Cultura

El ‘efecto King’

El ‘efecto King’

Al parecer, la función programada para aquella noche en el Cine Mérida (hoy llamado Teatro Armando Manzanero), con las butacas llenas a toda su capacidad, así como el segundo piso, al que se anunciaba en aquellos ayeres como “Balcony”. Hasta ese momento, antes de la proyección de la película, las cosas eran aparentemente como siempre. El infalible grito del chistosito “¡ya llegué!”. Del segundo piso llovían hacia las butacas cigarros encendidos, escupitajos, chicles y una gama de proyectiles. La hermosa arquitectura nazi (art déco, me corrigió el pintor Oscar Ortiz) era muda testigo de la batahola. A pesar de estar los asientos totalmente llenos, la fila sobre la calle sesenta seguía comprando boletos: 25 pesos estudiantes con credencial y 4 pesos los adultos.

Sin embargo, había algo especial entre la asistencia. Todos eran jóvenes vestidos como rebeldes sin causa, es decir, frondosos copetes sobre la frente, mucha vaselina en las sienes, peinados hacia atrás, patillas, camisas de múltiples colores con el cuello levantado, algunas chamarras de cuero, pantalones de mezclilla y zapatos de goma azul (hoy mocasines), infalibles cigarrillos a los labios. Inmensa mayoría de varones, muy pocas chicas, las más valientes penetraban al recinto. Algunas uniformadas con sus chamarras y su logotipo en la espalda. Se supone que, como se veía en las películas, eran delincuentes juveniles, cuando en realidad su única rebeldía era el amor a la música nueva.

Al apagarse las luces, como siempre, un noticiero durante el cual el público siempre protestaba, pero en esta ocasión, algo más flotaba en el ambiente. La energía no era la usual. De pronto, con grandes letras aparecen en el recién inventado cinemascope dos palabras que provocaron una fenomenal escandaliza, gritos, silbidos y aullidos. Las dos simples palabras: Elvis Presley. Después, el título de la única película no comercial del cantante: “King Creole” (Rey Criollo). Enseguida, la primera escena, un balcón de la parte francesa de Nueva Orleans con Elvis cantando el sensual blues Crownfish a una mujer de color que vendía tal pescado, que le contestaba un hermoso coro.

Ya te imaginarás, amigo lector, cuando en los subtítulos de la melodía apareció la palabra ‘cangrejos’. Otro alboroto entre los rockeros asistentes: “hay te hablan, fulano”, gritaba alguien. La trama de la película era lo que menos importaba al público, ellos fueron a escuchar rock and roll, cantado por su máximo exponente. A cada pieza que Elvis cantaba, los muchachos se paraban en sus butacas he intentaban moverse como él. Las chicas se daban golpes en las rodillas. En la obscuridad del cine, un maremágnum jamás visto en nuestra modosita Mérida.

En un momento dado, cuando interpretaba la inquietante y salvaje melodía titulada “Trouble”, muchos no se aguantaron más y subieron al escenario a practicar sus mejores pasos de rock y una que otra muchacha. Ahí se encontraban “Pucho”, “Pslangana”, “Lauro”, “Elmer”, “Piltrafas”, “Loco Vázquez”, “Carmencituta”, “Sulai”. Llenando el escenario, interrumpiendo de tal manera la proyección. Y así continuaron sin que el resto de los asistentes disfrutará de la película, aunque tampoco les importaba. Estos brincaban en sus asientos, aplaudiendo rítmicamente. La cosa se salía de control. Las luces del cine se encendieron, la policía a toletazos fue deteniendo a los rebeldes.

A la salida, dos filas de guardias custodiaban al vehículo oficial que trasladaba a los presos. Tiempo después me enteré que en Nueva York, Estocolmo y Buenos Aires había sucedido la misma situación que en nuestra impoluta Mérida. En la Ciudad de Liverpool, cuatro jóvenes fueron parte de aquella especie de motín, al proyectarse la misma película en su ciudad.

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