
La historia más objetiva es la que se vive mientras los hechos transcurren. En ese contexto, me he preguntado: ¿fue suerte, oportunidad o un interés personal por conocer, de primera mano, todos los concursos de danza que se han realizado y se realizan en Mérida? Así es. Desde el primer certamen, llamado Umbral Danza Contemporánea, fui convocado a integrarme al equipo organizativo del primer concurso de danza en esa modalidad.
El Concurso Umbral-CIAD fue fundado en 1989 por Patricia Aulestia de Alba y Cristóbal Ocaña, quienes adquirieron en Argentina una especie de membresía de ese evento, cuyo concepto original fue ideado por Rodolfo Solmoirago, bailarín, coreógrafo, maestro y promotor cultural argentino, ampliamente conocido en circuitos latinoamericanos por su labor como organizador de congresos y certámenes. Su nombre está ligado a la CIAD (Confederación Interamericana) y a las redes de festivales competitivos en América Latina.
De hecho, él estuvo en Mérida para certificar la consolidación de los primeros eventos. Yo fui convocado a esa organización, junto a otras maestras renombradas en la ciudad.
También fue un tenaz promotor y organizador del evento el pintor May Tilán. Sin embargo, poco a poco las figuras clave del concurso CIAD-Umbral fueron desapareciendo: primero Rodolfo, luego Patricia, hasta que todo quedó en manos de Cristóbal Ocaña, quien ahora lo renombró como Certamen Umbral América Danza, vinculado a la Compañía Umbral Danza Contemporánea A.C., una agrupación que nunca existió, pero que se utiliza para obtener apoyos económicos, bajo la dirección de Ocaña Dorantes.
Umbral es un concurso abierto a diversas disciplinas: danza contemporánea, ballet, jazz, folclore, bellydance, danza urbana, e incluye categorías infantiles, juveniles, adultos y personas mayores, así como participantes con discapacidad y comunidades. Para darle mayor relevancia, se impartían conferencias, mesas de trabajo y algunas clases de distintas disciplinas. Yo mismo fui invitado a dar una conferencia en una de las salas del Teatro Mérida (así se llamaba entonces), pero, para mi sorpresa, tuve que pagar por dar a conocer mis conocimientos.
Según me contó la maestra Socorro Bastida, exbailarina del Ballet Clásico de México, el jurado invitado se costeaba parte de sus gastos durante el certamen. Ocaña, como promotor, solicitaba apoyo a la institución cultural de Yucatán, gestionando el uso del Teatro Mérida en horarios extendidos, sin pagar por las instalaciones.
Con el tiempo, otras personas en Mérida, al percatarse del gran negocio que representaba un certamen así, comenzaron a replicar este modelo. Hoy, se organizan actividades a lo largo del año: ofrecen trofeos, medallas, reconocimientos, e incluso becas en distintos lugares, afirmando que son entornos profesionales, cuando en realidad se tratan de escuelas particulares con un nivel técnico, especialmente en ballet. En esas becas, el becario debe costearse pasajes, hospedaje y alimentación.
Ciudades como Córdoba, Veracruz, Córdoba, Veracruz; Mazatlán, Ciudad México y Cancún, se han sumado al negocio del concurso de danza. Todos siguiendo la modalidad establecida por desde tiempos de la CIAD.
Sin embargo, algunos certámenes han marcado una diferencia notable: ahora a los jurados se les pagan honorarios profesionales por su labor, tras largas horas de observación y calificación de cientos de participantes de todas las edades y estilos.
Nuevo modelo
Gabriela Martínez de la Portilla se graduó en ballet en Bellas Artes de Yucatán. Años más tarde, se convirtió en una empresaria talentosa, consolidando una cadena de tiendas llamada Ballet Boutique. Cuando decidió involucrarse en el negocio de los concursos y festivales de danza, lo hizo con una visión distinta. Lo más sobresaliente, a mi juicio, es la calidad del jurado que invita a emitir su veredicto. En la edición celebrada en mayo pasado, convocó a dieciocho figuras de la danza, con trayectorias diversas. Entre ellos destacaron nombres de gran prestigio: José Manuel Carreño (exbailarín del BNC), Paloma Herrera (exbailarina del ABT de Nueva York), Cuauhtémoc Nájera (exdirector de la CND de México), Tania Vergara, Terry Edward, Angélica Kleen (decana de los concursos nacionales) y Yosvany Ramos (director del Ballet de Monterrey). Con semejante nivel de profesionales, cualquier comparación con otros concursos queda sin peso. Todos ellos implican una inversión considerable: pasajes internacionales, honorarios acordes a su prestigio, además de alimentación, traslados y hospedaje. El Festival Internacional de Danza Yucatán (FIDY) ofrece apoyos reales a quienes muestran un gran talento en la danza.
En contraste, veamos el procedimiento de Umbral. Dicen que otorgan becas nacionales e internacionales. Es cierto, pero resulta irónico: cuando te informan que has ganado una beca, es el becario quien debe costearse pasajes, hospedaje y alimentación en el lugar del curso intensivo. Dicho curso no se imparte en una institución profesional, sino en academias particulares vinculadas al organizador. ¿Qué es una beca? En mi experiencia, cuando fui estudiante de ballet, lo hice becado por el INBA, recibiendo hospedaje, despensa semanal y un apoyo económico para traslados. Eso sí era una beca. Lo otro, simplemente, no lo es.
En suma, mientras en otros eventos se diluye en promesas vacías, el Festival Internacional de Danza Yucatán (FIDY) marca un nuevo rumbo, apostando por la seriedad, el prestigio y un apoyo real al talento.



