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El rey del henequén

El rey del henequén

            Primero, una precisión a la coeditora de la obra “Historia de una elección. La candidatura de Olegario Molina en 1901”, de la académica e historiadora Marisa Pérez de Sarmiento. Con temeridad, la aludida señala en la presentación del libro: “Olegario Molina Solís, de quien nos sentimos orgullosos los que habitamos esta península”.

            No es así. No toda la sociedad yucateca se siente “orgullosa” de quien fue caracterizado por John Kenneth Turner, en su obra “México Bárbaro” como “el principal entre los reyes del henequén”. Al menos, esta columna y su redactor no sienten el menor orgullo por el que fue también figura central de la “Casta Divina”, un grupo poderoso que dominó la escena económica, política, y social de Yucatán, durante largos años.

            Cito de nuevo a Turner, refiriéndose a Molina Solís:

            – “Sus propiedades, tanto en Yucatán como en Quintana Roo, abarcan más de 6 millones de hectáreas: un pequeño reino. Los 50 reyes del henequén viven en ricos palacios en Mérida y muchos de ellos tienen casas en el extranjero. Viajan mucho, hablan varios idiomas y con sus familias constituyen una clase social muy cultivada. Toda Mérida y todo Yucatán, y aun toda la península, dependen de estos 50 reyes del henequén. Naturalmente, dominan la política de su Estado y lo hacen en su propio beneficio. Los esclavos son: 8 mil indios yaquis, importados de Sonora; 3 mil chinos (coreanos) y entre 100 y 125 mil indígenas mayas, que antes poseían las tierras que ahora dominan los amos henequeneros. Seguramente el pueblo maya representa casi el 50% de la población yucateca, y aun la mayoría de los 50 reyes del henequén son mestizos de maya y español”.

En el libro “La Casta Divina por dentro y por fuera” de la Dra. Dulce María Sauri Riancho y del investigador José Luis Sierra Villarreal, se citan los treinta y un principales apellidos del grupo de hacendados: Arrigunaga, Ancona, Berzunza, Bolio, Castellanos, Cámara, Cantón, Casares, Cirerol, De Regil, Domínguez, Dondé, Duarte, Escalante, Espinosa, G. Cantón, García, Ibarra o Ybarra, Laviada, Manzanilla, Molina, Palomeque, Patrón, Peón, Ponce, Rendón, Rivas, Solís, Urcelay, Vales, Zapata.

            Molina Solís fue gobernador de Yucatán, en el cuatrienio 1902-1906; se reeligió en 1906, pero no ejerció el cargo, primero por un viaje a Europa y luego porque el presidente Porfirio Díaz lo nombró Secretario de Fomento, Colonización e Industria, de 1907 a 1911.

            Su elección en 1901 es el tema de la obra de Marisa Pérez Sarmiento.

            La candidatura molinista obedeció a dos factores principales: 1. La decisión del presidente Porfirio Díaz, y 2. Las relaciones de Molina con José Yves Limantour, Secretario de Hacienda, Joaquín Casasús y los hermanos Manuel y Justo Sierra Méndez.

            Apunta Pérez de Sarmiento: “La intervención directa del centro en el proceso electoral, de igual forma, permitió el afianzamiento de las relaciones con la lejana Península de Yucatán; la clara identificación del futuro gobernador con la política presidencial y el grupo científico aseguraban, por otra parte, mayor control en una región que por su situación geográfica se hallaba vinculada más hacia los Estados Unidos, el Caribe y Europa, además de que permitiría una mejor vigilancia de tan exitosa economía”.

            La influencia presidencial en los ámbitos políticos y sociales fue innegable durante el porfiriato. Los estados esperaban la señal del presidente para la designación del candidato a gobernador. Pérez Martínez lo sintetiza en una frase: “El nombramiento vendría del centro y dependería de lo que ordenara el señor presidente”. Y para que hubiera duda alguna, en un discurso, Molina confiesa: “Que aceptaba su candidatura, como se lo manifestó al señor presidente quien lo nombró para el honroso cargo de gobernador del estado”.

            El PRI en el siglo XX adoptó el uso presidencial de Porfirio Díaz. El presidente en turno era el que “destapaba” a los candidatos para los cargos de gobernador de las entidades federativas. A los “tapados” de entonces ahora se les llama “corcholatas”, en la modernidad del gobierno de la 4T y en el caso de la sucesión presidencial de 2024. Se afirma en medios políticos y sociales que el presidente Andrés Manuel López Obrador aspira convertirse en el Porfirio Díaz del siglo XXI.

            Molina Solís fue candidato único, de “unidad” se decía en los tiempos hegemónicos del PRI. Escribe Pérez de Sarmiento: “El licenciado Molina podía sentirse orgulloso de no tener adversario político, la victoria era suya”.   

            El proceso para la candidatura yucateca y para la elección consecuente, fue peculiar al inicio del siglo XX. Primero, el “cabildeo” de los interesados con los grupos dominantes del centro del país. Después el escaso proselitismo del candidato y finalmente la intervención directa, sin ambages, del gobierno yucateco en el resultado electoral.

            Pérez Sarmiento: “La designación de Olegario Molina, previa bendición de don Porfirio, para ocupar tan codiciado cargo, así como el apoyo que recibido de sus amigos de la ciudad capital, lo perfiló como un miembro incondicional del grupo de los científicos, lo cual permitió el afianzamiento de las relaciones de poder con algunos de los miembros prominentes de la alta política porfirista que estaban a favor de un proyecto cuya base se fincaba en la preponderancia de los gobiernos asociados a esa aspiración en los estados de la federación”.

            El gobernador Francisco Cantón Rosado adoptó una férrea disciplina y de obediencia a la decisión presidencial a favor de Molina Solís. Señala Pérez Sarmiento: “En este acto público amistoso se dejó muy clara la postura del gobernador frente al candidato oficial, con la actitud visiblemente conciliatoria de las partes, quedo establecida la línea que el presidente había indicado. Con un claro acatamiento de las reglas del juego. Sin dejar dudas de que el gobierno de Cantón apoyaba, ahora sí abiertamente, la campaña molinista”.

            En una de sus conclusiones, Pérez de Sarmiento destaca: “Con la influyente intervención de sus amigos del centro, Olegario Molina inició su campaña con la certeza de quien se sabe apoyado por los poderosos del régimen. El terreno estaba preparado para que el proceso electoral se realizara sin contratiempos, sobre todo porque el gobernador saliente fue invitado a apoyar la campaña proselitista de su sucesor, actitud que le valió ser considerado por alguno de sus partidarios, como el artífice de todo proceso electoral”.

            Molina Solís ganó, por supuesto, la elección del puesto de gobernador del estado. En una carta de éste a Limantour, escribe: “Hubo verdaderas elecciones, los ciudadanos acudieron a depositar su voto en las mesas electorales y me es grato poder informar a Ud., que no solamente reinaron el orden, la paz y la armonía entre los ciudadanos sino que se guardó absoluto respeto a las autoridades”.

            Desde su etapa de candidato y después ya como gobernador del estado, Olegario Molina Solís apoyó incontestablemente el deseo presidencial de crear el territorio federal de Quintana Roo, realizado finalmente en 1902. En el discurso inaugural de su gobierno, manifestó “la indiscutible conveniencia y utilidad notoria que para el estado de Yucatán traería la creación del proyectado Territorio de Quintana Roo”. Antes, le había escrito al presidente Díaz que “la erección del Territorio es en sumo grado conveniente a los verdaderos intereses de este estado y de la Federación”.

            La obediencia de Molina en el proyecto presidencial del territorio federal de Quintana Roo tuvo resultados favorables para el gobernador yucateco. Señala Pérez de Sarmiento: “El gobierno federal, a través de la Secretaría de Fomento, inició las gestiones para otorgar concesiones en el nuevo territorio. Entre los beneficiarios de los ahora terrenos nacionales, figuraron dos importantes empresarios yucatecos: Olegario Molina y Rafael Peón Losa, quienes fueron ampliamente recompensados por sus trabajados a favor del proyecto de erección de Quintana Roo”. Agrega en una nota: “Olegario Molina Solís recibió 328,000 hectáreas”.

Sauri Riancho y Sierra Villarreal apuntan, en la obra citada, que “sólo Olegario Molina, con sus parientes más cercanos, llegaron a detentar propiedades por más de 5 millones de hectáreas (en Yucatán, Campeche y Quintana Roo), que incluían por igual derechos de vía de las concesiones ferroviarias, permisos para la explotación de la selva, así como decenas de haciendas, henequeneras y no henequeneras, todas, debidamente sembradas, equipadas y dotadas del peonaje necesario”.

            En 1907, Molina Solís asumió la Secretaría de Fomento y en 1911, por la renuncia de Porfirio Díaz a la presidencia de la República, emigró a Cuba. La Casta Divina huyó, escribieron Sauri y Sierra,  “por temor al ejército constitucionalista y el riesgo a perder sus vidas”, a La Habana, Houston, New Orleans, New York, y otras ciudades de España y París.

            Gilbert M. Joseph y Allen Wells, en su ensayo “El porfiriato prolongado, La resistencia popular y las élites, 1910-1915” (en “Historia General de Yucatán”, tomo 4), informan que al arribo de Alvarado a Yucatán: “Olegario Molina llevaba viviendo varios años en Cuba; Avelino Montes acababa de sentar su reales, en Nueva Orleáns”.

            La historia yucateca del henequén es una de riqueza, se le catalogaba como el “oro verde”, y de desarrollo de una parte de la sociedad, pero también una de esclavitud y muerte, y de agravios e injusticias, de la mayoría social; y en esta historia, destaca la presencia de la oligarquía henequenera y su controladora, la Casta Divina, y dentro de ésta, la figura dominante de Olegario Molina Solís, rey del henequén.

            Molina Solís falleció en Cuba el 28 de abril de 1925. Sus restos mortales, informa Wikipedia, fueron más tarde trasladados según los deseos de su familia a la capilla de la hacienda Sodzil (aún existente en el recinto de una propiedad privada, en el norte de la ciudad de Mérida) que fuera de su propiedad en Yucatán.

            Marisa Pérez de Sarmiento es autora también de los libros “¿Y antes de Alvarado?”, “Grupos económicos y políticos en Yucatán en los siglos XIX y XX”, “Las razones de la alternancia. El relevo de los gobernadores de Yucatán, 1876-1901”, “Los mensajeros de Job. Otra cara de la Revolución en Yucatán”.

            Los “Bromistas” de Mérida

            El maestro Francisco Javier Otero Rejón fue miembro del Consejo de Cronistas de la Ciudad de Mérida”, en los inicios de éste. Renunció, y el repuesto fue Gonzalo Navarrete Muñoz.

            “La Guadalupana, la Guadalupana…”

            Me informaron que en la entrega de la Medalla Héctor Victoria 2023, en el Congreso del estado, el pasado miércoles 11, no se cantó la popular canción de “La Guadalupana / La Guadalupana, bajo al Tepeyac…”. Es cuanto.

            Post scriptum 

            Versión popular de “La solución somos todos”, frase de campaña de José López Portillo, quien ejerció la presidencia de la República de 1976 a 1982:

            – “La corrupción somos todos”.

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