Hch 2, 1-11; 1 Cor 12, 3-7. 12-13; Jn 20, 19-23.
“Reciban al Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel kimak óolal. Bejlae’ taan k’imbesik u noj k’inil Pentecostes, taan k’aasik bix le kili’ich joopsanaji’ wa Espíritu Santo, eem tu yook’ol le apostoleso’obo’, bey tuuno chum le kili’ich iglesia. Le kilich jopsanaj ku ye’esik bej ti tulakak u kajal Jajal Dios, ti le papa, le obispos yeetel ti le aj- k’ino’obo’. Bey xan, tulakal maak ka u ch’achi’ite’, ku yaanta’al ti tulakal wey yo’ok’ol kabe’
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre, y les deseo todo bien en el Señor resucitado en esta fiesta de la venida del Espíritu Santo.
La solemnidad de Pentecostés que hoy celebramos nos hace presente el don del Espíritu Santo sobre los apóstoles, con lo cual nació la Iglesia. La palabra “pentecostés” significa quincuagésimo, y el fondo histórico de tal celebración se basa en la fiesta semanal judía llamada “Shavuot” o “Fiesta de las Semanas”, durante la cual se celebra el quincuagésimo día de la aparición de Dios en el monte Sinaí. Por lo tanto, en el día de Pentecostés también se celebra la entrega de la Ley del Señor (los mandamientos) al pueblo de Israel.
Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías, y para celebrarla, gran cantidad de ellos subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el templo. A los cincuenta días de la Pascua, los judíos celebraban la “Fiesta de las siete semanas” o “Fiesta de las semanas”, que en sus orígenes tenía un carácter agrícola.
Es por eso que aquel domingo había miles de extranjeros en Jerusalén, ya que venían a la fiesta la mayoría de los judíos que vivían en otros países, y la mayoría de los prosélitos, los cuales eran simpatizantes del judaísmo, aunque no corriera por sus venas sangre judía.
Aquella mañana como a las nueve, al escuchar todo el ventarrón que se abatía sobre la casa donde se encontraban los apóstoles, una multitud se reunió alrededor, siendo testigos y partícipes de lo que ahí sucedió: los apóstoles y demás discípulos salieron de la casa llenos de sabiduría, valor y júbilo alabando a Dios, y cada uno de quienes los oían, entendían todo en su propio idioma, aunque ahí había gente de unas dieciséis lenguas diversas.
Sólo san Lucas es quien narra el episodio de la venida del Espíritu Santo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Recordemos que cada evangelista narró la Buena Nueva según su estilo, según su perspectiva, según la gente a quien se dirigía, y según una idea teológica determinada. San Juan en su evangelio nos habla abundantemente del don del Espíritu en varios pasajes, pero lo une en forma inmediata a la muerte y resurrección de Jesús. Por eso, cuando narra la muerte de Jesús en la cruz, no dice simplemente que expiró, sino que “entregó el Espíritu” (Jn 19, 30). Entonces, Jesús muere para entregar su Espíritu.
Hoy el relato que escuchamos nos presenta al resucitado, en su primer encuentro con los discípulos, entregándoles el Espíritu. Esto fue el primer día de la semana, el mismo día de la resurrección al anochecer. Estando los discípulos reunidos, cerradas las puertas por miedo a los judíos, Jesús se presentó en medio de ellos. ¿Cuáles son tus miedos? El Espíritu del Señor viene para aplacar nuestros temores. Como humanos que somos, es natural experimentar miedos, pero el don de fortaleza que nos trae el Espíritu nos ayuda a superarlos.
Las primeras palabras del Resucitado a sus discípulos son: “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19). El Espíritu del Señor resucitado nos trae la paz que el mundo, con todas sus circunstancias, nos quiere quitar. Pero el Espíritu, con sus dones de sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo y fortaleza nos otorga la paz y nos lleva a la piedad y al santo temor de Dios. Jesús les mostró a sus discípulos las manos y el costado, y ellos se llenaron de alegría. Así nosotros también, recibimos el gozo, que es uno de los frutos del Espíritu Santo.
Jesús les vuelve a ofrecer su paz y los envía, como el Padre lo envió a él. Sopla sobre ellos, y en ese signo tenemos el don del Espíritu. El “aliento” en la cultura hebrea, era signo de vida y del Espíritu de Dios. Recordemos que, en el Génesis, el Creador sopla sobre la figura de barro, para que adquiera la vida este hombre hecho a su imagen y semejanza (cfr. Gn 2, 7).
También el signo del viento aparece en la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles, manifestando la llegada del Espíritu. Ahora, al soplar Jesús sobre los apóstoles les dice: “Reciban el Espíritu Santo. A los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20, 22-23).
San Pablo, en la segunda lectura de hoy, tomada de su Primera Carta a los Corintios, nos explica cómo todas las cosas buenas que suceden en la Iglesia son obra del Espíritu Santo, desde la confesión de fe de cada uno; así como los carismas (dones) que cada uno pone al servicio de la Iglesia; tanto como los ministerios temporales u ordenados; todo es por obra del Espíritu. Este mismo Espíritu es quien da la unidad al cuerpo de la Iglesia.
Hay personas que sólo creen ver la acción del Espíritu Santo en carismas llamativos, espectaculares o milagrosos, pero el Santo Espíritu obra discretamente en la vida diaria de todos, en todo lo bueno que se piense, se diga o se haga. Por supuesto que, actúa en la vida ordinaria de la Iglesia en cada ministerio, en la participación de cada fiel en las acciones litúrgicas, así como en la evangelización. El Espíritu se hace presente en el mundo por todas las obras de justicia y caridad que los cristianos realizamos en forma particular o asociada.
Cuando oramos a Dios en el salmo 103: “Envía, Señor, tu Espíritu, a renovar la tierra”, Dios nos escucha y está enviando su Espíritu al corazón de los hombres y mujeres para que, con sus acciones justas y solidarias, en favor de la paz y del desarrollo integral, vayan renovando la tierra para el bien. Todos necesitamos al Espíritu Santo, pero en especial, lo necesitan los que nos gobiernan y todos los líderes de la sociedad.
Creamos que en verdad el Espíritu Santo sigue siendo el protagonista de la vida de la Iglesia, desde Pentecostés hasta el día de hoy. Entreguemos el timón de nuestra existencia personal a la conducción del Santo Espíritu, para que nos guíe con su sabiduría, ciencia, inteligencia, consejo y que nos fortalezca con el don de fortaleza ante las tentaciones y ante todo tipo de sufrimiento.
El mal lo debemos atribuir a nuestra debilidad para obedecer la voz de Dios. En cambio, todo el bien que tú o que cualquier persona pueda pensar, decir o actuar, será siempre bajo la acción del Santo Espíritu, y debemos confesar con humildad que lo bueno en nosotros es obra del Espíritu. De cada uno sólo se necesita la docilidad a las mociones del Paráclito.
El próximo sábado 30 de mayo, les invito a Izamal, para participar en la peregrinación anual de nuestra Arquidiócesis. Vayamos al encuentro de nuestra Madre en su santuario.
Señora de Izamal, Madre santísima, Esposa de Dios Espíritu Santo, la llena de gracia, porque eres llena del Santo Espíritu, dejándote siempre conducir por él, cúbrenos bajo tu maternal manto. Amén.
¡Sea alabado Jesucristo!
+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán



