Cultura

De Turquía con amor (5)

Foto: Maruca López Cárdenas.

Retomo el relato del viaje que hice junto con tres queridas amigas, a algunas ciudades de Turquía. Después de una breve estancia en la isla griega de Quíos, regresamos a la moderna ciudad de Esmirna. Al día siguiente salimos hacia Bursa, conocida como el primer punto occidental de la famosa ruta de la seda, que unía Asia y Europa a través de las innumerables caravanas de comerciantes, en la antigüedad.

El camino ofrece a la vista llanuras propicias para el cultivo de algodón, del que nos tocó contemplar la cosecha. Es una zona fértil por estar junto a la costa del mar Egeo y forma parte de la riqueza industrial de Turquía. Por ello, los textiles confeccionados con algodón son bastante económicos en el país, que es proveedor de Zara, entre otros conocidos almacenes de ropa españoles.

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Foto: Maruca López Cárdenas.

Para dirigirnos a la Gran Mezquita, atravesamos un estrecho sendero por donde gatos y más gatos se contoneaban, en tanto yo cerraba los ojos y para mis adentros decía: esto es una pesadilla y pronto voy a despertar. Obligatoriamente se pasaba por fuera de un Rastro de ganado ovino, sitio en el que me detuve porque me pareció fascinante, a costa de perder el paso de las demás. Referiré mis impresiones:

A la vista, donde termina el muro del sendero, comienzan largas paredes de vidrio, de piso a techo, desde donde se puede observar el interior. A determinada altura, asoma una línea de bocinas telefónicas. Detrás del vidrio, a cierta distancia están las largas mesas perfectamente aseadas, debajo de los ganchos donde cuelgan las carnes beneficiadas. Todo el sitio es de una blancura y de una pulcritud asombrosa. En una de las paredes, hay otra línea de bocinas. Se ve a los empleados con sus delantales y sus gorras, yendo y viniendo, trabajando.

La razón de las bocinas telefónicas es la siguiente: Cuando llega un borrego, un cordero, un carnero, una oveja, desde fuera el propietario da aviso de que quiere entregarlo y lo muestra a través del ventanal. Antes de ser aceptado debe responder a un cuestionario: Si es para comerciar, si es para obsequiar y repartir entre los necesitados o si es para sacrificio como ofrenda a Alá. Dependiendo de la respuesta es la forma en que se hace el corte. Adjunto, inmediatamente se aprecia el gran corral donde aquellos hermosos ejemplares, desde tamaño pequeño hasta los de majestuosa estampa, esperan su final. Uno se aleja de esa zona verdaderamente impactado.

Foto: Maruca López Cárdenas.

Ya no alcancé a mis amigas para entrar a la Gran Mezquita y las esperé afuera reflexionando que la reciente y asombrosa experiencia había sido inédita, en tanto las mezquitas, con sus diversas variantes, son parecidas todas. Además, este era mi tercer viaje a Turquía y algo conocía ya de estos templos. Al salir, una de mis compañeras, que es muy buena fotógrafa y siempre estaba a la caza de escenas que le parecían artísticas, descubrió a una pareja de novios yendo a dar gracias a la Mezquita, ya que en ellas no se celebran bodas, porque únicamente es válido el matrimonio civil. Eso no impide que los recién casados vayan a ofrendar su destino a Alá, acostumbrando el traje nupcial en color rojo en vez de blanco.

Foto: Maruca López Cárdenas.

 La siguiente parada fue en la Mezquita Verde, llamada así por el color de la pintura, los mosaicos e incrustaciones de sus interiores. Esta fue encargada en el año 1412 por el sultán Mehmed I, quien gobernó desde 1413 hasta 1421. Tampoco entré, había muchedumbre. En los patios encontré dónde sentarme y comencé a mirar: Se fueron reuniendo de pie grupitos de tres y cuatro mujeres, cubiertas con burkas negras, que tampoco entraron para poder fumar. Extraña combinación: mujeres que fuman en espacios públicos pero conservan la severa tradición de su atuendo.

Eso llamó mi atención y me puse a escudriñar con todo descaro, porque para  aspirar y expulsar el humo del cigarrillo, tenían que levantar el velo por completo. No podía decidir quién era la más bella. De piel blanca con tono de alabastro, narices largas y rectas, labios carnosos en rojo natural, cutis impecables y enormes ojos con espesas pestañas. Fue una fiesta mirar a una y a otra descubriéndose con pudor pero con deleite en la expresión, por ese especial efecto que producen las bocanadas de  tabaco.

Foto: Maruca López Cárdenas.

Saliendo de la mezquita, a un lado está situado, después de subir una alta escalinata, el mausoleo de Mehmet I. En él reposan ligeramente detrás suyo, su esposa, y a un lado, varias concubinas. La importancia de los diseños y construcciones de las tumbas varían según el grado de la jerarquía. Al salir, visitamos el bazar de la seda donde se encuentra toda suerte de mercadería vistosa, géneros delicados y llamativos, donde se puede disfrutar también de bebidas y descansar un rato.

Foto: Maruca López Cárdenas.

Agotado mi presupuesto del día, salí a un amplio terrado, metros antes del  estacionamiento. Estaba rodeado de árboles frondosos cuyas copas semejaban en conjunto, como si del cielo colgase la orilla de una falda azul bordada en verde. El clima estaba agradabilísimo, y así, mirando aquí y allá, comencé a percibir la exhalación de las bocinas de la torre de la Mezquita, con el rezo de la una de la tarde. No sé por qué se me figuró más prolongado que los que se escuchan en Estambul. Como no había nadie más, sentí que fue dirigido a mi persona. Inmóvil, estupefacta, di gracias a Dios por la oportunidad de experimentar esa estremecedora sensación que brinda la palabra del Corán, dentro del respeto que significa otra religión, otra  cultura.

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