Cultura

Extraña manera de ponerse de acuerdo

Extraña manera de ponerse de acuerdo

En las primeras décadas del siglo XX se vivía en España una enorme efervescencia taurina, producto de la competencia o rivalidad entre dos de los más grandes toreros de la historia. Uno, “Joselito”, quien representaba la perfección, tanto en la técnica como en la estética. Se le sigue llamando hasta el día de hoy, por su clasicismo, como el rey de los toreros. El otro, Juan Belmonte, el más grande revolucionario del toreo, el primero que lidió reces con las plantas o zapatillas asentadas en la arena mientras toreaba.

Se puede decir que es el inventor del toreo moderno, ya que antes de su aparición en los ruedos, se toreaba sobre las piernas con movimientos de pies. La rivalidad o competencia entre ambos diestros dividió a la España de entonces en dos bandos: Joselistas y Belmontistas.

Era tan enconada la competencia que, entre el pueblo, aun los que jamás los habían visto torear tenían la misma pasión por uno y otro. Por aquellos años, en España se vivía una gran pobreza, pero aún así, las plazas se llenaban, el pleito entre los dos bandos era ateos, como antes diríamos entre los que no tenían para pagar su boleto.

Cierto día, Joselito se dirigía en su coche con su cuadrilla a torear en la feria de una ciudad española. En medio del camino, pararon en una pequeña posada a descansar y comer algo. En la mesa de al lado escucharon a dos aldeanos discutir sobre cuál de los dos toreros era el mejor, sin haberlos visto torear jamás. Uno a favor del Belmonte y otro de Joselito, que estaba sentado junto a ellos, pero a quien no conocían en persona.

Los lugareños se dirigieron a la mesa del gran torero, preguntándole al mismo Joselito quién era mejor, sin saber que se dirigían al mismísimo gran matador. Este les obsequió un par de boletos para la corrida en la ciudad en la que alternaría mano a mano con Juan Belmonte.

Los lugareños quedaron encantados. Llegó el día de la corrida en la que ambos matadores estuvieron fenomenales, cada uno en su estilo. Joselito Apolíneo y Juan Dionisiaquio. Al término del festejo, regresando Joselito por el mismo camino, deteniéndose de nuevo en la misma posada. Y ahí estaban otra vez los dos aldeanos. Mismos a los que les hizo la misma pregunta. Estos respondieron por las creencias del matador al que reconocieron y le contestaron: “La verdad, mejor torero es usted, pero el otro… ese come aparte”. Joselito, el más poderoso y perfecto que podía con todos los toros, al grado de que murió de una cornada.

Cuando le comunicaron a su madre la tragedia, ésta no lo creyó y respondió que para que un toro corneara a su hijo tendría que arrojarle un cuerno.

Juan Belmonte, al contrario, vivía entre cornada y cornada por su arrojo y nueva manera de torear, murió ya anciano y por mano propia, dándose un pistoletazo en la boca en su cortijo.

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