Opiniones

Meridanos necesitan hacer turismo meridano

Meridanos necesitan hacer turismo meridano

Conocí una Mérida en la que después del hoy Hospital “O’Horán” no había más que montes inaccesibles; en la que a los costados de la avenida Itzaes había haciendas y barrios con escasos pobladores; en la que para llegar del parque de San Sebastián a la Ermita de Santa Isabel había que hacerlo por brechas abiertas por las pisadas de quienes vivían en las cercanías de un lugar y el otro. Decir, entonces, Xcanatún, era sinónimo de aventura o viaje de fin de semana para conocer algo de las hortalizas que surtían de alimentos a la ciudad capital. Las vías para Puerto Progreso o Celestún eran angostas y poco transitables, y las calles de toda la ciudad tenían un pavimento central, dejando a los lados pedazos de terreno vivo, es decir, de piedra y polvo, donde crecía el zacate yucateco, el xtex, y una planta arrastradera espinosa de flores como campanas amarillas, que daban un fruto como un mazo medieval.

Desde entonces he visto caer construcciones antiguas para levantar en el lugar de ellas construcciones sin ningún valor estético o arquitectural, pero de gran beneficio económico para sus dueños, pues alquilan pedacitos de construcción a precios de oro tasado en dólares.

Así, de pronto, como si fueran alfileres de cabecita saliendo de la tierra, comenzaron a surgir edificios no muy altos por distintos rumbos de la ciudad y ella se fue expandiendo hasta lo insospechable, nulificando en su avance haciendas y pueblitos de sus cercanías.

Plaza Oriente (la pionera), Dorada y Plaza Fiesta fueron los acontecimientos que sentaron las bases para los posteriores centros comerciales o las megaplazas. Estos centros de reunión concentran desde un cine hasta una taquería, haciendo que los pobladores se mantengan en sus propios espacios habitacionales, sin necesidad de pisar el Centro de Mérida, que era donde se adquiría todo lo necesario para la vida humana. Ese Centro incluía, por supuesto, el Mercado “Lucas de Gálvez”.

La plaza, el Centro de Mérida, era una devoción. Había que ir a él hasta para saludar a los cuates que hacía años no se les veía, porque allí estaban, con seguridad, ahí estaban en el “Louvre”, el “Exprés”, el “Nicté Há”, o con “Tacho”, el taquero mañanero.

Era la Mérida de 1960 en adelante. Ahora hay otra Mérida, la perteneciente a 1990 al año de hoy. Ya no queda nada de la anterior. Las franquicias se comieron a los restaurantes tradicionales, el comercio turístico con sus falacias artesanales abarrota las calles que antes vieron a personajes célebres de todo tipo. Y toda esa evolución, la he visto, la he vivido y he tenido el cuidado de desplazarme a cada lugar de la expansión de la mancha urbana meridana. Y he trabajado en varios de esos nuevos lugares, y en ellos me he encontrado algo inesperado, sorprendente para un alma tan meridana como la mía, y es que muchísima gente joven de esos lugares no sabe lo que es el Centro de Mérida. “¿Dónde, maestro, dónde queda eso?”, cuando les digo que vayan al museo de la ciudad, al mercado grande o pasear por la plaza grande. “¡Ah, para qué, aquí estoy bien, tengo de todo!”, te contestan con graciosidad y buena sonrisa.

Esa realidad no debe parecer importante a nadie. Menos, mucho menos, a una mente dedicada a la política. A veces, hay escuelas particulares del norte que se toman el trabajo de traer a sus escolares al parque del Centenario, para que sepan que hay una Mérida distinta a la suya. Enfrente de mi casa se paran camiones rurales y bajan a veintena de chiquitines que se agarran de las manos en fila india, guiados por sus mentoras, quienes gritan, “¡Orden, orden, agárrense y no se suelten!”.

Me he topado con estudiantes de universidad que no saben del Mercado “Lucas de Gálvez”, ni que decir de San Sebastián o San Juan, y de esa realidad salió el título de la presente nota: “MERIDANOS NECESITAN HACER TURISMO MERIDANO”.

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