Opiniones

Diez años sin El Pana

Morante de la Puebla y Rodolfo Rodríguez “El Pana”.

El 1 de mayo de 2016, en la Plaza de Toros de Lerdo, Durango, un toro levantó y lanzó al aire el cuerpo de Rodolfo Rodríguez, popularmente conocido como “El Pana”, casi un mes después, pasados muchos días de inconciencia, la muerte marcó el fin de una leyenda taurina. El Pana, no fue un torero de una carrera brillante, no fue un torero joven y arrollador, no fue un ídolo de las multitudes; pero fue un torero con una verdad absoluta, con una integridad a prueba de fuego, con un amor a la fiesta de esos que no se da en rama. Vivió y murió en absoluta congruencia consigo mismo, y eso es un valor humano que pocas veces se encuentra y menos se prodiga a raudales.

El Pana, tuvo una errática carrera de destellos, triunfos ocasionales, tardes de terribles fracasos, y mucho desprecio por parte de los empresarios. Se ganó un sitio en la baraja mexicana y mundial, a base de muchos esfuerzos, mucha entrega, y mucho riesgo. Su inclusión en los carteles fue una lucha permanente y no exenta de recursos extremos, como huelgas de hambre, plantones en las puertas de las plazas de toros, y un ánimo inquebrantable siempre. Su personalidad y su figura encajaban con todo, menos con el de una estrella de los ruedos. Pero era un torero con una fe y una entrega sin comparación alguna.

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Él mismo definía de una manera despectiva el oficio de torero: – “Para ser torero, hay que ser un cabrón y un hijo de puta”, decía el Pana con gran desparpajo. Pero vestido de luces, con el percal y con la franela, este lenguaje procaz cambiaba por el del arte sublime de danzar con la muerte en cada pase. Si algo caracterizó al Pana, fue su franqueza absoluta. En la tarde de su supuesta despedida en la Plaza México, hizo un brindis histórico e insolente. Dijo: – “Quiero brindar este toro a todas las gaifas, meretrices, suripantas, prostitutas, buñis, putas, todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed”. En este brindis, el Pana se pintó de cuerpo entero, como nunca en la vida.

En mi ya larga carrera como Juez de Plaza, dos veces se cruzaron nuestros caminos. Primero en 2005, en la Isla de Cozumel, a donde fui invitado como autoridad a la Plaza de Toros de la Feria del Cedral. En esa tarde, el Pana alternó con el rejoneador Gastón Santos hijo, y el diestro mexicano Rafael Ortega; con toros de Fernando de la Mora. Esa tarde, el Pana sufrió una de las veinte graves cornadas de su vida. Citó al burel a larga distancia para hacer el péndulo, y el toro lo enganchó y lanzó al aire. Al levantarse el Pana, una copiosa hemorragia manchó la seda de su traje de luces. Como una cascada, la sangre brotaba de la ingle. Pensé lo peor: Ya le partió la femoral.

Terminada la corrida, acudí al Hospital General de Cozumel, a enterarme del estado del Pana. La cornada le había perforado la vena safena. Su gravedad hizo que fuera trasladado a la Ciudad de México en un helicóptero. Salvó la vida por los avances de la ciencia médica y lo oportuno de la atención.

Nuestro segundo encuentro fue naturalmente en la ciudad de Motul, en la Plaza Monumental Avilés. En una corrida que se efectuó al segundo intento, pues el domingo que estaba originalmente programada, cayó un copioso aguacero que no permitió dar el festejo, que se reprogramó para el domingo siguiente. En este festejo alternó con Curro Leal y el joven Víctor Mora, con toros de la ganadería de “Barralba”. Entró a la plaza en coche calesa, acompañado de guapas manolas, y fumando su inseparable habano. Corrida que pasó sin pena ni gloria.

Rodolfo Rodríguez, El Pana, nació en Apizaco, Tlaxcala, tierra de toros bravos; nada más natural que fuera torero. Como matador se forjó en duras tardes en la Plaza México, lugar que le abrió las puertas merced a huelgas de hambre, saltos al ruedo como espontáneo o con carteles pidiendo una oportunidad. Se ganó un lugar en la baraja mexicana a base terquedad y esfuerzo. Nunca llegó a ser una gran figura de la baraja taurina mexicana.

El Pana provenía de una familia de clase popular. En su adolescencia aprendió el oficio de panadero, oficio que definiría el sobre nombre con que le conocimos y le recordamos: El Pana.

Rodolfo, en más de una ocasión externó su deseo de encontrar la muerte en el enfrentamiento con un toro, y el destino le cumplió su deseo. Ese 1 de mayo, Rodolfo tenía una cita con el destino. No murió de una cornada, sino de la tetraplegia que le ocasionó la voltereta que el astado le infringió. Permaneció inconsciente durante treinta y dos días, y finalmente, el 2 de junio de 2016, la parca inexorable cortó el hilo de la existencia de este honesto torero.

Estamos a diez años de la partida sin retorno de un torero valiente: Rodolfo Rodríguez, El Pana.

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