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¿Qué ocurrió con nuestros viejos vendedores ambulantes? (I)

¿Qué ocurrió con nuestros viejos vendedores ambulantes (I)

Se fueron con el viento. La modernidad los desapareció. Bueno, en realidad quedan uno o dos, pero ¿y los demás? Nosotros alcanzamos a verlos desfilar con su humilde mercancía por nuestras calles de Mérida: eran campesinos, vestidos con humildad, con las ropas un tanto empolvadas y los pies fatigados, voceando lo que producía el campo y sus precios eran ridículos, y aún así, había amas de casa que les regateaban.

-Está muy caro: dos pesos es mucho dinero.
-Pero ninia… no está caro. ¡Bah! Se lo rebajo a un peso.
-Déjemelo en un tostón y te compro dos.

Recuerdo a uno que comerciaba con horquetas, esas rama de árboles duros que entre usos estaba (o está) el de se hacen los tirahules. No olvido su grito: ¡Hay horquetaaaaas! Y semejante a este vendedor había otro que vendía el “bob”, un palo de gran altura que se usaba para sostener la soga de tender la ropa recién lavada. Estos palos han sido eliminados desde que arribaron las lavadoras y secadoras eléctricas. Hoy raramente los veo por la calle. Otro tipo de campesino vendía leña, un atado, que llevaba cargado sobre sus espaldas. La leña para uso de las casa más pobres y fue suplantada por la estufa.

El Mondonguero

Era un viejo campesino de gran sombrero, y arriba de éste, una palangana llena de los elementos del mondongo sin excluir huesos, la llamada “toalla” y abundante carne: ¡Hay mondongooo! Era su grito y vendía lo que podía pues no ha toda la gente le gusta el mondongo. Este mondonguero (llamémosle de alguna manera) desapareció de repente y jamás lo volvimos a ver. Pero hay que añadir que ya entonces era un anciano.

Doña Pastora

Una vieja “mestiza” llamada Pastora se asomaba por las calles de tarde en tarde con un cesto de mimbre en la cabeza. El cesto contenía sólo huevos que casi regalaba la señora hasta que los “balames” se la llevaron ignoro dónde. ¿Y del sandwichero? Ya hablamos en otra ocasión de aquel viejo español que empujaba un carretón repleto de lo que contiene un buen sándwich y que caminaba varios kilómetros para ejercer su comercio. Sólo Dios sabe dónde terminó sus días.

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