Cultura

Las diversiones en el interior del Estado en 1903 (49)

Izamal

            Como parte de un cuadro de zarzuela, que actuaría durante la feria anual de Izamal en honor de la Purísima Concepción, se contrató a la aplaudida bailarina Amelia Bassignana para ofrecer funciones los días 7, 8 y 9 de diciembre. (1)  Figuraban en aquel cuadro la tiple Matilde Zapater, el maestro Rivera Baz, el Sr. Cosío y otros elementos que habían conformado la compañía de Ricardo Güell. (2) Es posible que estos planes no hayan fructificado en las fechas previstas originalmente, pues la primera función en el Justo Sierra tuvo lugar casi diez días después y ante escasísima concurrencia. (3)

            […] Ha puesto en la escena en esta ciudad la compañía de la Sra. Zapater el hermoso drama “La Pasionaria”. El domingo [20 de diciembre] dio su función de despedida poniendo el drama “Juan José”. En ambas funciones el público fue escaso y los aplausos eran oídos muy de tarde en tarde. […] (4)

Cerraremos este apartado con una vibrante crónica que describe el ambiente que reinaba en la tradicional feria de Izamal, una de las más antiguas e importantes del Estado. El autor se esfuerza por capturar el dinamismo de los asistentes, los sonidos de los aparatos y los pregones de los comerciantes, su origen étnico, así como el aspecto y los atuendos que lucían las diversas clases sociales, lo mismo que su interacción, entre otros interesantes rasgos de aquella fiesta popular. La crónica está fimada por A[dolfo]. Herreras, […] entendido y hábil pintor escenógrafo, decorador y dibujante, cuyos trabajos de fijo agradarán a las personas de buen gusto. El Sr. Herreras es el esposo de la primera tiple Matilde Zapater […] (5)

            […] Si posible fuese que en la retina se imprimiera cuanto con rápida claridad he observado, ¡qué variedad en los tipos!, ¡qué lujo de detalles!, ¡cuánta riqueza de colorido!, ¡qué grandiosidad en el conjunto mezclado en una vulgaridad desesperante de trajes, de lenguaje y de una amalgama de tonalidades, en la que el blanco es el todo!

            No es posible imaginarse, sin verlo, el pandemónium que forma la feria.

            La plaza es una casa de locos, en la que loco se vuelve el que por primera vez entra en ella.

            Gritos, chillidos, el pertinaz sonsonete del organillo, la destemplada música en la que el metal desarmoniza de la madera que en chillones sonidos trata de vencer, ya que no en potencia, en aguda intensidad; el metálico acento de los fonógrafos; el monótono chic, chac de la máquina del carrousel que a cada momento anuncia la partida o la parada de la insensible cuadriga que en mecánicos golpes, arrastrando los inverosímiles coches, conducen, en alas de la sensación producida por la vertiginosa vuelta, al indio que sobre él lleva todo lo que ha comprado y al niño que, impaciente, espolonea al insensible caballo; a la muchacha que el viento hace modelar las formas cubiertas por el “terno”, y al joven que impasible, tomando el paseo con seriedad asombrosa, no mira ni adelante ni atrás, ni a derecha ni a izquierda; y el mecánico que riente parece que mueve el también mecánico organillo de metálicos acordes, sigue dando vueltas y vueltas, y tocando piezas y más piezas llamando la atención y dominando con la intensidad de los sonidos de la oculta MÁQUINA, TODOS LOS RUIDOS DE LA FERIA, Y VOCES QUE ANUNCIAN LAS MERCANCÍAS EXISTENTES EN LA ESPACIOSA PLAZA: DONDE UN JOVEN DECENTEMENTE vestido que dice a todo el que […] se aproxima: “pasen, pasen señores, niñas bonitas; hay sillas, pueden sentarse; el Czar revistando a las tropas; los chinos en Yeddo, China; a divertirse, a gozar”; y otras voces: “tiren Uds.”, “la suerta está en estos anillos”; “a la rueda de la fortuna”, el chino que anuncia su mercancía: “e la veldadel la China” jal-los, te-las, “to balato”; y otras “frutas”, “churros”, “a comer barato y bien”. “¿A quién le hace falta un peine, un cepillo, un espejo, libros, sombreros, telas, listones, dulces, cachuates, enchiladas, perfumes, cervezas, habanero auténtico?” ¿ha salido el as de oros, el seis de copas, el caballo de basto?; escuchen la canción favorita de Mozart; oigan a la famosa Peralta cantando el morrongo, vean la guerra de los boers, el grandioso y nunca visto combate naval de Santiago de Cuba”, y muchas y muchas más, todo bajo un cielo riente, espléndido de luz que envía en ella el ardor de un sol burlón que a veces se oculta tras una nubecilla, y envuelto el todo en una nebulosa de polvo amarillento que se masca, como vulgarmente se dice, que ensucia cuanto toca; y pasan y repasan hombres y mujeres, viejos y niños, que se codean, que se confunden, que se revuelven para de nuevo confundirse, amalgamarse, estrujarse, empujarse, codearse; y allí se detienen ante el doctor que ofrece la panacea universal que todo lo cura, y aquí ante el turco que en descompuestas e incomprensibles voces, gritos mejor, ofrece su mercancía; acá, ante los montones de yuca y de naranjas; allá, ante los montones, porque montones son también, de sombreros uniformemente blancos, y pasan y repasan unos y otros, ellas, las hermosas mestizas de ardientes ojazos, con sus blancos, caprichosos y festoneados ternos de hipil, festoncillos y festón, bajo los cuales se adivinan las formas esculturales y ellos con el típico pantalón, o la filipina o guayabera y el sombrero de paja, echado con arrogancia hacia atrás, todos unidos en apretado haz, cojidos (sic) muchos de las manos, yendo y viniendo, mirando todo, muchas veces con asombrados ojos, aguantando el ardiente sol o pasando rápidamente a la sombra de los toldos que en desgarraduras de amarillentas hilachas, parecen reírse de la humanidad, que asombrada o alegre, triste y bulliciosa, pero siempre deseosa de gozar de la feria, se confunde en fraternal lazo, mezclándose la elegante señorita, con la india; la rozagante joven de espléndidas formas, con el indio de lacios bigotes y faz amarillenta; el elegante con el ranchero, el vividor de oficio con el trabajador; y en el costado sur, sobre el antiguo resto de un templo maya, sobre el Papolchac, el templo construido hace más de tres siglos por el famoso historiador Fray Diego de Landa, que parece, que mirando por los ojos de sus arcadas, contempla con mirada de ardiente y celoso fanatismo, la humanidad que goza, que ríe, que se entusiasma y olvida por un momento de franca alegría, las penalidades de la dura vida, herencia del pecado original, y en el sonido de sus campanas envía al olvidado y solitario Kinichkakmó, el grito del vencedor, la injuria del poderoso, que hace ver, enseña sus matacanes, sus muros, sus troneras, su campanario enhiesto, albergando las muchedumbres siempre tornaderas, mientras que el solitario monte, antes objeto de adoración también fanática, sólo alberga reptiles, que como la iguana se arrastra por entre las malezas, o es nido de aves, que, indiferentes a los cambios religiosos, entonan al Ser Eterno el himno más inmutable y hermoso de la creación: el himno de la verdad. […] (6) (Continuará)

Referencias

(1).- Valmont. (1903, 2 de diciembre). Algo de todo / A Izamal. El Eco del Comercio, p. 3. Véase también: Valmont. (1903, 8 de diciembre). Algo de todo / La Bassignana. El Eco del Comercio, p. 2.

(2).- Valmont. (1903, 4 de diciembre). Algo de todo / A Izamal. El Eco del Comercio, p. 2.

(3).- Izamal / De Teatro. (1903, 19 de diciembre). El Eco del Comercio, p. 2. Esta circunstancia nos hace suponer que la Bassignana no llegó a actuar en esa población, pues habría viajado a Campeche el 8 de diciembre, como parte del elenco de la compañía del actor y director Antonio Galé. Véase: Valmont. (1903, 8 de diciembre). Algo de todo / A Campeche. El Eco del Comercio, p. 2.

(4).- Izamal / De Teatro. (1903, 21 de diciembre). El Eco del Comercio, p. 2.

(5).- En Mérida. (1903, 22 de octubre). El Eco del Comercio, p. 2.

(6) Herreras, A. (1903, 17 de diciembre). Nota de color / La feria de Izamal / Especial para El Eco del Comercio. El Eco del Comercio, p. 2.

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