Bienestar Espiritual

“Hermanos: ¡No temamos! ¡Cristo es la roca que nos salva!”

¡Oremos al señor! ¡Señor, ten piedad!

Te saludamos con júbilo, oh Padre Santo, porque algo de lluvia nos llegó ayer por la noche, como presagio de Tus bendiciones.

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Estamos ante Tu mirada benevolente y nuestro despertar nos hace ver un cielo limpio, diáfano, con algunas nubes aborregadas y con esperanza de algo sensacional. Nuestra gente y nuestros amigos, en su mayoría están bien, pero tenemos otros que están despidiéndose de nosotros para emprender su camino contigo a la eternidad. ¡Qué contrastes tenemos en la vida!  En medio de la belleza de nuestra atmósfera, tenemos esas nubecitas negras, que empañan a nuestro cielo, pero que ellas representan a todos los que están viviendo sus últimos instantes en su enfermedad terminal. Comprendemos que, por lo menos con quienes conocimos, estuvimos presentes orando con ellos y por ellos junto con sus familiares nos reunimos contemplando sus rostros, parece que un rayo de esperanza los acompañó, porque ambos, que según el parte médico y de quienes los acompañaban, nos dijeron que antes de la oración, ya no hablaban, ya no respondían y ya habían cerrado sus ojos. Después de la oración, abrieron sus ojos, una sonrisa dejaron entrever y sus labios y se unieron a nuestra súplica que resultó más ferviente, más emotiva y más viva.

En esos momentos que se tornan amargos, desesperantes y eternos, nuestros hermanos experimentan un tremendo vacío que inspirados por el Espíritu Santo, los hace exclamar “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?  ¿Por qué estás lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?  ¡Dios mío, clamo de día, y no respondes!, Y de noche, y no hay sosiego para mí.” (Salmo 22:1-2).

Santísimo Señor: ayudados por el Espíritu Santo no nos resta más que clamar y exclamar: “El Señor es nuestra roca, nuestro amparo, nuestro libertador, es nuestro Dios, el peñasco en que nos refugiamos. Es nuestro escudo, el poder que nos salva, ¡nuestro más alto escondite! (Salmos 18:2). En esos momentos vuelve la fortaleza

a nuestras almas afligidas y traspasadas por el dolor de la enfermedad y del temor de una inminente separación de este mundo de nuestros seres queridos. Nos resistimos y anhelamos ver un milagro de Tu parte, oh Padre Santísimo, ignorando que, tal vez ya dispusiste que lleguen al final encuentro contigo en Tu Reino. En caso de que Tú decidas, oh Padre Amado, que se queden otros días con nosotros, si es para su bien y para el nuestro, ¡opera el milagro! Sabemos que, para Ti, ¡nada hay imposible! Pero si no es así, ¡haznos comprender que ese círculo o ese período debe cerrase nos guste o no! ¡Haznos comprender QUE TU DIVINA VOLUNTAD ES LA QUE DEBE PREVALECER!

Padre Santísimo: “Sé Tú nuestra ROCA FUERTE a donde recurramos continuamente. Has mandado que seamos librados porque, ¡Tú eres Nuestra Roca y Nuestra Fortaleza!” (Salmo 71:3). ¿Dónde más vamos a encontrar fortaleza para esos momentos tan desgastantes, pero que deberían ser UNA OPORTUNIDAD PARA APRENDER A HACER TU VOLUNTAD Y PARA QUE VEAMOS QUE TAMBIÉN DEBEMOS DESPEDIR A NUESTROS SERES AMADOS QUE TÚ HAS DECIDIDO QUE YA LLEGÓ EL TIEMPO DE SU FINAL AQUÍ EN MEDIO DE NOSOTROS?

Desde siempre, ha sido el Espíritu Santo quien nos ha impulsado a encontrar alivio, fortaleza, consuelo y esperanza al decirnos al oído:

“Así que no teman, porque Yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. ¡Te fortaleceré y te ayudaré! ¡Te sostendré con mi diestra victoriosa! (Isaías 41:10).

Estos momentos nos son concedidos para que viendo que nuestro ser querido es motivo de aprendizaje y veamos su final con todo el dolor, la angustia, la impotencia, el sufrimiento, la agonía que implica su salida de este mundo.

Padre Santísimo: que sea el Espíritu Santo, Bondadoso y Vivificador, quien ponga en nuestros labios esas palabras de fortaleza y de consuelo, que nos hagan ver que nuestra estancia en la tierra es temporal e indefinida y nos lleven a proclamar: “El SEÑOR es nuestra luz y nuestra salvación; ¿de quién temeremos? El SEÑOR es la fortaleza de nuestra vida; ¿de quién nos hemos de atemorizar? (Salmo 27:1).

Padre Santísimo: ¡Gracias por estos momentos que son perlas de amargura, pero que bien aprovechadas, iluminan, sanan y fortalecen a nuestras almas, nos hacen retornar al camino correcto y nos llenan de sabiduría! ¡Bendito seas, oh Padre de la Vida y fuente del Amor! Amén.

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