
Debía yo llegar al Olimpo para ver una obra de teatro y ya llevaba siete caguamas de Victoria en una cantina del barrio de San Cristóbal. Un hombre sensato debe saber que siete caguamas son un límite que no debe traspasarse, así que mi instinto del tiempo me indicó que ya era hora de partir.
No me explico por qué, contra mi sentido de la prudencia, me estacioné tanto tiempo en aquel bar, pues los cantineros de esos años decían de mí: “Ese licenciado se toma dos medias como la gente y se va”. Y sí, me iba a otra cantina para tomar otras dos como la gente y luego a otra y más adelante a otra. Por eso conozco tantas. Quizá estaba yo componiendo a detalle el mundo, o me enzarcé en algún furibundo alegato en favor de don Benito, don Felipe o don Salvador, o me estaban haciendo cosquillas las meseras.
Emprendí la caminata atravesando San Cristóbal, por lo visto sin haber hecho escala ante las tantas tentaciones que habrán aparecido por el camino.
No recuerdo nada de ese trayecto hasta que vislumbré en la cola del Olimpo a mi novia de aquellos años. No usábamos celular y no sabía yo que ella tuviera intenciones de ver la obra, cosa que hizo tal vez por sugerencia de la amiga que la acompañaba. ¡Cómo sabía remarcar con la ropa su hermosa silueta, de frente o de perfil! Me puse loco de contento, por lo que haciendo caligrafía con mis pasos y luchando contra un viento imaginario logré llegar hasta ella para llenarla de abrazos y besos.
Y ahí viene el asunto controversial. Según lo que se chismorreó luego, estuve yo cometiendo actos reñidos con la moral en un lugar público y los reclamos hacia mi novia fueron tremendos: “¿Por qué permitiste que se propasara contigo? ¡Es un atrevido, un descarado!”. Pero ella siempre se mantuvo firme en su defensa y en la mía, sin variar un ápice su aseveración: “Él nunca se propasó. Estaba de cariñoso. Con eso de que nunca se muestra cariñoso en público…”. Y es que en verdad no soy muy dado a las manifestaciones amorosas cuando estoy entre la gente. Guardo la calentura en el congelador. Lo más que habrá pasado esa noche es que yo me haya abrazado impropiamente de ella para no caerme.
Días, semanas y hasta meses después siguieron las críticas y reclamos hacia mi novia, pero se mantuvo en su misma postura: “Él estaba de cariñoso. Nunca me faltó al respeto”. Y aunque yo no me acuerdo de nada, le doy la razón. Esa novia, inteligente y amable mujer que cocinaba maravillosamente la comida del Altiplano, era algunos años mayor que yo, tenía su carácter y sabía darse a respetar. Nunca habría permitido que yo me propasara en público y siempre le tuve mucha estima. Cabe señalar que esos reclamos provinieron siempre de mujeres y que a veces llegaron casi al punto en que iba yo a hacerla de réferi, sobre todo cuando ella les espetaba: “Pura envidia. Lo que pasa es que ustedes no tienen un hombre que las trate cariñosamente como a mí”.
De esos momentos sólo me quedan flashazos. Uno de ellos es verme discutiendo cuando escuché que me permitirían la entrada a la función, pero aislado y con marcaje personal. No sé a quién se le ocurrió la idea genialmente idiota de sentarme en primera fila y con mi marcador a un lado, butaca de por medio. Fastidiado de estar solimán, con ademanes llamaba a mi novia para ocupar ese asiento vacío, deseando tenerla abrazada mientras gustábamos la obra. Pero el marcador me decía: “¡No se puede, es el trato!”.
Me aparragué en la butaca y ya iba yo a empezar a roncar cuando se oyó aquello de: “Esta es la tercera llamada, ¡comenzamos!”. Y me sobresalté… No porque el actor estuviera hablando en puros endecasílabos, sino a causa de que estaba frente a mí, a unos cincuenta centímetros, completamente desnudo.
Se me bajó repentinamente el pedo.
Recuerdo que empecé a cavilar muerto de miedo en lo que podría ocurrir. Que ese sujeto supiera de lucha libre olímpica y se me lanzara encima para hacerme una obscena puesta a tierra, encima aplicándome una llave… O que empezara a hacer actos onanistas, ¡y yo sentado justo enfrente, a medio metro…!
Me volteé hacia mi custodio y le dije:
—Yo creo que mejor me paso a una de las filas de atrás.
—¡No, señor! ¡No se puede!
Discutimos airadamente, hasta que los sh, sh del publico nos obligaron a aquietarnos. Me la pasé en estado de alerta, no dudo que con la boca en rictus de crispación y los ojos a punto de salir volando. Empecé a exprimirme la mente para hallar cuántas veces había yo visto hombres desnudos en vivo. Salvo algún familiar anciano y enfermo, sólo me aparecieron dos o tres casos: en un vestidor de una escuela de karate en mi adolescencia un sujeto que se creía el Discóbolo y uno al que le gustaba estar en cueros cuando levantaba pesas en una casa de pupilos donde no duré ni quince días, más un borracho que hizo su estriptís en el Chacmool del centro. Las siguientes veces habrían de ser en obras de Paco Marín, como aquel monólogo, y una que otra más, pero siempre a distancia segura.
Al fin terminaron la obra y mi tormento. Ascendí los escalones con pasos firmes:
—Mis damas, las invito a cenar a Yardas.
La amiga cambió su cara de fo ante mí por una de sorpresa:
—¿Ya estás bien? ¿Cómo es posible? Si no podías tenerte en pie ni hilar dos frases, ¡cuánto disparate decías…!
Al llegar al Paseo de Montejo, las dos me aplaudieron al verme hacer el cuatro con el pie derecho y luego con el izquierdo y otras gracias para demostrar mi control corporal. Ya a la mesa, me tomé seguiditos los tres shots de tequila, pues ellas declinaron tomar los suyos. El mesero me preguntó atencioso:
—¿Le traigo su submarino, jefe?
—¡Sh!, ¡no, no…! Sh, sh…
—¿Submarino? ¿Qué es un submarino? —terció la amiga.
—Un pastelito de Marinela. El camarada me está viendo cara de dulcero.
Si hubieran visto cómo se sirve ese coctel las dos señoras habrían salido huyendo despavoridas. Por similar precaución no pedí mi horchata con whisky. Me conformé con dos discretas copas de vino tinto de una botella que compartimos entre los tres.
La amiga seguía con sus dudas:
—Oye ¿y de veras te sientes bien de la cabeza?
—¿Quieres que te cuente la historia del arte conceptual remontándome a Platón?
Y ante sus reiteradas manifestaciones de asombro hacia lo rápido que recuperé la lucidez luego de mi empapada cervecera, bajaba yo la cabeza con modestia, asintiendo:
—Sí, sí, claro… Característica mía… Famoso soy por ello…
Entre pizza y espagueti nos regodeamos hablando acerca de las diferencias entre las desnudeces femeninas y masculinas en escena, hasta que la noche ya se había hecho larga y llevamos a la amiga a su casa.
Esa amiga, muy dada a tener muchas amistades, habría de pregonar mi hazaña, abonando a mi fama pública: “Jorge Cortés tiene una capacidad de recuperación bárbara. Yo vi cómo en una hora…”.
Conversando sobre los pormenores de ese día tan agitado, aquella mi novia y yo llegamos al fin a su hogar.
Y toda esa noche seguí de cariñoso.



