y era el idóneo para entrar por la ventana, y ya, desde adentro, abrir para que entren sus compañeros. Previamente, el padre Riquelme ya les había indicado a sus allegados dónde encontrarían un juego de pruebas, que tomarían para sacar las copias necesarias para venderlas a los interesados, en un buen precio.
La Tachuela Valencia, colocó un gran desarmador en su cinturón y se dispuso a impulsarse, retrocedió y con gran agilidad saltó a la espalda de Oropeza y subió a sus hombros, el cual, se irguió todo lo que su altura le permitía, a fin de que Valencia alcanzara la ventana cómodamente. Bien asentado en los hombros del compañero, Valencia sacó el desarmador y se dispuso a forzar el pasador de la ventana para abrirla, lo cual hizo con relativa facilidad. La ventana se abrió, su espacio era bastante estrecho, solamente Valencia podría pasar por ese espacio. Abiertas las hojas de la ventana, Valencia se impulsó en los hombros de Oropeza y se introdujo por la boca de la estrecha ventana. De pronto, Valencia sintió que, su cuerpo había pasado hasta la cintura, pero no podía avanzar más. Desde abajo, sus compañeros con desesperación, veían cómo las piernas de la Tachuela Valencia se agitaban en el aire, en las alturas sin conseguir trasponer la ventana y acceder al interior del edificio. – ¡En la madre! Este cabrón ya se atoró – dijo Polo Machuca con angustia. Desde su escondite, los conjurados del Camaleón, también veían con angustia cómo se agitaban en el aire las piernas de Valencia. Pizarro, llevándose las manos a la boca, exclamó – ¡Este asunto ya se complicó!
CONTINUARÁ



