Opiniones

Ciento diez años del Centro Estatal de Bellas Artes

El maestro Tomás Cortés recibió la Medalla “Bellas Artes” de manos del gobernador Mtro. Joaquin Díaz Mena.

El Centro Estatal de Bellas Artes ha cumplido ciento diez años de frutífera existencia.

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Y por tan significativo aniversario, su dirección llevó a cabo una serie de actos de profunda significación. Se organizó en la gran explanada de sus jardines, un lucidísimo festival artístico que incluyó a la Orquesta Sinfónica de Alumnos, y a una gran y variada cantidad de cuerpos de baile, de los más diversos géneros.

Una muy destacada labor de los maestros Graciela Torres y David Lizarraga. En los corredores de su edificio principal, el gobernador, Mtro. Joaquín Díaz Mena, develó una significativa placa conmemorativa que deja testimonio de tan valiosa y larga labor por el arte y la cultura.

En el marco del festival tuvo lugar la entrega de la Medalla “Bellas Artes 2026”, al gran maestro de danza Tomás Cortés, justo reconocimiento a toda una vida entregada a la enseñanza del arte.Pero esto no quedó así.

El siguiente sábado, la dirección de la institución, llevó a cabo una elegante cena – baile, en un salón privado, esta actividad tuvo un doble propósito; una cercana y cordial convivencia de toda la comunidad del Centro Estatal de Bellas Artes, y cumplir con un compromiso laboral de primer orden.

La dirección del plantel entregó sus nombramientos de base laboral a setenta y seis empleados, que llevaban largos años trabajando sin seguridad social, sosteniéndose a base de renovaciones de contratos y más contratos; y ahora, cuentan ya con el reconocimiento legal y su seguridad laboral.

¡Un acto de elemental justicia!Estos actos, ambos, han sido reseñados ampliamente por otros compañeros periodistas, así que pasaré a hacer mi personal homenaje al Centro Estatal de Bellas Artes.

Tuve el privilegio de cursar mis estudios de música en el entonces Instituto Estatal de Bellas Artes, que en aquel tiempo se ubicaba en el vetusto y centenario edificio de la calle 59.

En esas luminosas tardes de adolescencia y arte, nos recibía con mirada arrogante la colosal estatua de un dios Mercurio, que, en su clásica desnudez, imponía a todos un respeto especial. Afortunadamente, Mercurio sigue firme en el frontispicio del edificio, que ahora alberga una dependencia del gobierno del estado.

La centenaria casona era muy grande, a pesar de lo cual era un reto albergar en sus salones y corredores a todas las escuelas que integraban el instituto; pero el cometido se cumplía y traía un resultado circunstancialmente positivo: Se vivía una integración estrecha entre todos los estudiantes de las diferentes escuelas, todos nos conocíamos, todos nos identificábamos, todos éramos orgullosamente alumnos de Bellas Artes.

Todos sentíamos una profunda admiración por nuestro director general del instituto. Me tocó estar bajo la gestión de dos directores de calidad de excelencia: El gran escultor del pueblo maya, el Abuelo Enrique Gottdiener Soto; y el inconmensurable arquitecto Leopoldo Tomassi López.

El secretario general, era eterno e insustituible, el querido Don Panchito Vega Cisneros.Había salones de muchas cosas: De solfeo, de dibujo, de danza, de canto. Creo que la menos privilegiada era nuestra escuela de música.

Algunos instrumentos eran privilegiados, tenían salón propio; como piano, violín y clarinete; los demás instrumentos tomábamos clases en los corredores.

Mi clase de violoncello la impartía mi maestra Mimí Concha, al fondo del segundo corredor de la casa; al lado de nosotros, el maestro Baltazar Domínguez impartía la clase de contrabajo. Todas las tardes, había un momento de emoción y respeto, la llegada de nuestro director de la escuela de música, el eminente pianista concertista, Don Alfonso Rendón Muñoz.

Don Alfonsito era todo un personaje, vestía con una elegancia británica, caminaba apoyando el paso en su eterno paraguas negro. Con toda parsimonia, el director iba visitando clase por clase, y haciendo observaciones a los maestros.

De vez en vez, sucedía un acontecimiento que unía a todos los estudiantes de la institución. De pronto, corría una voz discreta que se transmitía salón por salón, corredor por corredor: ¡Hoy va a funcionar la piedra! Y aquello era como un mágico conjuro.

Poco a poco, bailarines, dibujantes, pianistas, hermanados todos en una profunda curiosidad, iban concurriendo a un tinglado de láminas que se encontraba al fondo del edificio, al lado izquierdo, donde funcionaba la clase de grabado que impartía el querido e inolvidable maestro Emilio Vera Granados. Cuando los alumnos de su clase reunían una cantidad considerable de trabajos, entonces la piedra funcionaba para hacerlos realidad.

Aquello era como una sesión de magia. Las láminas grabadas a buril, o al agua fuerte, eran colocadas entre las fauces de la piedra. El maestro Vera, haciendo gala de una gran fortaleza, hacía accionar la piedra, que gemía como un alma herida. Entre crujidos poderosos, salía de las fauces de la piedra, uno tras otro, maravillosos grabados.

Una exhalación de asombro de los estudiantes ahí reunidos, era la fanfarria triunfal de la mágica labor de la piedra.Después de la mágica acción de la piedra, la multitud se dispersaba, y todos, no sé por qué, sentíamos en el alma una alegría.Luminosas tardes de nuestra adolescencia.

Luminosas tardes de Bellas Artes. ¡Ya no volverán! Pero viven como una luz inextinguible en nuestras almas.

¡BENDITO SEAS CENTRO ESTATAL DE BELLAS ARTES!

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