Bienestar Espiritual

“Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo; Tu vara y Tu cayado me infundirán aliento”

(Salmo 23:4).

¡OREMOS AL SEÑOR! ¡SEÑOR, TEN PIEDAD!

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Padre Santísimo: muchas veces, quienes andamos en sombras de muerte, lo hacemos por decisión propia, debido a que hemos optado por el pecado, por el desorden, por la injusticia, por la hipocrecía, la doble moral y por la maldad. Es en este momento tenebroso en los que nos será imposible que, Tu bastón nos infunda confianza y no temamos mal alguno. Nos olvidamos de que “No hay nada escondido que no esté destinado a descubrirse; tampoco hay nada oculto que no esté destinado a ser revelado públicamente.” (San Marcos 4:22). El vivir en comunion contigo, reclama de todos nosotros, que hemos tomado la cruz y hemos seguido a Cristo, hagamos una verdadera cirugía donde se nos extirpe ese flagelo que a tantos lanza fuera de Tu divina presencia. ¿Cómo verte manifiesto en todo lo bueno, en todo lo excelso y en todo lo que nos dignifica? ¿Cómo experimentar y constatar que Tu generosidad es sobreabundante? ¿Cómo es palpar que vayamos de gloria en gloria y de victoria en victoria?
Espíritu Santo: cuando hemos optado por esa moral infernal y enfermiza, Te hemos contristado, Te hemos decepcionado, Te hemos afligido y Te hemos ofendido vilmente. Cuando algo o mucho queremos ocultar de Tu vista, nos hacemos solo la ilusión de que nadie nos ve, cuando Tú nos enseñas que, nos es imposible alejarnos de Tu divina mirada: “¿A dónde me iré de Tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de Tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás Tú; si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí Tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará Tu mano.” (Salmo 139: 7-10).
¡Perdón, mil veces perdón, Padre Santísimo! ¡Perdón, Espíritu Santo, porque con nuestra mente pequeña y humana no dimensionamos que ante Ti, la doblez y lo oculto, siempre está bajo Tu mirada! Espíritu Santo: ¡que ese fuego divino nos cauterice, nos extirpe y aleje de nosotros ese tumor maligno de la hipocrecía! ¡Perdón, Divino Maestro, por nuestra poca inteligencia de no reparar en que en esta vida, ¡no hay nada que no vaya a ser descubierto! Amén.

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