
Sufrí el robo de una laptop con centenares de archivos en 2021, pero algunos años después me encontré con un disco compacto que tenía trazado a pluma la palabra “Respaldo” en el sobre de papel. Así cuando menos pude recuperar los archivos más antiguos, los de mis inicios en la práctica digital, provenientes de una vieja computadora de escritorio.
Al ir revisando lo recuperado me saltó a la vista un archivo que con minúsculas decía “cintia”. Era una presentación en dos formatos acerca de la historia del arte desde la Prehistoria hasta fines del siglo XX y acompañados de piezas musicales representativas de cada período, todo lo cual se había elaborado como una tarea de nivel universitario.
Su autora era Cintia Estrada Miyar, estudiante de Arquitectura, quien al saber que yo impartía cursos de historia del arte me lo compartió muy amablemente a través de Lorely Miranda y me fue de utilidad, ya fuese completo o empleando algunas de las diapositivas según lo requiriese algún tema.
Ella fue una joven de carácter muy noble y a quien siempre vi alegre, dispuesta a saludar con afecto y a conversar. Nunca una mala palabra ni una mala actitud. Durante algunos años la veía por la estrecha amistad de Lorely con su mamá, la maestra en Antropología Social María Teresa Miyar Bolio, y después de manera muy ocasional en la Facultad de Arquitectura de la UADY, de donde habría de graduarse para luego ejercer labores tanto en su profesión como de apoyo educativo. Las últimas veces que la vi fueron un par de encuentros casuales en calles del centro meridano.
Cintia nació en La Habana al igual que su mamá, que a su vez era hija de una distinguida dama yucateca, doña María Teresa Bolio, quien habitó en la casona que luego habría de ser el Hotel Panamericana y casó con un funcionario cubano, padre de sus hijos e hija.

A una edad prematura, en mayo de 2021, le fue detectado a Cintia un cáncer en los ovarios y tuvo que afrontar la desgastante batalla de los tratamientos para combatirlo. A pesar del inevitable sufrimiento tuvo la entereza y la voluntad solidaria de crear un proyecto de pódcasts con su experiencia con el cáncer y videos con entrevistas a supervivientes de ese mal, en todos los casos con un enfoque orientador y motivador, de amor a la vida. Fueron producciones semanales con el título “C/A+Positivo”, disponibles en internet y en varias redes sociales.
En esas grabaciones siempre se mostró cordial y positiva, expresándose con claridad, aportando en el diálogo una enorme carga de apoyo emocional. Se aferraba a la vida y lo transmitía a quienes podían estar padeciendo problemas similares sin contar con la ayuda solidaria para afrontar el cáncer.
Logró revertir su mal temporalmente, pero este regresó sin piedad y a una edad de 37 años la amable arquitecta batalladora dejó este mundo. Me enteré de su deceso días después a través de Rita Castro, a quien también le pesó mucho esta pérdida.
Comparto el pesar de su madre Tere Miyar y de Lorely Miranda, quien le tenía a Cintia un profundo afecto como de tía joven o hermana mayor. Dice un lugar común que los buenos son los que mueren, y Cintia encaja perfectamente en esa frase. En lo particular seguiré guardando como un tesoro aquella carpeta digital con su bien logrado trabajo estudiantil y seguiremos escuchando sus grabaciones, con su mensaje vital y vigente, de auténtica solidaridad humana.



