Cultura

Una solución audaz

Una solución audaz

Don Neto era, podría decirse sin metáfora alguna, el dueño de la población. Un hombre inmensamente rico, de manera tal que su fortuna era conocida no solo en su comunidad, sino en todo el Estado, políticos y gobernadores incluidos, personas influyentes, al grado de penetrar en lo físico y en el alma de su pueblo. Dueño de vida y haciendas. Propietario del cine, la fábrica de hielo, los billares, la planta eléctrica, así como de la única tienda en la que se vendía de todo un poco, desde una gorra de pelotero, llantas para los vehículos, licor y todo lo que usted se pueda imaginar. También varias casas eran suyas. Hombre y buena persona, físicamente de piel muy blanca, delgado y alto, con una mente espeluznantemente lúcida para las cuestiones mundanas, así como espirituales.

Sesenta y cinco años de edad. Casado y con cinco hijos. Jugador empedernido de póker, pero su gran pasión era el béisbol. Patrocinaba al equipo de su pueblo. En el que se enfrentaba en esas ligas tan yucatecas, saliendo siempre vencedor, en gran parte gracias a Beto Torres. Un pícher que lanzaba a más 95 millas por hora. Era su consentido, pero como buen ‘tatich’ que se precie, tendría que poseer a otra mujer.

Él tenía como “xum” a la joya más preciada de Izamal: ‘Mechita’, joven de 16 años, muy morena, maya, pero de rasgos finos y cuerpo piramidal. Don Neto estaba tan enamorado de la chiquilla que en los momentos en que el alcohol lo dominaba, exclamaba que ‘Mechita’ sería por lo único que daría la vida. Su obsesión por ella era justificada, muslos perfectos, cintura de avispa y unos grandes y hermosos pechos. Así como un par de nalgas -que Dios se las conserve-. Los días que don Neto la visitaba, después de tener relaciones, salía radiante de feliz entre la agonía y el éxtasis. Se sentía el hombre más afortunado de la tierra. Sin embargo, todo el pueblo sabía que la hermosa tenía sus queveres con Beto Torres, el pícher. Y el pueblo murmuraba, burlándose del señor. En pocas palabras, todos decían que le veían la cara de pendejo.

En cierta ocasión, don Neto visitó a su ‘Mechita’ y, al abrir la puerta de la casa, la encontró cabalgando desnuda sobre Beto. Los tres se miraron asombrados, uno, temblando; el otro, furioso, y la niña, pálida, haciendo el amor con el joven. Don Neto, rápidamente pensó en una solución, ahí, junto a la hamaca con ambos desnudos, sentenció: “no hay problema ‘Mechita’, tú y Beto se van a casar, y yo seré el padrino. Seguirás siendo mi ‘quech’ y así el pueblo dirá que, al que le ven la cara de pendejo es a tu esposo, es decir, Beto Torres. Por cierto, mañana picheas”.

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